José Luis Herrero y Antton Azkargorta
Profesores despedidos de la UPV

Goiriena de Gandarias y los límites de un rector nacionalista

A partir dejar el cargo sostuvimos unas relaciones cordiales con él. Consideraba que se seguía manteniendo una situación de permanente injusticia con nosotros y en su interior anidaba un sentimiento de culpabilidad.

Tras la muerte de Juan José Goiriena de Gandarias ha habido numerosos comentarios elogiosos de su figura humana y de sus múltiples actividades. Como ejemplo vamos a citar las declaraciones de la actual rectora de la UPV, Nekane Balluerka, sobre su etapa de rector: «Su rectorado se caracterizó por traer a nuestra institución una estabilidad institucional y financiera absolutamente necesaria cara a su desarrollo posterior...». Pues bien, en nuestra opinión, no hubo durante su mandato (1991-1995) tal estabilidad y mucho menos estabilidad social universitaria. En lo relativo al tema financiero su rectorado sufrió carencias presupuestarias serias, bajo la consejería de educación en manos de Fernando Buesa, que redujeron considerablemente la autonomía universitaria y originaron importantes conflictos. Estos problemas agudizaron el ya de por sí deficitario presupuesto de la UPV. Solo al final de su rectorado y con el relevo en la consejería de educación vinieron algunas inyecciones monetarias que supusieron cierto alivio a la gravedad financiera de la institución.

En lo relativo a la situación universitaria, la época de Goiriena fue el germen de una universidad militarizada que se alargó en el tiempo abarcando varios mandatos rectorales. Su epicentro estuvo en el conflicto de los profesores que fueron despedidos por negarse a firmar el contrato administrativo. Estos profesores reivindicaban un profesorado propio con contrato laboral. Como el mismo rector Goiriena reconocía este conflicto «satelizaba» la vida universitaria porque ademas de laboral tenia una dimensión política ya que concentraba el antagonismo entre el modelo vigente en aquellos momentos en la universidad y las aspiraciones de varios colectivos universitarios, sociales y políticos a construir una Universidad nacional vasca, con eje en el profesorado propio.

Los conflictivos sucesos que se siguieron fueron abundantemente descritos por los medios de comunicación del periodo y recogidos en muchos escritos, entre ellos nuestros libros. El rector, nacionalista y firme defensor de las figuras de profesorado propio, intentó resolver el conflicto mediante la vía del dialogo, la negociación y los acuerdos. Hay que recordar que durante su gobierno se aprobaron las llamadas Bases Reguladoras de la Carrera del Profesorado y dentro de ellas estaba la propuesta de creación de una figura profesional con contrato estable equiparada a las funcionariales. Desgraciadamente esta propuesta no llegó a ser aprobada por el Parlamento de Gasteiz. Pues bien, después de dos primeros intentos fallidos, al tercero los despedidos llegamos a un acuerdo con el rector, bajo la mediación del presidente del Consejo Social. Este acuerdo contemplaba nuestro reingreso en la universidad a través de un nuevo contrato. Sin embargo, la Junta de Gobierno por dos votos de diferencia rechazó el acuerdo. En una Junta profundamente dividida cuatro vicerrectores votaron en contra, en un acto de clara deslealtad institucional. Hay que señalar que en esa junta tenían una gran representación los unionistas de CCOO y sus aliados que votaron en contra. CCOO de aquella época era más que un sindicato pues se trataba de un poder «factico» que dirigía de hecho, en connivencia con Fernando Buesa, la política universitaria. Goiriena podía haber firmado unilateralmente el acuerdo, hecho dimitir a sus vicerrectores o haber presentado su propia dimisión. En cambio aceptó lo ocurrido y a partir de entonces se soldaron las grietas con el soplete de nuestra represión. Partidos políticos, medios de comunicación y autoridades universitarias, salvando alguna excepción, se fundieron en uno y como punto final nos desterraron del campus de Leioa.

Sin embargo, el contencioso no desapareció sino que en algunos aspectos se agravó. Numerosas actividades normales protagonizadas por diferentes colectivos se convirtieron en delictivas y se consideraron como un problema de orden público. Se llegó a tal situación de enfrentamiento con parte de la colectividad universitaria que se celebró un claustro extraordinario casi monográfico sobre el tema de los despedidos y la represión. Un buen número de profesores universitarios, entre ellos Nekane Balluerka, solicitó nuestra readmisión. "El Periódico Universitario" en uno de sus números encabezaba así su portada: "La UPV vuelve a su normalidad"; es decir, a «Alumnos encerrados, choques entre guardas jurados y profesores despedidos o ex-asociados, manifestaciones, encarteladas, estudiantes de Bellas Artes detenidos, cortes de tráfico... Esto supone que algunos conflictos se conviertan en cuestiones endémicas sin resolver que curso tras curso se reproducen...». No repitió en el cargo pues las tensiones le habían desbordado. Confesó que «no me siento con fuerzas para trabajar otros cuatro años al ritmo que lo he hecho hasta ahora». En una entrevista reconocía que no había existido el ambiente apropiado para solucionar el tema de los despedidos. Y acusaba a algunos grupos, calificados por él como conservadores, de limitar sus proyectos de cambio universitario. En realidad fueron las exigencias de la estructuras universitarias y los requerimientos del poder político, junto a sus debilidades subjetivas, las que le llevaron a adoptar en la segunda parte de su mandato lo que denominamos «ética de la resignación», ese querer y no poder, obligado por un sistema que fustiga a muchos nacionalistas vascos bien intencionados en sus ansias de renovación.

Paradójicamente, a partir dejar el cargo sostuvimos unas relaciones cordiales con él. Consideraba que se seguía manteniendo una situación de permanente injusticia con nosotros y en su interior anidaba un sentimiento de culpabilidad. Nos hizo algunas confidencias sobre sus tiempos de rector y sobre algunos proyectos científicos y universitarios que no se habían realizado. Intentó en varias instancias interceder por nosotros sin éxito alguno. Pues no se trata de una cuestión técnica sino política, una especie de veto que nos mantiene despedidos.

El tema de su hermano Javier, condenado por el Tribunal Supremo a tres años de cárcel por malversación de fondos públicos y falsedad en documento mercantil, le afectó profundamente y es posible que algo tuviera que ver con su grave enfermedad. Unos días antes de su operación quiso despedirse de nosotros. Nos dijo: «Habéis sido unos buenos amigos. Os recordaré siempre. No me visitéis». Salió de la operación pero se le reprodujo la dolencia. En otros encuentros posteriores demostró una gran entereza. Como médico sabia perfectamente el alcance irreversible de su enfermedad. Reciba su familia nuestro más sentido pésame.

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