Historiador
La doble moral

Oficialmente, miles de hombres y mujeres vascos han sido torturados. Lo señala incluso un estudio que lleva el membrete del Gobierno de Gasteiz. Pero en la práctica lo siguen negando.

2020/09/19

Creo que fue en el documental “Farenheit 9/11” que el director norteamericano Michael Moore interpelaba en Washington a varios senadores del lobby de la guerra sobre el futuro de sus hijos. Con una pregunta que, más o menos, decía: «¿Se han alistado sus hijos en el Ejército y han viajado a Irak para luchar contra el eje del mal?». De familias acomodadas, los beligerantes y guerreros senadores eran halcones, pero en casa ajena. Nadie tenía al hijo en la guerra.

Más recientemente y en su opúsculo sobre la pandemia, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dedicaba unos párrafos a esos modernos negacionistas del cambio climático que, para cuando los mares anegaran sus casas costeras, ya habían comprado terrenos y villas en las montañas de Nueva Zelanda. Recordaba, asimismo, otro ejemplo palmario. Cuando la explosión de uno de los reactores de la central nuclear de Chernóbil, la propaganda soviética negó la importancia del accidente, mientras que muchos de los mandatarios huían a cientos de kilómetros de la zona 0.

La doble moral, el doble rasero, es un ejercicio especialmente intenso en la política diaria. Como dijo algún tertuliano en cierta ocasión, es esa cuestión en la que el villano parece convertirse en una buena persona. Un lavado de modernidad democrática para buena parte de quienes un día sí y otro también son capaces de rodearse de una aureola empática sin ser acreedores de ella.

Los franceses, o mejor en la lengua de Molière, tienen una expresión medieval para atinar en el concepto: «deux poids, deux mesures», lo que revela la parcialidad a la hora de juzgar hechos análogos. Una definición que quizás se escapa del sentido que quiero dar a este artículo. Porque los «dos pesos, dos medidas» se refieren a las diferentes unidades medievales que se utilizaban según territorios y que daban lugar a fraudes y estafas. Para que se me entienda, la vara era una medida habitual de longitud. La estándar española se oficializó en 1852, pero hasta entonces la castellana media 835 milímetros y la navarra 785 (el tamaño importaba). Me refiero, a través de esta líneas, a la hipocresía que subyace en eso que los anglosajones llaman «double standard».

Cuando encontramos, en setiembre de 2016, a Felipe González entre los invitados de Cartagena de Indias (Colombia) alabando la firma del tratado de paz entre las FARC y el Gobierno de Juan Manuel Santos y luego le oímos decir que «siempre tiene más beneficios construir la paz que hacer la guerra» supimos que era un ejercicio supino de hipocresía. Doble moral vista su posición unos meses después y otros antes en el proceso unilateral de desarme de ETA que concluyó en abril de 2017 y que, podía haber sido, de no ser por sus zancadillas y otras sonoras, un proceso de paz en Euskal Herria.

Similar sensación me deja el hoy encumbrado defensor de los derechos humanos, el antiguo magistrado de la Audiencia Nacional llamado Baltasar Garzón. Decenas de detenidos pasaron por su despacho antes de ingresar en prisión o quedar en libertad, machacados, arrastrados como náufragos supervivientes de un siniestro marítimo. Al televisivo Jordi Évole, en ese programa de preguntas concertadas, le dijo en 2016 que jamás ningún detenido le había referido torturas. Una rotunda mentira de alguien que defendía un protocolo apodado con su nombre, jamás puesto en práctica, para grabar las detenciones y supuestamente evitar los malos tratos.

Doble moral fue la de Mariano Rajoy asistiendo al funeral de Nelson Mandela, y elogiando su trayectoria política. También las afirmaciones democráticas del borbón Juan Carlos que, a las primeras de cambio, huye con un enorme botín a un asteroide perteneciente a los sátrapas del petróleo. Doble moral es la de los curas pederastas que platican de la infancia en términos religiosos, la de los macho-man que en público conferencian sobre la igualdad de género, la de los patriotas hispanos, franceses o vascos que elevan el tono ante “la Marsellesa”, el txun-da-txun-da o el “Gora eta Gora”, y esconden su retaguardia en cuevas isleñas, Vírgenes, Bermudas o Caimán.

Doble rasero, junto a una efigie de mármol, es el que tienen los dirigentes jeltzales que copan los informativos autonómicos, significándose en esa que dicen cruzada por los derechos humanos. En particular con su andanada contra la llamada ley mordaza, en vigor desde el verano de 2015, aplicada por la Policía que hasta hace bien poco dirigía la ingeniera agrícola alavesa Estefanía Beltrán de Heredia. A pesar de su afiliación (PNV), la citada, como máximo responsable de la Ertzaintza, tiene en su haber esas más de 50.000 ejecuciones de la ley mordaza (la mitad en medio de la pandemia).

Me vinieron a la memoria estos y otros litigios sobre la doble moral a raíz de la querella dirigida desde la caverna con relación a la campaña publicitaria de HBO para promocionar el inminente estreno de la serie “Patria”, a la que el Zinemaldi de Donostia ha dado su máximo espacio, el de la Sección Oficial.

Como recordarán, la cadena norteamericana soportada por Warner ha dado marcha atrás en ese cartel que se presumía publicitaría los ocho capítulos de la serie. Y ha dado marcha atrás porque en el mismo aparecía implícitamente una escena de tortura. Una campaña devastadora para evitar que en las avenidas, que en las televisiones, tuvieran presencia los sistémicos malos tratos de la democracia española. HBO se la envainó para evitar el boicot que ya anunciaba, como diría Antonio Machado, la España de charanga y pandereta, devota de Frascuelo y de María.

La tortura es el paradigma de la doble moral. Oficialmente, miles de hombres y mujeres vascos han sido torturados. Lo señala incluso un estudio que lleva el membrete del Gobierno de Gasteiz. Pero en la práctica lo siguen negando esos agentes que se hinchan a poner multas, amparados en la Ley Mordaza, entre otros. Hasta una empresa cuya sede central está al otro lado del Atlántico, ha tenido que recular y sumarse a la hipocresía general.