La corrupción del lenguaje

España está viviendo una hora de decadencia intelectual, y por tanto política y moral, que arrastra a la nación española a la soledad más absoluta.

2018/04/17

Alguien con personalidad significada debería poner coto a la degeneración del lenguaje que fue utilizado en plenitud creadora desde las «esferas» en que hablaban los filósofos cuando aún existía la filosofía o arte de la inteligencia. Las «esferas» como idea de «lo completo, de lo acabado, de lo perfecto, de lo pleno». Así lo define Ferrater Mora, catalán formado en la Universidad de Barcelona y «huido» de España por haber luchado en el bando republicano. Como de costumbre. En el exilio hizo la obra que hoy es indispensable en la cultura universal. Como buen catalán engarzó liberalismo personal y anarquismo amable, de los que dice: «Tanto el anarquismo como el liberalismo han subrayado la importancia del disentimiento respecto a las opiniones establecidas y el papel fundamental que desempeñan la crítica y la oposición frente a todo poder establecido y arraigado, el cual tiende a perpetuarse a sí mismo y a aplastar todo disentimiento». Decía Empédocles que la esfera es la imagen del mundo cuando el amor lo penetra enteramente. Permítanme los lectores que comience este papel con tal solemnidad, pero es que dirijo este memorial nada menos que a un ministro para que se anime a remontar su escasez intelectual y su elementalidad política. Si el ministro del Gobierno español Sr. Zoido supiera algo de estas cosas no destruiría la lengua española al hablar, en consuno con sus jueces, de los movimientos independentistas catalanes como actos «vandálicos», como «violencia terrorista», como «agresión a la ley»... Conozco el tremendismo andaluz, la volubilidad lingüística andaluza, la fragilidad andaluza para incardinar los significados más peregrinos en cualquier concepto o palabra que quiera usarse para hacer de ella no una herramienta normalizada de entendimiento sino un cascanueces adquirido quizá en cualquier economato policial.

España está viviendo una hora de decadencia intelectual, y por tanto política y moral, que arrastra a la nación española a la soledad más absoluta. Y al decir esto tengo en cuenta la nómina degradada que conduce la empequeñecida vida europea, que empuja nada menos que a la canciller de Alemania a apoyar al régimen español enfrentándose a unos jueces y unos dirigentes socialdemócratas de su país que han recuperado en cierto modo la voluntad de poner las cosas en su sitio ante la persecución sufrida por el hasta ahora presidente Puigdemont. Por cierto ¿qué harán ante esta situación los socialistas españoles frente a las voces de estos dirigentes socialistas alemanes?

Señor ministro: no se puede hablar, decentemente, de los sucesos de Catalunya empleando términos como «vandalismo», como «terrorismo», como «rebelión», como «populismo», como «amenaza»… Esos términos pertenecen a un discurso histórico muy distinto al actual y han sufrido el consiguiente desgaste, hasta el punto de invalidarlos para ser aplicados a lo que tiene un simple perfil de protesta social protagonizada por un pueblo que defiende su ansia de libertad y su decisión soberana de ser él mismo y no una provincia colonial de España. Conste que hablo como español que ha dedicado mucho tiempo a la consideración respetuosa de su lengua, que ha sido decapitada por su misma madre, la Real Academia ¡Que pájaros vuelan ahora en la venerable jaula!

Sr. ministro: hablar de actos vandálicos en Catalunya es, cuanto menos, revolvente, que equivale a «dar vuelta a la cosa entera hasta llegar al punto de donde salió». Dícese académicamente del vandalismo que «conlleva espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana» ¿Y es eso lo que ha visto usted, señor ministro, hacer a los catalanes cuando salen a la calle en pro de su República? Pues si usted ha visto eso es comprensible que se haya dado un testarazo con el juez alemán que ha liberado, al menos en parte, al Sr. Puigdemont.

Y ahora vayamos a lo de terrorismo o «sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror» o «miedo, espanto, pavor de un mal que amenaza o de un peligro que se teme (RAE)». ¿Su Guardia Civil se ha enfrentado a todo eso con el terror en la piel, cuando el valor se le supone? ¿O acaso ha visto a los seguidores de la Sra. Arrimadas atrancarse en sus hogares ante el bufido de la bestia independentista? ¿Si es terrorismo lo que protagonizan los nacionalistas catalanes qué diremos del uso de explosivos, de las embestidas brutales con vehículos, de los apuñalamientos masivos? Sr. ministro…

Rebelión... ¿Dónde están las armas o los instrumentos de combate que deben acompañar a los rebeldes para lograr la victoria? No será que usted llama rebeldes a los que expresan más o menos alborotadamente su voluntad de libertad y leyes propias. Sr. Zoido, la rebelión fue un delito decimonónico para incriminar a militares levantiscos o reducir la guerrilla en las colonias. Rebelde era Franco, por ejemplo. O la Guardia Civil del 23F. Rebeldes eran los pueblos que luchaban en Africa para liberarse de la esclavitud colonial. Sr. ministro, no hay rebeldes de ese tipo en Catalunya. Tirar una piedra a un guardia que perseguía a los manifestantes con armas contundentes no vale la solemnidad de un alto tribunal y una condena extraordinaria, a no ser que hablemos de una venganza deleznable por su perfil y su antigüedad. El juez alemán lo vio así.

¿Y qué me dice usted, Sr. ministro, de la incriminación política por sabotajes? ¿Pueden merecer ese nombre las sentadas en las vías públicas, la invalidación de una cabina de pago en cualquier autopista, la quema de unos neumáticos, cosas que puede resolver la guardia municipal? ¿Merece eso que se encargue a un magistrado del Tribunal Supremo la apertura solemne de un proceso con resultados que quedarán en los anales negros de la historia? ¿Pero qué clase de gobierno tiene España? ¡Hasta dónde ha destruido la política y tantas instituciones ese gobierno! El Sr. Rajoy y otra vez la derecha española han reconducido a esta nación a límites de los que no queda ni calendario. Unos límites apropiados para que ese peruano saltimbanqui, el Sr. Vargas Llosa, resuelva constituirse en líder de la inteligencia española con frases como la que reproduzco: «Si el nacionalismo puede construirse también se puede desmontar». Así de simple. Hablo de un Premio Nobel.

Sr. Zoido, ante este panorama me creo validado para usar también el lenguaje a mi manera. Creo que muchos españoles estamos esposados a la barbarie de ese lenguaje hecho tiras y empleado con plena ajenidad de sentido. Yo diría, por tanto, que nos encontramos ante una realidad teratológica, esto es, monstruosa, anormal, deforme. Me permitirá por tanto, Sr. Zoilo, que tire una piedra al gobierno al que usted pertenece. Acepto que después ustedes me procesen por rebelión, terrorismo y aún por malversación si no demuestro que esa piedra la he pagado con mi pensión de jubilado.

Estoy con la Santa: «Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero». Sé que estoy haciendo populismo, al que el Sr. Cebrián se refirió en Perú y en acto empresarial solemne como «esa lacra que opera en los países democráticos y occidentales desde hace muchos años. Catalunya –concluyó el académico de la Real Academia y huido del lenguaje– es un ejemplo de populismo formidable». Leí, volví a leer y acudí al diccionario: «Populismo.– Perteneciente o relativo al pueblo». El Sr. Cebrián debió confundirse con populacho, que es «lo último de la plebe». Pero del Sr. Cebrián hablaremos otro día. Uno es un viejo débil y no puede con tantas cosas a la vez.

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