Raúl Zibechi
Periodista

La estrategia de la asfixia

Sabemos que ciertas especies animales asfixian a sus víctimas, muy lentamente, para matarlas y luego devorarlas. La actual estrategia del Pentágono para derribar al gobierno de Nicolás Maduro parece seguir una lógica similar. Hasta ahora, los gobiernos de Estados Unidos promovían «revoluciones de color» o golpes de Estado para conseguir derribar regímenes que no les resultaban afines. Pero con la nueva realidad multipolar, esta vieja estrategia no estaría funcionando, como ha sugerido estos días Yanis Varoufakis.

En Siria, Estados Unidos logró acabar con el régimen de Bashar al Asad luego de una larga década de desgaste por hostigamiento, con la inestimable ayuda de Israel y de varios países árabes aliados. Luego del largo y extenuante desgaste, la caída suele precipitarse en muy poco tiempo, como efectivamente sucedió en Siria, cuando todos los soportes del régimen estaban desgastados.

En el caso de Venezuela, el despliegue de la flota estadounidense en el Caribe, el ataque a supuestas narco lanchas y más recientemente el secuestro de petroleros en aguas internacionales pretenden crear una situación caótica, paralizar la economía con la esperanza de que un sector de la población o de las fuerzas armadas se levanten, brindando una excusa perfecta para la intervención militar directa. 

Me parece evidente que Estados Unidos no quiere pagar los costos políticos, militares y económicos de una invasión en toda regla, tanto por la precaria situación interna (por momentos al borde de una guerra civil), como por la relación de fuerzas a escala planetaria, toda vez que la decadencia de la dominación unilateral es cada vez más evidente tanto para sus adversarios como para sus aliados.

La debilidad estratégica de Estados Unidos es un dato mayor que no debemos obviar. Menos aún dejarnos impresionar por la perorata neo imperialista de Trump, que en realidad encubre la tremenda impotencia imperial que le impide empantanarse en un largo conflicto militar.

Creo que la estrategia de la asfixia puede provocar tal nivel de desesperación en la población, que acabaría sometida a situaciones extremas de desabastecimiento y de sobrevivencia, que se la puede tildar como un modo criminal de acción política, cercano al genocidio. Sin embargo, esta es la carta principal que presentan hasta el momento.

Llegados a este punto, para evaluar lo que puede suceder en las próximas semanas y meses, conviene hacer un esfuerzo para comprender las debilidades y fortalezas de cada bando en la pugna actual. Si lo hacemos, podemos echar alguna luz que nos permite intuir hacia dónde van las cosas.

Comencemos por el bando agresor, los Estados Unidos. Es muy fuerte en lo militar y mantiene una abrumadora ventaja sobre Venezuela. Es capaz de bombardear y causar enorme destrucción en la infraestructura petrolera, infligiendo daños incalculables al país, como ya ha sucedido en muchas otras ocasiones, en todo el mundo. Además, no cuenta con una oposición seria y contundente entre los demás países de la región, principalmente Brasil, que es el único que puede ofrecer una resistencia importante.

Sin embargo, hay dos cuestiones que dificultan los objetivos del Pentágono. El primero es que no puede ocupar el país, ya que algún tipo de resistencia le crearía dificultades insoportables, por la segunda razón, que ya hemos mentado. La sociedad estadounidense no puede afrontar un nuevo conflicto internacional sin agravar su ya de por sí crítica situación interna. Antes de cumplir un año en el gobierno, Trump tiene un 60% de reprobación y la tendencia a la baja no ha sido agravarse.

Pero hay un problema adicional para Washington. Necesita controlar el Caribe, su patio trasero, si no quiere sucumbir ante el imparable crecimiento geopolítico de China. Esta región, su patio trasero, fue el trampolín hacia su hegemonía global, hace ya más de un siglo. Dejar a Venezuela bajo la influencia de Rusia y China, es una clara sentencia de muerte para el imperio. Porque, además, el repliegue hacia el Occidente profundo, requiere fuertes apoyos en América Latina que aún está lejos de conseguir.

Por el lado de Venezuela, las cosas son igualmente complejas. El gobierno de Maduro es frágil por dos razones: la economía no acaba de recuperarse y encontrar una senda ascendente, el mercado interno ha crecido, pero sigue siendo un punto flojo y las exportaciones de petróleo parecen estar amenazadas por el cerco actual de Trump. Pero lo principal, es que Maduro tiene un reducido apoyo popular, mientras la oposición mantiene fuerza latente aunque no organizada.

Tengo claro que muchos compañeros están convencidos de que el pueblo venezolano apoya macizamente a su gobierno. Pero los datos fríos no avalan esa apreciación y sería un grave error confundirnos en este aspecto. Sin embargo, es probable que la agresión que sufre Venezuela provoque reacciones de respaldo a la soberanía nacional, algo que es tan deseable como posible.

De todos modos, el gobierno venezolano tiene un fuerte apoyo entre las fuerzas armadas que, de hecho, son un actor central desde el primer gobierno de Hugo Chávez hace ya 25 años. Aunque la desigualdad militar entre Estados Unidos y Venezuela es notoria, el apoyo militar que recibe de Rusia con el despliegue del sistema de misiles S-300, uno de los más avanzados del mundo, debería hacer dudar a los estrategas del Pentágono a la hora de utilizar la fuerza aérea como arma ofensiva.

En paralelo, el apoyo económico de China, el respaldo de Irán en varios campos (desde el petrolero hasta el militar) y la presencia de personal cubano en la protección del presidente y en la inteligencia, no hacen sino fortalecer las capacidades defensivas de Venezuela. En la guerra, siempre tiene ventaja el que se defiende sobre quien ataca. 

Como puede verse, no creo que existan tendencias definitivas en este momento. Si tuviera que apostar, diría que Estados Unidos va a continuar priorizando su política de asfixia antes que una intervención militar de azaroso resultado. 

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