Politólogo
Guerras culturales y microfísica de la identidad

Hemos pasado de pedir pan para el pobre a reivindicar su negritud, situando en el plano cultural la raíz de todos los problemas relativos a la desigualdad.

2019/06/18

En la actualidad, muchos de los postulados feministas que analizan el machismo o el patriarcado se apoyan en el concepto de «microfísica del poder» foucaultiano para armar su crítica. Dicen, más o menos, que la mecánica del poder es difusa y está descentralizada, y que todas las personas mediante costumbres, actitudes, inercias aprehendidas… reproducimos las relaciones de poder y acabamos afianzando un sistema de dominación injusto.

El objeto de esta crítica no es un centro de poder. No es el patriarca, ni el obispo, ni el jefe, ni el ministro, ni el empresario. Sino que todos los individuos estamos bajo la lupa de todos los individuos que, permeados por la propaganda del sistema personificado por altos funcionarios de la academia y políticos supuestamente progresistas, nos obsesionamos en examinar a nuestros vecinos, por si acaso su actitud estuviera creando el caldo de cultivo del peor de los crímenes.

Esta crítica obsesiva, exhaustiva, pormenorizada, totalizadora, del discurso y las prácticas; o sea, de las tecnologías del poder (los procedimientos que articulan las relaciones de poder) según Foucault, nos sumerge de lleno en lo que llaman Sociedad de Control. Irónicamente, se utiliza a este autor para intensificar el afán regulatorio del sistema, lo que él mismo critica. En este tipo de sociedad cada uno es policía de sí mismo y del vecino, es decir, el poder sustituye el control directo por otro mucho más sutil. Pero no es suficiente. La Sociedad de Control necesita una pantalla ideológica; una capa de barniz progresista, feminista, multicultural, tolerante, abierta, ecológica y que tenga formas aparentemente democráticas. Así pretende conseguir la adhesión de un tipo de activismo que, apoyado en teorías confusas y con un lenguaje revestido, genera la ficción de lucha social.

La desigualdad social es objetiva, material, concreta y cuantificable (lugar que se ocupa respecto a los medios de producción, condición de asalariado o propietario, nivel de ingresos, cantidad de bienes, disponibilidad de recursos, etc.); mientras que las desigualdades relativas a la identidad operan en el universo cultural de los prejuicios, aunque tengan consecuencias materiales. No es posible dibujar una pirámide estamental atendiendo a parámetros de «raza», etnia, género, orientación sexual…; tampoco se pueden medir los privilegios conforme a la tonalidad de la piel ni al nivel de testosterona. Como no existe un modo de cuantificar esa discriminación ni señalar a los causantes, el nuevo activismo posmoderno, mediante una degradación del concepto de «micropoder» de Foucault, establece una responsabilidad de grupo que responde a parámetros identitarios que, por un lado se disuelve en el grueso social; y por otro nos exige, individualmente, una especie de expiación cristiana de los pecados para alcanzar la redención, el reconocimiento público de nuestra condición de culpables, la revisión histérica y constante de nuestra conducta, y que nos identifiquemos como enemigos naturales de nuestras propias ideas por razones de género, étnicas, de orientación sexual, de nacionalidad, etc.

En la era de la pospolítica la crítica social opera en un plano simbólico que obvia el marco material en el que se dan las relaciones sociales. En otras palabras, hemos pasado de pedir pan para el pobre a reivindicar su negritud, situando en el plano cultural (en el cual se ha de centrar el nuevo activismo) la raíz de todos los problemas relativos a la desigualdad. Y a la vez, dejamos la economía y la política en manos de expertos que gestionan el Capital desde la aparente neutralidad posmoderna.

Frente a la desigualdad material y concreta, el activismo posmoderno ofrece la solución simbólica pero milagrosa de la deconstrucción. Esta consiste básicamente en culpabilizarnos de las injusticias de orden estructural con un argumento ad hominem constante que nos censura individualmente por el grupo al que pertenecemos de manera accidental. Los centros de poder quedan intactos y alejados de toda crítica. Además, acometer esta tarea no es igual para todos; quienes disponen de tiempo, capital cultural y acceso a las pedagogías más punteras, parten de una situación ventajosa; lo que les permite imponerse moralmente frente a las personas con recursos más limitados. Desde luego, deconstruirse no es lo mismo para una cajera o una ama de casa, que para quien cursa un máster en género.

La deconstrucción personal que plantea el nuevo activismo no es un ejercicio de reflexión individual sobre nuestra conducta cotidiana, sino que es un discurso de acusación, un juicio al otro por su condición identitaria. No se deja espacio para que sean los demás quienes decidan libremente, quienes se deconstruyan o piensen sobre sí mismos. No se deja espacio a su autonomía, sino que es un acto inquisitorio por parte de un capitalismo de tipo moral que mide, cuantifica y evalúa los progresos de los demás como haría el jefe de recursos humanos de una empresa. La lucha social se convierte así en una competición en la que gana quien se quita de encima más «micropoderes» y se deconstruye más rápidamente. La personalidad se convierte en una mercancía y, en ese intercambio del valor de uno mismo con el valor de los demás, es donde uno alcanza su verdad como individuo integrado en una red moral.

Frente a las nuevas formas de activismo pospolítico, es urgente reorientar la crítica hacia los centros de poder real y poner en la palestra la cuestión social. Tenemos que pensar formas de organización colectiva que superen la cuestión identitaria y no ahonden en la atomización de la sociedad.

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