Historiador
Fondos europeos

Nuevamente nos hemos encontrado frente a esa frase reiterativa, pero por ello no menos cierta, de que la Comunidad Autónoma Vasca es gobernada como si fuera un batzoki.

2020/10/17

La Unión Europea está negociando estos días la inyección de un «fondo para la «reconstrucción» (NGEU) de 0,75 billones de euros (750.000 millones) a compartir entre sus socios y que, al parecer, comenzará a distribuirse a finales del próximo año. De esa cantidad, una parte llegaría a España (140.000 millones) que la repartiría en sus comunidades autónomas. La mitad del dinero procedente de Bruselas a fondo perdido, la otra mitad a devolver a plazos.

El anuncio de las ayudas para la reconstrucción hizo que las instituciones vascas se retrataran a las primeras de cambio, dejando al aire sus costuras. Nuevamente nos hemos encontrado frente a esa frase reiterativa, pero por ello no menos cierta, de que la Comunidad Autónoma Vasca es gobernada como si fuera un batzoki. El lehendakari Urkullu es, en décadas, el mejor portavoz de Confebask.

El primer informe que el Gobierno Vasco propuso, realizado por una consultoría también de batzoki, incidió en un presupuesto de 11.600 millones de euros con 66 proyectos que consideraba estratégicos, para la supervivencia del país. Un proyecto realizado desde el PNV que desconocía su socio de Gobierno, e incluso sus colegas de Araba y Gipuzkoa, ya que el mismo incurría casi exclusivamente en propósitos de inversión para Bizkaia. Se sucedieron los enfados pertinentes, codazos para introducir nuevos proyectos y la petición, al día de hoy, de 14.000 millones y cien proyectos para los tres territorios occidentales de Euskal Herria. Aun así, todo en el aire. Primero el visto bueno de Madrid, y luego la presentación con el label «España» en Bruselas. Cuando toque.

Los detalles del primero de los informes apuntan a lo que Urkullu y su equipo consideran inexcusable para la reconstrucción de «Euskadi», la inyección de más de 6.500 millones de euros a dos empresas, Iberdrola y Petronor, y a un proyecto faraónico condenado al fracaso económico antes de su entrada en funcionamiento, el Tren de Alta Velocidad, la Y vasca.

Como es habitual, la puesta en escena ha sido la propia de un lobby en la sombra que no gobierna oficialmente, pero si lo hace oficiosamente. Todas las señales indican que Eduardo Zubiaurre es quien marca los guiones de este ejecutivo y que Arantxa Tapia repite nuevamente como mastín comunicativo: «Esto no va de hacer bidegorris y frontones sino de usar los fondos europeos para transformar el tejido productivo e industrial». Tremendo. De un plumazo, la consejera de Desarrollo Económico se burla de ecologistas y abertzales, los infantiliza y descalifica para suponer que «únicamente» le preocupa lo macro. Lo macro expresado por las multinacionales. Neoliberalismo en estado puro.

Y ¿cuál es el póker estratégico por el que apuesta el Gobierno de Urkullu-Zubiaurre? El adelantado (Iberdrola, Petronor y TAV), más Kutxabank. ¿Por qué el banco vasco-andaluz? Porque es accionista de Iberdrola y Petronor, de donde logra sus beneficios. Esas dos empresas son su retaguardia en una época en el que el negocio bancario histórico ha desaparecido y resta el especulativo.

Iberdrola es una empresa cuyo accionista mayoritario es Qatar, el Estado regido por un emir y cuya renta per cápita es la más alta del planeta. Ya saben, cero libertades civiles, esclavismo regulado donde las mujeres violadas son acusadas de adulterio. Anécdotas cuando se trata de miles de millones en juego. La especuladora norteamericana BlackRock es el segundo accionista de la eléctrica. Iberdrola tuvo el pasado año un beneficio neto de 3.406 millones de euros y para este ejercicio anuncia que va a «adelgazar» su plantilla en un 10%. Iberdrola no es «made Basque Country» a pesar de que Kutxabank posea el 1,7% y la BBK (dirigida por el antiguo tesorero del PNV) haya comprado recientemente y en bolsa un puñado de sus acciones.

Petronor, cuyo presidente Emiliano López Achurra o Emiliano L. Atxurra (según el medio) ha bajado al barro a defender el proyecto de Urkullu, pertenece a Repsol (86%) y Kutxabank (14%). La planta de Muskiz, que procesa más de diez millones de toneladas de petróleo al año y genera la mitad del tráfico del puerto de Bilbo, es una de las más contaminantes de Europa: 2,3 millones de gases, la mayoría CO2. El PNV votó en contra recientemente de una enmienda en el Parlamento Europeo para la reducción del 60% de los gases de efecto invernadero para 2050. Aquí una de las razones.

Hace décadas, Petronor fue propiedad de Pemex (Petróleos Mexicanos) que intercambió obligaciones con la constructora Sacyr, hoy accionista mayoritaria de Repsol. El principal proveedor de la planta de Muskiz sigue siendo México y su petróleo. Sacyr, por cierto, una de las principales beneficiarias en las adjudicaciones de los tramos del Tren de Alta Velocidad, fundada por un ministro de Franco, Demetrio Carceller.

La tercera carta de este póker, el Tren de Alta Velocidad en la CAV. El proyecto del Gobierno vascongado pide para el TAV 2.712 millones de euros. Casualidad, y esta vez sí es casualidad, la misma cantidad que la Unión Europea ha dado para apoyar directamente a los sistemas de asistencia sanitaria de los Estados miembros en su lucha contra la pandemia de coronavirus. La verdad es que da vértigo ese artificio de la Y vasca. Un proyecto, el del TAV, que ha ofrecido generosamente cientos de millones a los gigantes del sector del ladrillo: Ferrovial, Sacyr, Dragados, FCC, Moyua, Amenabar o Murias.

La lista neoliberal se completa con otras obras faraónicas, sin sentido humano en un contexto como el actual: ampliación de la Super Sur, túnel bajo la ría, réplica del Guggenheim... Ladrillo, como la «marca España». No han aprendido de la crisis financiera inducida en 2008. Y otras cuya presentación dan vergüenza ajena: «digitalización de verdad para evitar al ciudadano que pierda una mañana en la ventanilla» (Arantxa Tapia).

Mismos perros, mismos collares. Una nueva y esquizofrénica huida hacia adelante. El desmantelamiento de lo público sigue cabalgando a lomos de bandoleros modernos.

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