Historiador
La balada de Narayama

Me sorprende que, a estas alturas, el Gobierno cesarista de Gasteiz siga empleando el viejo axioma de Bush, Aznar o Trump: «o estás conmigo o estás contra mí»

2020/01/25

A hora que he cruzado la línea en la que el cabello ya se me ha encanecido, que en las tiendas me llaman señor y que en alguna contada ocasión me ceden el paso, como si al margen de mayor fuera inválido, me sorprende la ligereza con la que la sociedad elitista nos trata. Llega una edad en la que sobramos, más allá de las referencias típicas y tópicas que atraviesan sociedades y épocas.

Hace unas semanas, un coche de policías de paisano hizo detrás del mío una maniobra irregular para adelantarme desde un carril de línea continua. Le bloqueé el paso, con el enfado consiguiente del conductor que dejó el coche en medio de la carretera y se dirigió hacia el mío con aire de irritación. Me miró por la ventana y su rostro reflejó decepción. Llegaba con ganas de bronca. Dudó un segundo y me gritó: «Encima de viejo, gilipollas». Volvió a su vehículo y voló hacia un destino cercano, probablemente a una urgencia.

La vejez es considerada como una enfermedad y sus protagonistas, tratados como tales. Me sorprende también que, junto a esa constatación, extendida en las sociedades capitalistas, esta cuestión lleve anexas otras naturalezas, entre ellas la suposición de sordera, o imbecilidad. A los mayores nos hablan con un tono más alto del habitual. Y nos repiten las palabras con cadencia caribeña, como si el silabear ayudara a que llegáramos al fondo del asunto. Nos miden con un imaginario comprensímetro.

En el Primer Mundo se adaptaron sinónimos como «tercera edad» y más recientemente, en algunos países de habla hispana, el de «adultos mayores», hombres y mujeres a partir de los 60 años de edad. La tendencia es desligar a la mayoría de la población «adulta mayor» de la vorágine vital, por eso de que su fecha de caducidad estadísticamente se acerca. Con las excepciones que conocemos, entre directores de bancos o viejos que tienen tanto dinero acaparado que lo gastan a espuertas. Para ellos, la vejez como paraíso en el que disfrutar todos los crímenes que cometieron antes.

En esta línea consumista, los mayores quedamos fuera de las prioridades. De las prioridades consumistas, me refiero. En primer lugar, porque el poder adquisitivo del pensionista, de las viudas, de los viejos, es mínimo. Y, como tal, es un consumismo de supervivencia. La subida de un porcentaje más digno en las pensiones no va a provocar la venta de más coches, ni de viajes a Hawai, ni transacciones superiores de smartphone de enésima generación. La subida digna de pensiones estimularía una recolocación de dietas alimenticias o la renovación del entorno. Algo insignificante para los balances mundiales del expolio humano.

Y por ello, los voceros de estas instituciones que nos gobiernan desde la sombra, desde escaparates empresariales o desde púlpitos mediáticos, se oponen a esas mejoras humanas que harían la vida de los pensionistas un poco más llevadera. Porque sus réditos serían nimios en comparación con los que ofrecen inversiones en carreteras, compra-venta de armas, incineradoras contaminantes, aeropuertos vacíos o expansión del cemento para abortar la tierra.

Es sintomática la prepotencia con la que diversos actores institucionales, enrocados en el apoyo a los presupuestos del Gobierno autonómico de Gasteiz para 2020, tratan las justas reivindicaciones de los pensionistas. Sus requerimientos de dignidad y sus acciones para lograr la visibilidad de las mismas. Lo hacen, además, porque cuando ellos lleguen a la edad jubilada, sus estipendios se saldrán de la norma. Para eso coparon las cimas.

Me sorprende que, a estas alturas, el Gobierno cesarista de Gasteiz siga empleando el viejo axioma de Bush, Aznar o Trump: «o estás conmigo o estás contra mí», como si la cotidianeidad fuera en blanco y negro. Me llama la atención, y lo digo porque en las movilizaciones he compartido recorrido con compañeras y compañeros cuya diferencia ideológica en las últimas décadas ha sido tan notoria que aún me asombra prorratear tablado con ellos.

Pero así es. Y, sin embargo, el César gasteiztarra los introduce de una frase en el saco criminalizado de la izquierda abertzale. Con dos objetivos. Lograr que el sarpullido les haga huir de los apestados, de los condenados a ser agotes en la política. O-y que aquello que tenga que ver con las pensiones sea considerado subversivo, cuando no terrorista. ¡Qué poca humanidad entre diversos líderes políticos, y cuánto de algoritmo matemático para justificar disparates!

Cuando a muchos de nosotros nos trajeron al mundo, un desconocido escritor japonés llamado Shichiro Fukazawa, escribía una novela que pasó desapercibida hasta que Shohei Imamura la convirtió en guion, la llevó al cine y gano la Palma de Oro en Cannes. Se llamaba ‘‘La balada de Narayama’’ y, en síntesis, trataba de una abuela abandonada en un monte llamado Narayama donde moriría de inanición. El abandono de los mayores era tradición en una comunidad sumamente pobre que no se podía permitir acoger a nuevos miembros, niños o niñas, si antes no desaparecían los mayores.

Años más tarde, oí a un espectador, en una proyección comentada, que a aquella tradición se le llamaba «senecticidio», siguiendo la referencia de la estela de otras como el «infanticidio». En nuestras comunidades actuales, al menos en las que conozco, es obvio que no podemos hablar de «senecticidio». Los recursos, propios y públicos son abundantes. Los impuestos que han gravado nuestras nóminas, los directos e indirectos, hacen posible parte de la gestión de la vejez.

Pero estos recursos, en general, están enfocados hacia escenarios pasivos. ¿Por qué no un aumento sensible de las pensiones a todos aquellos que lo necesitan? Se llenan la boca con las acciones para atajar la pobreza. Pero se olvidan que un tercio de los pensionistas viven por debajo del umbral de la pobreza, son pobres de solemnidad. Y que, entre ellos, la mayoría, muy absoluta, por cierto, son mujeres.

Vivimos en un remake de ‘‘La balada de Narayama’’. Y segundas partes nunca fueron buenas.

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