Jabiertxo Andiarena Martinez

Fin de ciclo electoral, inicio de una nueva etapa política en Nafarroa

Nunca me ha parecido muy acertado el axioma de que «los resultados de unas elecciones deben de compararse con las homologas de cuatro años antes», por el contrario creo que las tendencias electorales, la coyuntura política del momento y la pulsión política y social que el elector tiene en el momento de votar son las variables fundamentales que hacen que los resultados de las urnas sean unos y no otros −¿O es que acaso existe alguien que haya votado en las últimas elecciones europeas pensando en la gestión política europea que se derivó de los resultados de las elecciones europeas de 2019?−. En este sentido el ciclo electoral del último año (28 mayo 2023 municipales y Parlamento de Navarra, 23 julio 2023 elecciones generales y 9 de junio de 2024 elecciones europeas) desvela algunas claves más que interesantes para entender el momento actual de la política navarra que han quedado sucesivamente sepultadas entre el aluvión informativo electoral español, galego, vasco, catalán y europeo y que me parece oportuno rescatar, vayamos por partes:

El bloque de derechas español (UPN, PP, Vox, Ciudadanos y los recién llegados de Se acabó la fiesta) obtuvo prácticamente los mismos resultados en las autonómicas (127.686 y 39,76%) que en las generales (128.813 votos y 37,68%) mientras que en las europeas pierde una quinta parte de sus votos, quedándose en 99.385 votos (y eso a pesar de los 7.972 votos, un 3,06%, de los imbéciles políticos que han regalado al delincuente Alvise su tan deseado aforamiento europeo). Los movimientos internos del voto en el bloque de derechas navarro indican tres cosas: Las dos primeras subsidiaras de la dinámica estatal: Ciudadanos desaparece del mapa político y el PP no solo no consigue la vuelta a casa de los votantes de Vox (que en Navarra mantiene una horquilla de porcentaje entre el 4,28 y 6,63%) sino que además le sale otro grano a su derecha. La tercera, esta sí exclusiva de Nafarroa, es la OPA hostil que el PP desarrolla contra UPN y que puede suponer un cambio definitivo en el futuro mapa político Navarro. UPN obtuvo 89.643 votos y un 27,92% en las autonómicas, 52.188 votos y un 15,27% en las generales y no se presentó a las europeas debido al estratégico portazo en las narices del PP y a su aislamiento político que le impide establecer alianza alguna. Mientras, el PP obtuvo 23.080 votos y un 7,19% en las autonómicas, subió a 57.134 votos con un 16,71% en las generales para fagocitar literalmente a UPN en las europeas con 72.856 votos y un 28,02%. Si a la aritmética le sumamos el latrocinio de cargos y cuadros que la gaviota que anida en la calle Génova ha arrebatado a UPN y la huida hacia delante de la formación del partido regionalista bajo la «nuevieja» dirección de Cristina Ibarrola sin ningún tipo de replanteamiento organizativo, ideológico y estratégico, el futuro de la derechona autóctona no pinta nada bien. Lejos están aquellos tiempos (2003) en los que con 127.460 votos y un 42,48% de porcentaje de voto UPN pensaba gobernar Nafarroa por los siglos de los siglos.

Vayamos con las fuerzas españolas «progresistas». El PSN-PSOE inició el ciclo en las autonómicas de 2023 con 66.448 votos y un 20,70%. El efecto Sánchez y la concentración de voto útil contra la amenaza de un gobierno ultraderechista PP-Vox hizo que en apenas un mes el PSOE subiese en las generales hasta los 93.553 votos y siete puntos más de porcentaje situándose como primera fuerza indiscutible de Nafarroa con un 27,37% por delante de la segunda fuerza (EH Bildu con un 17,25%). Un año después no parece que las tractoradas falsariamente «apolíticas», la cantinela de la amnistía del procés o la campaña de descrédito hacia la mujer del presidente hayan hecho mella en el electorado navarro socialista puesto que en las elecciones europeas incluso ha subido ligeramente el porcentaje de voto (28,79%). No obstante las cifras indican que es absolutamente imposible que el PSOE haya alcanzado y mantenido esos resultados sin la generosa transfusión de votos prestados procedentes de Geroa Bai, voto que a priori parece improbable que el PSN pueda retener de cara a unas futuras elecciones autonómicas al menos mientras continue practicando su euskarafóbica política lingüística en absoluta asincronía con la sociedad navarra, una endémica actitud no compartida por el electorado de Geroa Bai.

Cae pedrisco en la no hace mucho bautizada como «izquierda confederal»: la coalición «Contigo− Zurekin» (Podemos+IU+Batzarre) inició el ciclo electoral con unos resultados muy justitos (19. 539 votos y un 6, 08%) en las elecciones forales para subir como la espuma en las generales con la marca Sumar conformada y liderada a contrarreloj por Yolanda Diaz llegando a los 43. 922 votos y un 12,85% y bajar hasta pegarse el tortazo del siglo (es lo que tiene la espuma) en las europeas, en las que Podemos y Sumar apenas suman 18.411 votos y un 7,07%. En todo caso el tortazo navarro no es muy diferente del tortazo galego, el de Euskadi, el de Catalunya o el Europeo y se debe a las mismas razones: las cainitas peleas internas en vivo y en directo, la falta de base social y cuadros militantes en las nacionalidades históricas y el tradicional jacobinismo de la izquierda española que le empuja a competir con las izquierdas soberanistas en sus propios países en lugar de colaborar con ellas, en resumen: nada que la izquierda española a la izquierda del PSOE no venga protagonizando desde 1979.

El tortazo navarro de «la izquierda a la izquierda del PSOE» tan solo permite extraer dos conclusiones: Una, que tras la última cita electoral −cruenta batalla habría que decir al referirnos a este espacio−, Podemos mira de tú a tú al conglomerado fucsia: 8.394 votos frente a 10.017 votos (y eso a pesar del «errejonazo» que Begoña Alfaro −inexplicablemente todavía Coordinadora general de Podemos Navarra− ha perpetrado negándose a hacer campaña por Podemos e incluso negándose a contestar si ha votado a su propio partido) y dos: que ni IUN, ni Batzarre ni el «Yolandismo» −o lo que quedé de él− son ahora mismo grandes −ni siquiera medianos− activos electorales en Nafarroa.

Queda el bloque de los partidos vascos, Geroa Bai y EH Bildu, con fin de ciclo muy diferente para ambas formaciones. Geroa Bai comenzó el ciclo obteniendo en las autonómicas 42.665 votos y un 13,29% para pasar a la irrelevancia en las generales con 9.938 votos y un 2,91% y continuar cuesta bajo y sin frenos en las europeas con 8.241 votos y un 3,16%, (prácticamente lo mismo que SALF o Podemos). Resulta obvio pues que el electorado considera inútil votar a Geroa Bai para instituciones externas a la Comunidad Foral. A priori, no parece que haya relación entre el progresivo y descomunal batacazo del PNV en Euskadi y el igualmente descomunal batacazo de su marca blanca en Nafarroa (a pesar de la coincidencia de que ambos gestionan los correspondientes servicios de salud −Osakidetza allá y Osasunbidea aquí− y que éstos han sido artillería electoral debido a la crítica situación en la que se encuentran ambos servicios públicos). Así que si sacamos el parentesco PNV-GB de la ecuación, las razones del desastre hay que buscarlas en otro sitio e inevitablemente aflora la idiosincrasia de un proyecto como Geroa Bai construido en torno a la figura de Uxue Barcos, formidable política y comunicadora, lo cual no es suficiente −nunca lo es− para que GB pueda escapar a la caducidad temporal y fragilidad organizativa que caracteriza a todo proyecto político creado en torno a una persona. Un defecto genético que lastra peligrosamente la praxis política y electoral de GB (basta recordar que en las elecciones forales −hábitat natural de GB− de 2023 los de Barkos perdieron ya 16. 441 votos y un 4,07% respecto a las forales de 2019) y lo que es más grave genera vértigos existenciales internos más que justificados.

Sobran los ejemplos de proyectos políticos fallidos por esta circunstancia en la historia política reciente propia y ajena, sin ir más lejos en nuestra comunidad foral el CDN de Juan Cruz Alli −1995-2011−.

La cara opuesta a GB está en EH Bildu, quien obtuvo 55.478 votos y un 17,28% en las elecciones forales, para mantener cuota con 3.476 votos más en las generales y aumentar el porcentaje hasta el 18,75% en las europeas. Sin duda un estupendo colofón a un fin ciclo electoral y político muy positivo para la coalición soberanista de izquierdas.

Si hay que buscar un pero en los resultados de EH Bildu, éste solo puede estar escondido en la siempre difícil de interpretar abstención, ya que a pesar de que la subida de un punto en esta última confrontación electoral es muy buen dato (sabido es que el efecto de la abstención se mide por el porcentaje) no es menos cierto que va acompañada de un descenso de 10.000 votos (casi una quinta parte de los votos obtenidos en las elecciones generales de hace un año, 3.000 de ellos en Iruñea). Quizás un descenso en votos un tanto excesivo para una fuerza que vive un dulce momento político y que tiene una base electoral fiel y resiliente a la que se le supone menos afección a una abstención estructural como la de las elecciones europeas. No es fácil pues encontrar las razones de ese descenso en votos no computable a la abstención estructural −mínimo en todo caso− y para ello

es posible que paradójicamente haya que mirar al progresivo e imparable crecimiento electoral que EH Bildu ha experimentado y que lógicamente se traduce en una base electoral más amplia, más plural, y por tanto menos monolítica y más sensible a la acción política del día a día. En este sentido, no parece que el gobierno municipal de Asiron pueda ser motivo de desgaste puesto que apenas lleva medio año en marcha y generó gran ilusión entre la ciudadanía progresista de Iruña, tampoco el apoyo −exento de «quid pro quo» (públicamente al menos)− al gobierno de María Chivite parece que haya generado de momento excesivo malestar ante la falta de contrapartidas, por lo que puestos a buscar, el hecho de que inexplicablemente EH Bildu no se haya posicionado claramente a favor del derribo del Monumento a los Caídos −algo muy criticado por una buena parte de su base social tanto públicamente como en privado− podría ser el motivo de esa pequeña «abstención enojada».

Se supone (no está el horno madrileño para bollos) que por delante quedan tres años de legislatura en diferentes instituciones –eso desea la mayor parte de la ciudadanía por mucho que le pese al PP− y estas son las claves que van a definir la política navarra en el inicio del segundo cuarto del siglo XXI:

UPN ante el abismo de la dificilísima resurrección o la condena a la irrelevancia política en favor de un PP español ocupando lo que fue su espacio. La capacidad que muestre el PSN para mantenerse como primera fuerza navarra con una mejor sintonía con la sociedad navarra actual y con peso propio ante Madrid. La gestión que de su crecimiento social e institucional −¿quizás todavía inacabado?− y de su renovada base social haga EH Bildu. Una Geroa Bai que tendrá que dilucidar la incógnita de si hay futuro sin Barkos cuando llegue el momento del relevo, algo que posiblemente ni siquiera está en sus manos sino en las de la sociedad navarra y unas izquierdas españolas reviviendo su particular día de la marmota en una ya anunciada enésima metamorfosis con la esperanza de que la próxima vez sea diferente y la mariposa que salga de la oruga viva más de dos días. Y mientras todo esto sucede algunos tienen que gobernar, algo que también influirá en las futuras citas electorales.

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