Mikel Casado
Fundación Hitz and Hitz

Hacia un nuevo modelo global

Imaginemos una enorme granja en la que vive un número de personas, propietarios y criados, con una gran extensión de terreno que guarda riquezas en su suelo y subsuelo, reservas de agua y con un buen número de animales que pastan en prados. La subsistencia de esa comunidad y de sus descendientes se basa exclusivamente en las limitadas riquezas agrícolas y fósiles de esa tierra.

Últimamente, se han estado explotando los recursos naturales a un ritmo mayor que antes; han producido químicos con los que abonar los campos que contaminan suelo, agua y aire; han utilizado excesivas cantidades de agua para animales de carne, industria y uso propio; han utilizado la mayor parte de los árboles y otros combustibles fósiles para cocinar, calefacción y para mantener en marcha las industrias de todo tipo que fabrican artefactos, la gran mayoría innecesarios, que después de usados, se acumulan dentro y fuera de las dependencias de la granja, junto con otros desperdicios y basuras, que además de ocupar espacio, contaminan la finca. Dentro de la casa principal y dependencias, el aire se hace cada vez más irrespirable y la temperatura aumenta hasta poner en riesgo la supervivencia general. Además, el combustible utilizado se está agotando y no han dispuesto otro alternativo. Se está cerca del colapso. Es decir, si no se cambia radicalmente de estrategia, la vida en la granja es insostenible para todos sus habitantes y sus descendientes.

Como esto es una propuesta a la imaginación, volvamos a la realidad. Ante las comentadas, pero no realmente atendidas, crisis energética y de cambio climático, nos gustaría resaltar un aspecto que creemos está presente en la práctica económica de los siglos XIX y XX: su no racionalidad o irracionalidad. Para ello, naturalmente, es imprescindible analizar los términos economía y racionalidad.

El término economía, como es bien sabido, viene del griego oikos (casa) y nomos (ley, administración). Así, la economía es la ley, administración o gestión de los bienes de la casa para su perdurabilidad y para la supervivencia de sus habitantes y sus descendientes.

El término racionalidad, en el sentido weberiano, es la elección de los medios más adecuados (por ejemplo, explotación de la naturaleza mediante la tecnología disponible) para conseguir un fin predeterminado (por ejemplo, acumulación de bienes materiales, para apropiación individual en el caso capitalista y para la colectividad en el caso socialista, sin considerar las consecuencias ecológicas; o, por ejemplo, la supervivencia de la especie humana en las mejores condiciones ecológicas y sociales posibles).

Es obvio, en el ejemplo de la granja, que su gestión es irracional (en el lenguaje corriente se le diría inadecuado, incoherente, ilógico...,) por no lograr los fines propios de la economía entendida como sustentabilidad de la supervivencia. Eso sí, es una gestión racional en cuanto que consigue una rápida acumulación de riqueza, aunque muy desigualmente distribuida y de consecuencias catastróficas para su sustentabilidad.

En el mundo de historias reales, puesto que desde la Revolución Industrial la creación de bienes materiales de consumo ha sido extraordinaria comparándola con épocas anteriores, se dice que la práctica económica moderna ha sido racional. Pero creemos que ese análisis es erróneo por simple, pues esas prácticas no consiguen la permanencia de las condiciones de subsistencia en el planeta, estando ahora, como estamos, al borde del colapso. Alguien podría argumentar que en aquella época, al no conocerse aún el efecto devastador en la naturaleza de esas prácticas extractivas e industriales, podría considerarse una economía racional. Pero ese desconocimiento de sus efectos no está claro. Además, hoy día, se sigue con el mismo proceder a pesar de la consciencia de la destrucción del planeta. De modo que es difícil escapar de la acusación de irracionalidad.

La causa de la explotación natural desbocada ha sido que el paradigma epistemológico moderno sujeto-objeto ha concebido la naturaleza como algo ajeno al ser humano y a éste como ser-ante (separado de)-la-naturaleza en vez de como ser-en-la-naturaleza, lo cual ha supuesto que los dos modelos  socioeconómicos antagónicos del s. XX hayan considerado el planeta como un objeto de explotación para la obtención de riquezas en una carrera por el crecimiento infinito, sin tener en cuenta su consiguiente deterioro, agotamiento… que lleva al desbaratamiento de las condiciones de existencia del ser humano y pone en riesgo su supervivencia sobre la tierra.

Además, en la granja imaginada, se da un aspecto que no hemos apuntado antes por no distraer del aspecto ecológico, pero que es tan importante: es una granja socialmente desigual y patriarcal. Los que la dirigen son muy ricos, viviendo en el lujo, y los criados, principalmente las mujeres, viven precariamente, con el mínimo suficiente para desarrollar el trabajo y para inhibir un posible recurso a la rebeldía. Así, podríamos resumir el sistema socioeconómico de la granja como irracional e injusto. Ni qué decir tiene que en el mundo real el capitalismo y su versión neoliberal son injustos por ser esencialmente desiguales global y localmente.

Aún hay más sobre la irracionalidad. Si hemos argumentado que la gestión capitalista de la granja es irracional por no ajustar los medios a los fines correctamente, hay otro aspecto más por el que creemos que el sistema capitalista es irracional intrínsecamente. Nos referimos a la característica psicológica que se sitúa en el nivel primario, el de las pasiones, sin mediación o control racional: el egoísmo. Primero yo y después yo; tú eres un medio para la satisfacción de mi egoísmo, aunque tú puedas hacer lo mismo, en un libre mercado-competición-jungla global. Pues el carácter panmercantilista (todo es vendible y comprable) e individualista-egoísta del capitalismo (el egoísmo lleva al crecimiento general), que considera el mundo un mercado de cosas, animales y humanos (principalmente las mujeres) como objetos apropiables, de compra-venta, con precio según mercado, pero sin valor moral, conduce a su explotación para la obtención de un beneficio. Y tal característica psicológica creará riqueza al explotarlo todo, sin que la ética inhiba la apropiación y acumulación de los bienes, y sin tener en cuenta las consecuencias sociales y ecológicas. Sin embargo, también hay que reconocer una racionalidad instrumental perversa y deshumanizada: la de la utilización de los medios adecuados, éticos o no, para la obtención de la mayor riqueza en el menor número de manos, en el menor tiempo posible, independientemente de las consecuencias externas a esa acumulación, como la ecológica y la social. En este sentido, el capitalismo ha sido racional, pero asentándose en la desigualdad social, abocando a la mayoría a la marginación y a la pobreza, si no a la esclavitud.

Un sistema así de irracional en los dos sentidos apuntados y racional en otro más perverso no puede ser modelo de gestión ecosocioeconómica ni para ahora ni para el futuro, en él no hay espacio para la convivencia. Por ello hoy es urgente, racional y, sobre todo, obligación moral, caminar hacia un nuevo modelo global axiológico, económico, ecológico, social y feminista, tal y como lo plantea el ecosocialismo.

En relación con esto, los próximos 23, 24 y 25 de septiembre se celebrarán en Bilbao los III Encuentros Ecosocialistas Internacionales, después de los celebrados en Ginebra en 2014 y Madrid en 2015. Los ponentes en cartel son voces importantes en la llamada de atención sobre la urgente necesidad de cambios en cuanto a, en general, la forma de vivir y convivir en la granja, el planeta tierra y, en particular, la forma de autogestionar la sociedad, la política, los recursos naturales, la energía, la economía, la salud, los cuidados y el bienestar, poniendo en el centro al ser humano y sus necesidades básicas de supervivencia digna. Creemos que son una buena oportunidad para asistir, escuchar y participar.

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