Profesor
¿Franquismo y paz? Imposible

La exaltación del dictador fue tan obscena que convirtió la adulación en el único sistema posible para relacionarse con el régimen y sus administraciones. La dictadura jamás permitió la existencia de ciudadanos libres; solo, la categoría de siervos.

2019/11/15

Quien lee libros de Historia que circulan por escuelas, institutos y universidades, y algunos archivos, comprobará que los reconocimientos dedicados a quienes fueron artífices del golpe de Estado, cerebros intelectuales de la barbarie que advino durante y después de la guerra, seguirían celebrándose mientras duró el régimen franquista. Poco importaba que los agasajados fuesen militares genocidas o gentes sin escrúpulos morales que, al socaire de la guerra, se hicieron millonarios usando métodos incompatibles con el Código Penal, aunque adujeran que todo era legal, incluso los asesinatos cometidos donde ni siquiera hubo frente de guerra.

Pero, sin lugar a dudas, la figura del Innombrable superará con creces el grado de obstinación en que se instalaron quienes se adhirieron al golpe de Estado en contra de un gobierno legítimamente constituido. El franquismo, más que régimen político, fue una secta religiosa en la que su líder fue elevado a categoría de Papa y la camarilla de los agolpados a su pollera a obispos y cardenales. El resto fue una sacristía ambulante que vio en dicho genocida un emisario de la Divina Providencia, cualidad que hasta la Iglesia consagró bendiciendo con hisopo la herejía de convertirlo en «caudillo por la gracia de Dios».

Del dictador se exaltó todo y no indicaré qué partes compusieron esa totalidad corporal y espiritual. Lo relacionado con su persona sería glorificado mediante la correspondiente efeméride de obligado cumplimiento. Por eso, extraña que al morir, en lugar de trasladar su cuerpo al valle, no lo fragmentaran y cada una de sus minúsculas partes se repartiera en formato de relicarios y escapularios entre sus devotos y entusiastas… si es que no lo hicieron sin enterarnos.

Ni siquiera el tiempo transcurrido terminaría con esta fiebre franquista de santoral y que subió la temperatura antidemocrática de una parte de la sociedad, manteniendo a la otra parte humillada y vencida «sine die».

Para entender la permanencia de este franquismo sociológico se aducen algunas causas, entre ellas, la vergonzosa dejación de Europa y de EEUU permitiendo una dictadura criminal y genocida, pero, sobre todo, la brutal represión del régimen, que fue simultánea con la exaltación de quien le dio nombre y la humillación permanente de quienes perdieron la guerra que nunca quisieron.

La exaltación del dictador fue tan obscena que convirtió la adulación en el único sistema posible para relacionarse con el régimen y sus administraciones. La dictadura jamás permitió la existencia de ciudadanos libres; solo, la categoría de siervos.

Probablemente, uno de los más ultrajantes insultos del régimen franquista hacia las familias republicanas represaliadas fue la iniciativa de ciertos gerifaltes de la dictadura pretendiendo que la sociedad se movilizara para pedir el Premio Nobel de la Paz para el militar golpista. Revelaría la infamia e inmoralidad en que se había instalado el régimen. ¿Qué cabeza, en posesión de un ínfimo nivel ético, podía solicitar el Premio Nobel de la Paz para un golpista, para un militar perjuro que había llevado a su país a una guerra, legalizando el asesinato de miles personas, porque pensaban de modo diferente? Franquismo y Paz es un oxímoron como pocos. Se repelen entre sí, como Vox y democracia.

En el año 1964, el Colegio Oficial de Gestores Administrativos de Madrid, propuso a los ayuntamientos de España, primero, la erección de un monumento al citado golpista y, segundo, pedir «su adhesión a la campaña correspondiente de las Autoridades y a quienes concierna, para a su vez hacerlo al Comité encargado, y pedir el PREMIO NOBEL DE LA PAZ para el Caudillo que tanto lo merece, ya que con su sacrificio e inteligencia ha hecho posible para todos los españoles y para el mundo entero estos 25 AÑOS DE PAZ».

El dictador jamás recibió tal premio. Pero no cantemos victoria con carácter retroactivo. Hace poco, el Parlamento Europeo desaprovechó la ocasión de condenar el régimen franquista. Fue una negativa que muchos franquistas celebraron como si le hubieran concedido dicho premio al dictador con carácter póstumo. Y no lo dudemos. Caso de que a la momia le hubieran concedido dicho galardón, los papeles habrían dicho: «Franco, premio Nobel de la Paz, por haber librado a Europa de miles de comunistas». Y Europa hubiese aplaudido el gesto, añadiendo, como dicen sus secuaces de hoy, que «Franco fue el único que tuvo cojones para derrotar al comunismo». Y, si el Parlamento Europeo actual identificó comunismo y nazismo por aberrantes, pero no el franquismo, saquen conclusiones.

Tiene su contrarréplica ética y consoladora saber que, en ese año de 1964, el Premio Nobel de la Paz recayó en Martin Luther King Jr. «por su resistencia no violenta a la discriminación racial en Estados Unidos». Y, como las comparaciones son odiosas, sobre todo para quien sale perdiendo en ellas, pues eso, que el lector saque las suyas.