Ibon Pérez

«Izena duena bada»

Durante años hemos imaginado el futuro lleno de máquinas. 

Pantallas. 

Algoritmos. 

Inteligencias artificiales. 

Tecnologías capaces de hacer cosas que hoy apenas comprendemos. 

El espectáculo que ZETAK llevó a San Mamés el fin de semana pasado también hablaba de ese futuro. 

Un futuro lejano. Una sociedad tecnológicamente superior. Un mundo aparentemente perfecto. Un relato en el que la tecnología parecía haber conquistado todo. 

Y, sin embargo, la pregunta que atravesaba la noche era sorprendentemente sencilla: 

¿Qué ocurrirá con aquello que fuimos? 

La historia planteada por Pello Reparaz no era una batalla entre pasado y futuro. 

Era una batalla entre el olvido y la memoria. 

Entre una tecnología capaz de hacerlo todo y un pueblo empeñado en recordar quién es. 

Por eso la frase más importante de toda la noche no fue una consigna política. 

Fue algo mucho más profundo: 

«Izena duena bada». 

Lo que tiene nombre, existe. 

Mientras algo conserve su nombre sigue formando parte del mundo. 

Mientras podamos nombrar nuestras montañas, nuestros mares, nuestras canciones, nuestros mitos y nuestra lengua, seguirán existiendo. 

Y quizá por eso resultó tan emocionante ver San Mamés lleno. 

Porque allí había miles de personas muy diferentes. 

Personas que hablan euskara cada día. 

Personas que apenas lo hablan. 

Personas que lo entienden. 

Y personas que ni siquiera lo conocen. 

Pero todos estaban participando de una misma historia. 

La historia de una lengua pequeña que sigue negándose a desaparecer. 

La historia de una cultura que continúa reinventándose. 

La historia de unos mitos que siguen encontrando nuevas formas de contarse. 

La mitología que aparecía durante el espectáculo no estaba allí como una pieza de museo. 

No era un recuerdo arqueológico. 

Era algo vivo. 

Y al final triunfaba precisamente por eso. 

Porque demostraba que seguía siendo capaz de dialogar con el futuro. 

Quizá esa sea una de las enseñanzas más bonitas de lo ocurrido el fin de semana pasado. 

No se trataba de elegir entre mirar atrás o mirar adelante. 

Se trataba de comprender que para saber hacia dónde vamos también necesitamos recordar de dónde venimos. 

Muchos de los jóvenes que llenaban San Mamés no habían nacido cuando Iribar y Kortabarria levantaron la ikurriña en Atotxa. 

Ni habían vivido buena parte de las historias que explican este país. 

Y, sin embargo, aquellas imágenes seguían hablándoles. 

Porque la memoria no consiste en quedarse atrapado en el pasado. 

Consiste en llevarlo contigo mientras avanzas. 

Por eso resultó tan poderosa la aparición de Iribar y Kortabarria cincuenta años después. 

No como una mirada nostálgica. 

Sino como un puente. 

Entre generaciones. 

Entre épocas. 

Entre quienes estuvieron allí y quienes llegaron después. 

Entre la memoria y el futuro. 

La ikurriña y la bandera de Nafarroa aparecieron como símbolos reconocibles de una historia compartida, pero el mensaje iba mucho más allá de cualquier tela. 

Hablaba de continuidad. 

De transmisión. 

De identidad. 

De la necesidad de seguir nombrando aquello que somos. 

El fin de semana pasado no vi únicamente un concierto. 

Vi a 80.000 personas reunidas alrededor del fuego del euskara. 

Y comprendí que quizá la verdadera victoria no consiste en conservar exactamente lo que fuimos. 

Consiste en conseguir que siga teniendo sentido para quienes vendrán después. 

Porque mientras siga habiendo alguien capaz de nombrarlo, seguirá existiendo. 

Izena duena bada. 


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