Historiador
Jerarquía racial

En esta reflexión innecesaria, habría que añadir que la divergencia genética humana entre ecotipos es prácticamente inexistente si la comparamos con especies cercanas.

2019/11/23

El golpe de Estado en Bolivia, dirigido desde el exterior por los sempiternos vaqueros yankees, y materializado en el interior por las élites blancas apoyadas por fuerzas policiales, militares, económicas y evangélicas, nos ha devuelto la visión binocular al blanco y negro, desterrando la diversidad colorida, entre ellas la de la policromada wiphala.

El control de las reservas de litio (Bolivia posee las más importantes del planeta), elemento imprescindible para las baterías de los coches eléctricos que anuncian el futuro, parece ser una de las razones del golpe. Evo Morales acababa de cancelar un contrato con la alemana ACI Systems para la extracción de litio en Potosí, lo que provocó el enfado del ministro de Economía de Berlín, Peter Altmaier. Llegó el golpe y Alemania vuelve a la pomada.

Pero, al margen de esos sempiternos intereses económicos que lastran el desarrollo de la humanidad, Bolivia ha asistido al enésimo estallido de supremacía blanca de los últimos tiempos. Un estallido, visualizado física y simbólicamente en los ataques contra hombres y mujeres de los pueblos originarios, encarnados en la figura del presidente electo Evo Morales, hijo de la nación aymara.

Naciones Unidas promulgó en 1948 su Declaración Universal de Derechos Humanos, las constituciones universales avalan la igualdad de las antiguamente llamadas «razas» y hoy ecotipos, nadie se atreve en público a declararse intolerante con el otro, pero es sabido que el racismo campea a sus anchas por todo el planeta. Un racismo que tiene en la supremacía blanca su expresión más extendida.

En Rusia donde los eslavos tratan a uzbekos, kazajos o a los genéricamente designados como tayikos como personas de ínfima categoría. En América, la conquista dejó una división que aún hoy sirve para estratificar a las sociedades: indio, negro, mestizo y blanco. En Sudáfrica, a pesar del fin del apartheid, la división clasista-racista es el sostén de su economía. Y así podíamos estar un buen rato, poniendo ejemplos, uno tras de otro.

El racismo, aunque el concepto es del siglo XX, está íntimamente ligado a la colonización del planeta. Los «blancos» eslavos, holandeses, hispanos, franceses, ingleses, alemanes… arramplaron con los cinco continentes y establecieron un concepto de base exclusivamente social. Para justificar, por cierto con el apoyo de las religiones abrahámicas, la esclavitud.

Cuando la esclavitud fue abolida oficialmente, el racismo se expandió nuevamente para justificar políticamente la diferencia de clase. Los pueblos originarios, los pobres de solemnidad, arrancados de la estadística y del progreso, fueron y son tratados como enemigos, como salvajes, incivilizados, panteístas, infrahumanos. Tienen una sarta de epítetos para elegir en cada diccionario local.

Hoy, habitualmente, y con toda la razón del mundo, se señala la marginación de los puestos de mando de la mujer. Pero asimismo del no-blanco. También en las sociedades de ecotipo mixto. El reciente equipo sudafricano, campeón del mundo de rugby, tenía un negro entre los 15 titulares. Los blancos son, en cambio, el 8% de la población sudafricana. Los modelos «blanquísimos» de Trump, Johnson, Bolsonaro… imperan en consejos de administración, anuncios, reclamos propagandísticos, telenovelas… Es el modelo, el que va a consumir en consonancia con la sociedad que marca el dinero.

Lo paradójico de la cuestión reside en el hecho que los de piel blanca fueron los últimos en llegar a cualquier punto del planeta. A Europa hace unos miles de años, donde por cuestiones de clima su piel adoleció de melanina y se fue aclarando. Dentro de los humanos, el 0,1% de diferencia que hay entre los individuos corresponde al ecotipo, el color de la piel y el tipo de pelo. La existencia de ecotipos es únicamente el 10% de la divergencia humana. El 90% restante corresponde a divergencias internas dentro de un mismo ecotipo.

En esta reflexión innecesaria, habría que añadir que la divergencia genética humana entre ecotipos es prácticamente inexistente si la comparamos con especies cercanas. Así, por ejemplo, el chimpancé, que vive en la orilla derecha del río Congo, tiene una variación genética tres veces mayor que el sapiens, con respecto al que vive en su orilla izquierda. ¿De qué hablan pues quienes azuzan la supremacía blanca? De dinero y de poder.

Así ha sido en los últimos siglos, en una crónica que tiene su punto de inflexión en el periodo liderado por Hitler en la Europa de mitad del siglo XX. Las propuestas excluyentes, supremacistas, tuvieron entonces mimbres parecidos a los que otras religiones, reinados o imperios habían expandido por el planeta: el pueblo/monarca/emperador «elegido» por cualquiera de los dioses con los que la élite económica o cultural ha justificado tradicionalmente su dominio.

En Bolivia, como en otros puntos del planeta, entre ellos Israel, Perú, Guatemala, México, etc., he conocido blancos, intelectualmente de izquierdas, que han sucumbido al hecho supremacista. La tentación es enorme, el abismo entre un ecotipo y el otro abisal. No hay nada más fácil que dejarse arrastrar por la corriente, cuando es favorable y cuando nos mantiene el estado de confort.

Esos mismos «progres» de salón, los que en Francia son conocidos como la «gauche caviar», los tenemos incrustados también en casa. Construyendo fábulas históricas sobre nuestro pasado antiesclavista, sobre nuestra solidaridad en la conquista, sobre nuestra cauterización a los males que aquejan a las sociedades modernas europeas. En todos los sitios cuecen habas.

El golpe de Estado en Bolivia es una mala noticia porque reproduce otros anteriores cuyos resultados represivos fueron tremendos. Pero también porque en esta ocasión, la «humillación» supuestamente sufrida por los supremacistas blancos durante los 14 años de gobierno del MAS-IPSP va a tener su vuelta. La venganza. Los aprendices de Hitler se convertirán en maestros y la humanidad retrocederá nuevamente un buen puñado de años.

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