Guggenheim Urdaibai y esos locos bajitos
A menudo, los que creemos en la conservación de la naturaleza, estamos escasos de victorias. En Euskal Herria, el rodillo de nuestros gobernantes a veces se siente como una apisonadora que es imposible de parar, un monstruo al que es imposible enfrentar, que cuenta con todos los medios de su parte y que casi lo percibimos como el destino que nos ha tocado vivir. Aun así, cuando una lucha es justa, este es un pueblo que lucha, incluso a favor de causas que parecen perdidas, es nuestro ADN. La lucha contra la imposición de un museo que iba a afectar irreversiblemente, en su sentido más amplio, a la vida de los que aquí vivimos y sentimos no iba a ser una excepción, y el 16 de diciembre culminó esta lucha que, sinceramente, no se podía perder.
Nuestra percepción antropocéntrica del mundo a veces no nos permite comprender las repercusiones que un proyecto como el museo bicéfalo Guggenheim Urdaibai iba a tener en el patrimonio natural y paisajístico de la Reserva de la Biosfera. De eso se han aprovechado históricamente nuestros administradores. Al parecer, en Urdaibai esta vez han pinchado en hueso, porque tengo la sensación de que esta vez, por ser Urdaibai lo que es y lo que representa, la sociedad ha percibido que el mastodóntico proyecto que las administraciones vascas promovían y financiaban nos afectaba a todos y todas de maneras diferentes, pero a todos. El museo ha sido percibido como una amenaza existencial, es decir, un cambio irreversible de una realidad de la que disfrutamos, necesitamos, presumimos y valoramos.
En estos días me venía a la memoria el estribillo de la canción de Serrat, «esos locos bajitos»: «Niño, deja ya de joder con la pelota, Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca». Cambiemos «pelota» por «Museo» y tendremos el discurso oficial de los Rementeria, Etxanobe, Pradales y compañía hasta hace dos días. Nuestros administradores nos han tratado a los que vivimos aquí y, en general, a los que aman Urdaibai, a esos locos bajitos, como a menores de edad, que incordian, tratándonos con la prepotencia de quien es consciente de disponer de los recursos institucionales suficientes para hacer proyectos que van en contra de los intereses y voluntades de sus propios contribuyentes. Ese menosprecio fue expuesto teatralmente, incluso en el reconocimiento de la derrota, el 16 de diciembre, ignorando la decisiva influencia que «esos locos bajitos» han tenido en el enterramiento del proyecto.
Es muy significativo que un movimiento popular, democrático, organizado, solidario y transversal como el que ha tumbado el proyecto faraónico de Diputación y Gobierno Vasco, haya mostrado las vergüenzas de quienes durante tantos años se han definido a sí mismos como «nosotros, los demócratas». Esos demócratas que, inexplicablemente, siguen donde están o han prosperado, hace unos meses seguían manteniendo el «museo se hará sí o sí». Pues va a ser que no, y no por razones técnicas y legales venidas de la nada, tal y como algunos pretenden hacernos creer, sino por la oposición de una masa social amplia que se enfrentaba a este proyecto y que ha sido quien, entre otras cosas, ha puesto la ley encima de la mesa, esa ley que aprobaron los mismos que ahora pretendían ignorarla, cuando no transgredirla. Los tribunales decidirán. Una lección que aquí tenemos bien aprendida es que el poder tiene miedo a la opinión de la gente, pero sobre todo a la gente organizada en torno a una opinión o una idea.
En este proceso se ha demostrado que la lucha y la presión popular consiguió que la administración vasca comenzase a tener dudas sobre la viabilidad del proyecto y que en Nueva York empezasen a comerse las uñas, porque en el mundo, o mejor dicho mercado del arte, la imagen lo es todo. Ya sabemos que el dinero es cobarde, y de sociología bien saben quienes nos gobiernan. Tal era el escenario que percibían que se vieron obligados a echar el freno después de la masiva manifestación de Gernika en octubre del 2024 y abrir un proceso de «escucha activa», que en su concepción se pensó como una estrategia para frenar una avalancha popular, enfriar la sopa y tratar de que el movimiento se desinflara mientras la administración, en ese tiempo, intentaba esquivar la normativa actual que protege a Urdaibai. Sin embargo, no solo no ocurrió, sino que, muy al contrario, el compromiso de la sociedad se intensificó. En este caso el tiempo jugó a favor de Urdaibai, científicos, artistas, y diferentes personalidades manifestaron públicamente su oposición al proyecto y hasta 1000 personas participaron en este proceso de «escucha activa», de las cuales el 80% se mostró en contra del museo. Eso sí que es un baño de realidad... con lo bien que les iba la escucha pasiva...
Una vez reconocida la derrota a nivel interno meses atrás, se necesitaba construir un relato que amortiguara el impacto de semejante fiasco ante la sociedad, no vaya a ser que cunda el ejemplo, y la gente se acostumbre a llevar la contraria a la administración cuando se propongan proyectos desarrollistas e insostenibles como este. Y en eso llegó el 16 de diciembre, donde se quiso mostrar sin ninguna vergüenza, que la opinión de la población de Urdaibai no fue un factor decisivo, ni siquiera un factor a tener en cuenta, para desechar el megaproyecto museístico, sino que fueron factores más bien sobrevenidos los que enterraron el proyecto, factores no se sabe bienvenidos de donde, como el no encaje del proyecto en la normativa, problemas administrativos al parecer de origen desconocido y finalmente la más surrealista de las excusas: Astilleros de Murueta, que lleva años manteniendo una ocupación del territorio caducada legalmente, no quiere vender «sus» terrenos. Al parecer, leyendo entre líneas, la decisión de una empresa ha influido más en la decisión tomada que la opinión mayoritaria de quienes vivimos aquí. Si eso no es prepotencia, debe ser hipocresía o peor aún, desprecio por la opinión de decenas de miles de personas que vivimos aquí. Nos han querido hacer pensar que Urdaibai-Busturialdea era un territorio deshabitado o quizás desopinado y mira que esos mismos políticos llevan años diciéndonos que «en Urdaibai viven personas no solo pájaros». Parece que pájaros cada vez menos, pero personas sí que hay, aunque no les guste lo que opinan. En este caso, al parecer no contaron con lo que esos locos bajitos estaban dispuestos a hacer por Urdaibai.
Y mira que lo tenían fácil para perder con un mínimo honor, sabiendo lo que sabían, podrían haberse apoyado en los resultados del proceso de escucha activa que pronto conoceremos (espero) y salir del atolladero en el que se habían metido ellos mismos (algo sabía Urkullu) diciendo, al menos, que habían escuchado a la gente y ellos «los demócratas» habían tomado nota y desechaban el proyecto, al que además se unían elementos jurídico-administrativos de difícil encaje. Perdieron esa oportunidad. Promovieron un proceso de escucha, pero al parecer no han querido escuchar los resultados o peor aún, no han querido que esos resultados sean escuchados públicamente en el contexto en que realmente ocurrían, y esa parece ser la razón y no otra, de hacer algo que va en contra de la lógica más elemental (algo, por otra parte, bastante habitual en todo este proceso), esto es, dar a conocer la decisión de abandonar el proyecto antes de conocer públicamente los resultados del proceso de escucha activa.
Todo en el proceso de imposición de este museo ha sido caótico, atropellado, impropio y falto de transparencia, dando a entrever la existencia de intereses ocultos (uno de ellos el propio proyecto museístico) que algún día conoceremos. A pesar de ello, nadie ha tenido la mínima dignidad de dimitir, por lo dicho y por lo hecho. Oscurantismo, prepotencia, inoperancia administrativa... un decálogo de incompetencia política que ha dilapidado millones de euros públicos. Sin duda la oposición política de este país deberá reclamar en las diferentes cámaras, donde está ese dinero y las responsabilidades políticas que correspondan.
¿Cómo es posible que un proyecto mastodóntico comarcal como este, que viene masticándose desde hace años, plantee su viabilidad al final del proceso y no al principio? ¿En qué universidad enseñan eso? ¿O acaso el proceso era, hacer el proyecto y luego encajarlo legalmente esperando que la sociedad no se enterase? En todo ese proceso ignoraron el poder de la gente, de la gente organizada, el poder de esos locos bajitos.
Ahora, después del humo que han esparcido el 16 de diciembre, queda por plantear que proyecto de desarrollo socioeconómico van a plantear las administraciones públicas en la comarca. Parece que el dinero no era un problema. Si algo ha demostrado el Guggenheim-Urdaibai Project es que cuando se quiere sí que hay dinero, ahora falta proponer ideas, llevamos 17 años esperando. Porque 17 años llevan proponiendo, primero en las colonias de Sukarrieta, casi como única opción de desarrollo, construir un museo Guggenheim en la Reserva. En realidad, 17 años perdidos. Esa tozudez y esa contumacia no puede ser casual, de no ser que el Guggenheim-Urdaibai fuese el árbol que no nos deje ver el bosque o un ariete «amable» que consiguiera transformar Urdaibai en otra cosa mucho más peligrosa. Esta vez, esos intereses han pinchado en hueso.
En todo caso, esta victoria será celebrada por todo lo alto el 7 de febrero en Gernika y muchas carreteras van a tener que inaugurar ese día para taparlo. Una victoria que debe ser una lección para todos. Frente a la imposición del «sí o sí», estará el «si se puede», frente a la sin razón, argumentación y tenacidad y frente a la prepotencia, resistencia. Por todo ello, solo queda felicitar a todos los que han trabajado intensamente en desmontar este monstruo sin patas, y defender el bien común, y por dar continuidad a lo que unos locos bajitos trataron de mantener vivo desde hace más de 50 años, paralizando un proyecto curiosamente similar al actual planteado a finales de la década de los años 60. Sin duda, mantener esa llama encendida, aunque fuese por pocos, ha posibilitado que la luz se imponga a las tinieblas hoy. La sociedad organizada es el vivo ejemplo del «efecto mariposa». Todo gesto no es baldío cuando suma y un montón de locos bajitos podemos ser unos muchitos. A los «poquitos» el poder se los come, no así a los «muchitos».
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