Gaztetxes y lucha obrera. Sobre el naciente izquierdismo en la Euskal Herria de hoy

Para llevar a cabo la ruptura democrática es imprescindible generar mayorías en todos los ámbitos: en el social, en el sindical, en el político y en el institucional. No se trata ahora de hacer un ejercicio de esencialismo proletario sino de generar mayorías rupturistas.

2019/03/07

«La tradición de todas las generaciones pasadas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivientes. En el momento preciso en que parecen ocupados en transformarse a sí mismos, en trastornar todas las cosas, en realizar las creaciones nuevas, llaman ansiosamente en su ayuda a los espíritus del pasado, recibiendo de sus antecesores, justamente en estos tiempos de crisis revolucionaria, su nombre, su grito de guerra, su costumbre, para representar con este antiguo y venerable disfraz y con un lenguaje que no es de ellos, la escena nueva de la Historia universal». Karl Marx, "El XVIII de Brumario de Luis Bonaparte".

1. Introducción:

El pasado día 16 de febrero, un nutrido grupo de jóvenes llegados de distintas partes de Euskal Herria presentó en Gasteiz la nueva Gazte Koordinadora Sozialista (GKS). Tomaba así cuerpo un movimiento obrerista que viene gestándose desde hace años en distintos gaztetxes y centros educativos de nuestro pueblo, y que, por lo menos en teoría, reivindica la centralidad política de la lucha de clases.

Ante eso, nada que objetar. Que decenas de jóvenes se reúnan para reivindicar la lucha obrera frente al individualismo y la desideologización rampantes debiera ser motivo de alegría para cualquier militante de la izquierda vasca. Sin embargo, leí el comunicado con atención y la lectura me dejó perplejo, sobre todo, por dos omisiones.

La primera: no se realizaba mención alguna a las presas y presos políticos vascos. Que un movimiento que aspira a cambiar el statu quo se presente ante la opinión pública olvidando (consciente o inconscientemente) la existencia de cientos de personas presas y exiliadas muestra, por lo menos en parte, que existe una desconexión con la lucha de su generación precedente.

La segunda: el documento no mencionaba la independencia de Euskal Herria entre los objetivos políticos de la nueva coordinadora. No me parece un olvido menor, y como tal, así lo hice saber vía Twitter en euskera: «Me parece significativo (y lamentable) que GKS ni tan siquiera mencione como objetivo la República vasca; como si fuese posible solucionar los problemas de la juventud y la clase obrera vasca sin un Estado propio. Mucha retórica obrerista pero poca práctica leninista. Según parece, una vez más, izquierdismo».

2. Las reacciones a mi crítica

La primera sorpresa que me llevé fue la reacción de algunos y algunas, que gustan mucho de criticar a los demás pero que tienen la piel muy fina a la hora de recibir críticas. Uno está harto de ver cómo día sí y día también lo llaman reformista, revisionista e incluso menchevique a través de las redes sociales (las últimas «perlas»: que soy el nuevo «Kautsky» de Euskal Herria y el Joseba Egibar de Sortu) y oye, no pasa nada; se encaja con deportividad y punto. Porque la crítica, como bien diría el renegado Gorbachov, «es una amarga medicina; uno tuerce la cara, pero se la traga»; y se la traga porque generalmente hace bien.

Es por ello que siempre escucho y leo detenidamente las críticas que se nos hacen, sobre todo, desde la izquierda. De hecho, soy el primero en ver algunas carencias en la lucha anticapitalista de la izquierda abertzale y Sortu. Cualquiera que conozca mi vida militante sabe que crítico soy un rato. Pero dicho esto, estoy plenamente convencido de que muchas de las críticas que hoy se nos realizan con base en textos clásicos del marxismo son un claro ejercicio de dogmatismo, y se resumen, además, muy bien, en esto que Lenin decía:

«‘Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción’ decían siempre Marx y Engels, burlándose con justificación de quienes aprendían de memoria y repetían, sin haberlas digerido, ‘fórmulas’ que en el mejor de los casos, solo podían trazar las ideas generales, que necesariamente cambian en correspondencia con la situación económica y política concreta de cada periodo particular del proceso histórico».

Ser puro y carecer de contradicciones es lo más fácil que hay en el mundo, como fácil es quedarse, sin moverse un milímetro, en el córner izquierdo del campo político. Puro y «verdadero», sí, pero absolutamente ineficaz para generar transformaciones sociales (no digamos ya para desencadenar una revolución). No hay más que ver lo desconectados que viven de la sociedad grupos como Reconstrucción Comunista y similares.

Lo difícil, pues, no es eso. Lo difícil es transformar la sociedad haciendo que la izquierda se haga con todo el centro del campo, que es desde donde se ganan los partidos. Y guste o no a algunos, con nuestros aciertos y nuestros errores, en esas estamos en la izquierda abertzale.

¿Alguien cree que hoy en Europa occidental se puede transformar la sociedad si no es generando mayorías en el terreno político, social, sindical e institucional? ¿Y alguien cree que eso se puede hacer desde el purismo, sin asumir contradicción alguna, sin embarrarse hasta las trancas en todos (y repito, todos) los espacios de lucha?

Cuando tras su presentación en sociedad critiqué el comunicado inaugural de Gazte Koordinadora Sozialista no fue de mala fe, por nerviosismo o por enfangar el terreno (tal y como se afirmó en varias críticas a mis palabras). Nada más lejos de mi voluntad que generar división o poner obstáculos a la colaboración entre distintas izquierdas, pero el trabajo en común no puede ser al precio de eliminar la crítica legítima. Somos todos suficientemente adultos y hemos de estar por encima de ello, como creo generalmente ha estado la izquierda abertzale.
Para mí, en este caso el problema es el siguiente: no se trata simplemente de que la nueva coordinadora juvenil no marcase como objetivo prioritario la independencia de Euskal Herria; es que ni siquiera lo mencionaba entre sus objetivos políticos. Eso, en el país que vivimos, no es un olvido cualquiera, y viene a poner blanco sobre negro, en mi opinión, una desorientación ideológica grandísima.

¿Por qué afirmo esto? Porque estoy convencido de que la unidad de España es la clave de bóveda del sistema de dominación concreto que se nos impone (el Régimen del 78), y en consecuencia, la independencia resulta no sólo importante sino vital. El día que rompamos esta unidad que se nos impone por la fuerza, a la clase trabajadora vasca (y por extensión a la de los demás pueblos del Estado) se nos va a abrir un campo lleno de oportunidades, porque habremos demostrado que el Régimen ya no es intocable y que se le puede ganar. Es la razón principal que tengo para ser independentista además de abertzale.

Haciendo un poco de memoria, no hay más que recordar lo que afirmaba el conocido diputado derechista José Calvo Sotelo allá por la década de los 30: «Antes una España roja que rota». O las sabias palabras de Castelao, padre del nacionalismo gallego: «Para que España pueda ser roja, antes tendrá que ser rota».

Pero no se trata de hacer memoria. Basta con mirar a la realidad hoy día y preguntarse: ¿Cuál es, sin ningún género de dudas, el mayor desafío que tiene hoy el Régimen del 78? La respuesta es obvia: Catalunya. Es cierto que el procés es interclasista y nos gustaría que fuese eminentemente obrero, pero… dejando de lado que los procesos de independencia así han sido históricamente, ¿nos hemos preguntado quiénes son los mayores enemigos del procés? La Caixa, Banco Sabadell, la gran burguesía españolista y todos sus lacayos: medios, políticos de diverso signo, policías de todos los colores… En serio, ¿de todo esto la izquierda anticapitalista crítica o distante con el procés no saca una sola lección? Nadie me negará que como mínimo es desconcertante: mientras los de la izquierda «verdadera» critican el procés por ser «interclasista», denostan su potencial rupturista y miran hacia otro lado frente a la represión actuando como si nada grave ocurriese, los «burgueses y socialdemócratas» catalanes pagan con cárcel y exilio haber puesto en jaque al Régimen. Por si esto fuera poco, después de haberse quedado mirando los toros desde la barrera te recuerdan que el procés ha fracasado y que ya te advirtieron de que «esto iba a pasar», en lugar de preguntarse qué hubiese sucedido de haberse sumado toda la izquierda en bloque y con determinación. Vivir para ver.

3. Golpear el eslabón más débil

Lenin lo afirmó con una metáfora clarificadora: la cadena que nos oprime, que nos ata al pasado, se romperá por el eslabón más débil. Para librarse no es necesario destrozar toda la cadena, basta con un solo eslabón. Por ello, la tarea primordial de toda izquierda ha de ser detectar cuál es ese eslabón y dirigir el «mazo» de la clase obrera contra el mismo.

¿Y cuál es ese eslabón? Hoy y aquí, en 2019, ese eslabón es la cuestión nacional. Esa es la razón por la cual decimos que en Euskal Herria la lucha de clases adopta la forma concreta de proceso de liberación nacional. No se trata de ninguna opción caprichosa, sino de una opción impuesta por la realidad. Sólo por ahí podrá solucionarse de forma completa la cuestión de la clase obrera en Euskal Herria, ya que, de lo contrario, seguiremos careciendo de herramientas políticas para hacer valer nuestra voluntad y resolver la cuestión de clase. Así lo afirmaban los destacados líderes del independentismo vasco, Txabi Etxebarrieta y Jose Miguel Beñaran Ordeñana, Argala.

Según algunos sectores afines a Gazte Koordinadora Sozialista, esto que acabo de decir es defender un concepto «burgués» de independencia. Nada más lejos de la realidad y de mis aspiraciones. Lo que ocurre es que, guste o no, la prioridad hoy es culminar la ruptura democrática que no conseguimos culminar en 1978. Las siguientes palabras de Lenin pueden ilustrar lo que digo:

«El socialismo es imposible sin la democracia, en dos sentidos: 1) el proletariado no puede llevar a cabo una revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la democracia; 2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y llevar a la humanidad hacia la desaparición del Estado, sin la realización de una democracia completa. Por eso, decir que la autodeterminación está de más en el socialismo es tan absurdo e implica el mismo embrollo que si se dijera: la democracia está de más en el socialismo».

Para llevar a cabo la ruptura democrática, claro, es imprescindible generar mayorías en todos los ámbitos: en el social, en el sindical, en el político y en el institucional. No se trata ahora de hacer un ejercicio de esencialismo proletario sino de generar mayorías rupturistas; y como digo, con nuestras contradicciones y errores, en esas estamos.

4. Nuestra hoja de ruta

¿Cuál es, pues, nuestra hoja de ruta? Ruptura democrática con el Régimen del 78, independencia y proceso constituyente para cambiarlo todo. ¿Reformismo? Yo no lo veo por ninguna parte. Y es que tenemos bien presentes, por ejemplo, los procesos constituyentes latinoamericanos de la primera década del siglo XXI (Venezuela, Bolivia y Ecuador), donde la articulación de mayorías plurales y muy heterogéneas permitió fraguar proyectos de ruptura con la larga noche neoliberal de los 80 y 90.

No han sido estas revoluciones perfectas, desde luego, pero sí revoluciones reales; y la izquierda ha perdido ya demasiado tiempo en busca de una revolución perfecta sin entender que esta no existe, y que de lo que se trata es de echarse al barro y transformar la realidad desde ya. Es, en cierta medida, lo que trata de explicar en su libro "Democracia, Estado, Revolución" el vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia Álvaro García Linera, renovador, en pleno siglo XXI, de muchas de las ideas de Lenin en torno a la democracia, el estado y la revolución.

Por ello, carece de fundamento alguno decir que la independencia que defendemos es «burguesa». Es precisamente en ese proceso donde se determinará la forma concreta que adquiera la futura república vasca, y huelga decir que en opinión de la izquierda abertzale será una república socialista. Sin embargo, dependerá de la correlación de fuerzas con la que materialicemos la ruptura cuánto de izquierdas o de derechas tendrá ese nuevo Estado (o si gusta más, cuánto de burgués u obrero). A fin de cuentas, ¿qué es una constitución sino la traslación al ámbito de lo jurídico de la concreta correlación de fuerzas existente al interior de un estado en un determinado momento histórico?

Se ha afirmado también, de manera despectiva, que creemos ingenuamente «en la neutralidad del Estado», como si no fuésemos conscientes de que estamos ante el aparato de dominación de la burguesía. Para contestar tal astracanada no necesitamos ni argumentos, y no los necesitamos porque los hechos hablan por nosotras: esa supuesta «neutralidad» la hemos conocido en cuarteles de la Guardia Civil y comisarías de la Policía Nacional durante décadas, y la siguen sufriendo cientos de compañeras en lejanas celdas de España y Francia o en el exilio. Lo digo claramente; en eso no se nos pueden dar muchas lecciones.

Por todo lo anterior, nuestra prioridad política hoy es poner en marcha un proceso soberanista en Euskal Herria que permita materializar la ruptura democrática con el Estado; y para ello, generar las mayorías que lo hagan posible en el terreno social, sindical, político e institucional.

5. El cambio en Nafarroa

La primera estación de dicha apuesta en el lugar donde vivo (Navarra) es lo que se viene conociendo como el «cambio». Un cambio muy plural y contradictorio; no exento de grandes errores; menos radical y más lento de lo que nos gustaría a los hombres y mujeres de la izquierda abertzale, pero que ha dejado también importantes avances en el terreno social y político, con más de 100 leyes aprobadas (entre ellas Renta Garantizada, Contratos Públicos, LGTBI, Mapa Local o dos que están por llegar: igualdad y participación democrática).

Nuestra tarea es ahora llevar a esa mayoría social y política que apuesta por un simple «cambio» a posiciones de ruptura con el Régimen del 78. No parece una empresa fácil, pero nadie dijo que lo fuera a ser.

Como marxistas, además, sabemos lo importante de distinguir entre contradicciones primarias y secundarias, y sabemos que la contradicción primaria en Nafarroa es entre Régimen y Cambio, y no como algunos pretenden, entre el cambio y las minorías ultraizquierdistas. O gobierna el cambio o gobiernan los cuneteros que nos han gobernado durante décadas. En el terreno de lo real, no hay más.

Por ello, la tarea de la izquierda navarra en este momento histórico no es poner en riesgo el cambio, sino radicalizarlo desde las instituciones, desde la calle, desde los movimientos sociales. Y si no hemos sabido o podido llevarlo más lejos, no ha sido por falta de ganas, sino porque hasta la fecha, no hemos sido capaces de generar otro tipo correlación de fuerzas. Tiempo al tiempo.

Por supuesto, en ese camino hemos cometido y vamos a cometer errores; y han aparecido y van a aparecer contradicciones. No hay más que ver lo sucedido con el gaztetxe Maravillas o la contracampaña que nos está haciendo parte de la Policía Municipal de Iruñea reprimiendo los gaztetxes un día sí y otro también (por citar dos ejemplos relacionados con el movimiento juvenil).

Sin embargo, es en esos momentos precisamente donde tenemos que tener mirada larga y hacer prevalecer la estrategia sobre la coyuntura. Lenin nos da una idea:

«Y si los bolcheviques obtuvieron este resultado, fue exclusivamente porque desenmascararon y expulsaron a todos los revolucionarios de palabra, obstinados en no comprender que hay que retroceder, que hay que saber retroceder, que es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios, en las organizaciones sindicales, en las cooperativas, en las mutualidades y otras organizaciones semejantes, por más reaccionarias que sean».

No quiero decir con esto que haya que aceptar las contradicciones sin más. Las contradicciones hay que combatirlas y tratar de eliminarlas (por eso denunciamos el desalojo de Maravillas y la ocupación policial del Casco Viejo, por ejemplo). Sin embargo, ello no nos puede llevar a pensar que como existen contradicciones hay que echar el cambio a la basura y permitir que vuelva la derecha. Está en nuestras manos que el cambio sea más profundo y por ello vamos a trabajar.

¿Cómo? Profundizando en la labor de desmantelar el Régimen UPN-PSN-CCOO-UGT-CEN-Opus Dei. ¿Con quién? De la mano de todos los sectores populares de Nafarroa (jóvenes, trabajadores, mujeres, jubilados, migrantes etc.). ¿Con qué herramientas? Con las herramientas de lucha que nos hemos dotado: lucha de masas (en su más amplia expresión), lucha ideológica y lucha institucional (en esto también, siguiendo las tesis de Lenin).

La lucha institucional la quiero reivindicar especialmente, porque no han sido pocas las críticas fuera de lugar a quienes trabajan en las mismas, metiendo a todos los representantes políticos en un mismo saco, el de la «clase política» (concepto muy funcional a la derecha), simplemente por desarrollar su trabajo en «instituciones burguesas». ¡Buen remedio! Las instituciones en las que trabajan son burguesas porque así es el sistema que se nos impone, pero en Euskal Herria desde decenas de ayuntamientos se ha hecho y se hace herrigintza al servicio de las clases populares del que debemos estar orgullosas. No me cansaré de recordarlo. Me acuerdo de los concejales de mi pueblo, Otsagabia, de los de Ezkaroze, Atarrabia, Barañain, Iruñea… con o sin sueldo, pero todos ellos metiendo «peonadas» al servicio del pueblo… en fin.

6. La lucha de clases en la Euskal Herria de hoy

Por supuesto, y para que quede bien claro: todo lo que vengo diciendo a lo largo de este artículo no significa que haya que dejar de lado la lucha de clases (algo fundamental para seguir avanzando), sino que es necesario darle a ésta una dimensión nacional, ya que toda dinámica, guste o no, fortalece un sujeto; y ese sujeto puede ser España o puede ser Euskal Herria.

Si como ya he dicho, para nosotros la solución es la República Vasca, tenemos que fortalecer ese sujeto en todas nuestras dinámicas. Si no lo hiciéramos así, estaríamos tirando al traste las condiciones propias que hemos generado durante décadas de lucha, condiciones que no existen (por ahora) en buena parte de los pueblos del Estado: un sindicalismo de clase y combativo (al margen del tándem CCOO-UGT); un movimiento feminista ejemplar; un movimiento juvenil activo y organizado, unas mayorías políticas distintas…

¿Y qué significa darle una dimensión nacional? Por ejemplo: exigir un marco vasco de relaciones laborales para que los convenios se negocien aquí, un sistema público de pensiones vasco para nuestras jubiladas, etc. Probablemente escuchar a decenas de trabajadores del campo de origen magrebí gritar «Jo ta ke irabazi arte» en la huelga de Huerta de Peralta sea la expresión más «poética» de lo que digo.

Claro está que la dimensión nacional no puede borrar la dimensión internacionalista. Ningún reparo en ir de la mano del resto de pueblos del Estado o de Europa, pero desde el respeto a lo que somos y a las dinámicas y ritmos que tenemos.

Por todo ello, en mi opinión, la lucha obrera que se viene promoviendo hoy día desde distintos gaztetxes y centros de estudio tiene bastante más de socialismo utópico o anarquismo (vienen a mi mente los falansterios de Fourier) que de socialismo científico. Por supuesto, me parece genial promover ideas y prácticas socialistas entre la gente joven, pero si toda esa labor no va estrechamente unida a una estrategia real de conquista del poder político, no es más que puro utopismo.

Lo voy a decir más claro: lo que viene ocurriendo en todo este espacio que he calificado de «izquierdista» (GKS, algunos gaztetxes y otros espacios como Herritar Batasuna) es que bajo una radicalidad discursiva más o menos atractiva (desde luego para una parte de la juventud más combativa lo está siendo) se está tratando de esconder una desorientación estratégica total. Más allá de palabras grandilocuentes y apelaciones genéricas a la lucha de clases, no existe un «norte» creíble. Nadie explica además cómo se quiere destruir el «estado burgués», el Régimen del 78, si no es preparándose para un supuesto día D que nunca llega, en el que se alinearán los astros y saltará la chispa de la revolución.

Mención aparte merece el pretender colocar en el centro de la estrategia obrera los gaztetxes y centros de estudio, en lugar de las fábricas, los centros del trabajo o, simplemente, las calles. Se pretende liderar la lucha de las explotadas pero sin las explotadas. Es, además, una cuestión puramente matemática: la inmensa mayoría de la clase obrera jamás ha pisado ni va a pisar un gaztetxe.

7. Para acabar, autocrítica

Por ir terminando, no quisiera publicar este artículo sin hacer autocrítica. Que espacios como GKS surjan al margen de la izquierda abertzale significa que existe una parte de la juventud de nuestro pueblo que no ha visto en nosotros un referente anticapitalista claro con el que hacer frente a la ola neoliberal que padecemos, y ello nos debe llevar a cuestionarnos por qué. Dejo varias pistas:

1) El gran poder institucional que hemos adquirido en los últimos años ha generado tendencias «institucionalistas» en nuestro movimiento, con el consiguiente alejamiento de algunos movimientos sociales. No ha sido algo buscado ni querido, pero ha ocurrido y se ha de trabajar por solucionarlo.

2) Hemos acertado en promover (junto a otros sectores sociales y de forma horizontal) dinámicas amplias capaces de activar a sectores mayoritarios de la sociedad cuyo compromiso político es, por así decirlo, «pequeño» (la lucha por los jóvenes del Altsasu puede ser un buen ejemplo). Sin embargo, probablemente no hemos acertado en formular una oferta de lucha suficientemente atractiva para los sectores más combativos de la sociedad, sectores dispuestos a llevar la confrontación democrática a estadios superiores. Corregir esto también es fundamental para nuestra hoja de ruta.

3) Nos falta épica. Nuestra práctica política no sólo ha de convencer, sino que ha de emocionar, algo que sí han conseguido en Catalunya. Se han de tocar las teclas adecuadas.

Nada más por hoy. Más pronto que tarde nos tendremos que encontrar en el camino y, pese a las grandes diferencias, así espero que sea. En el centenario de la muerte de Rosa Luxemburgo, acabo con su epitafio: «Oprimidos, oprimidas, enterrad (aquí mismo) vuestras diferencias».

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