Antonio Alvarez-Solís
Periodista

La señora Merkel ve más claro

La Sra. Merkel ha descorrido al fin y de par en par la cortina que protegía hasta ahora algo semivelado, semioculto y de escasa concreción geográfica: que la tasa de desempleo juvenil en la sociedad europea está ya entre el 30 y el 40%, Alemania incluida. Y ha rematado este gesto, tan poco propicio para los gobiernos de la Unión, con una determinación, al fin, alemana: «Europa no es ahora mismo una tierra de futuro para los jóvenes».

Más aún, la canciller debe tener el agua por la rodilla cuando ha añadido que a pesar de la creación de puestos de trabajo merced al proceso digital han de «atraerse inversiones en industrias tradicionales como el automóvil, la química o el transporte para generar nuevos empleos, principalmente referidos a la juventud». Según el consejero delegado de Vodafone, que asistía a la reunión en que habló la canciller alemana, el próximo año se crearán novecientos mil empleos en Europa Unida, gran parte de ellos en el área digital, pero la cifra total, inferior al millón, es muy reducida ante el paro existente. Incluso una gran parte de la juventud, sobre todo del sur europeo, ha llegado a la conclusión de que la nueva tecnología es destructora de empleo. Concretamente: entre un 30 y un 40% de esos muchachos creen que la revolución digital pondrá más gente en la calle. Estos datos del estudio presentado por el Sr. Colao, de Vodafone, insistió en que deben tomarse medidas urgentes para que la digitalización no sólo sea motor de crecimiento económico sino también de empleo. La situación es tan grave que la Sra. Merkel señaló que además de fomentar la economía digital hay que proteger «servicios críticos».

Por otra parte, y para espesar los tintes  negros, la Sra. Merkel subrayó que la red no puede abrirse a todos sin discriminación, como pretende el Sr. Obama. En una palabra, que la globalización hay que aceptarla cum grano salis a fin de que los más poderosos no se queden con la caja fuerte. Ante esta realidad, en la reunión del foro Digitising Europe se solicitaron ciertas medidas protectoras, como la creación de una Patente Europea Unificada. Ya hace unos días la dirigente alemana había dado un toque a la cuestión al pedir un mayor acercamiento a Rusia, que al fin y al cabo es Europa, mientras no lo es la potencia americana. Quizá cavile la Sra. Merkel que puede llegar un día en que los europeos habremos de hacer frente a Washington, empeñada en abrir frentes exteriores aunque no sea más que por amortizar sus cuestiones internas. Maquiavelo sigue vivo y a la Sra. Merkel se le va acabando el campo de juego y el templar gaitas.


De todos estos datos, con sus explicaciones correspondientes, parecen desprenderse dos conclusiones terminantes: que no puede liberalizarse hasta el fondo la red y sus consecuencias porque algo así robustecería la dictadura del Imperio, al que no deben regalarse conocimientos, y que el desarrollo tecnológico no provoca mecánicamente el crecimiento del empleo. Incluso se produce el efecto contrario. Ergo, la digitalización, interpretada imperialistamente, no significa per se mejora social, ni mucho menos, para la masa trabajadora. En torno a esto que digo hay que tener en cuenta que hasta una mejora tan evidente para la industria como fue la producción en cadena del fordismo en su día produjo graves problemas de paro, aunque se tratara de una mejoría de la economía real clásica puesto que aparejó el crecimiento en mancha de aceite de una sociedad que fue capaz de multiplicar el consumo, ayudada, claro está, por un ambiente prebélico, aunque se ha descubierto por los actuales hierofantes que un estado permanente de preparación para la guerra da más dinero que la guerra misma. Ahora parece que estamos triscando por ese paisaje.


Hablemos de ese «ahora». La digitalización constituiría un aporte magnífico a la sociedad, incluyendo los países emergentes, si las redes no estuvieran profundamente controladas por unas minorías superpoderosas. En un mundo donde únicamente puede producir resurrecciones sociales la pequeña y mediana empresa, proteger a este tipo de productoras de economía real, rearmándolas con lo digital, resulta una necesidad permanente. Esto es, una digitalización socializada rendiría unos frutos que no puede producir una digitalización que simplemente está extendida, pero no socializada. Con esta confusión de términos juega el actual capitalismo o más bien neocapitalismo. Socializar implica una igualdad en el acceso a algo beneficioso para el colectivo social, mientras extender es un verbo que compromete solamente dimensiones físicas o mecánicas sin especificar bajo qué dominio están esas extensiones. Confundir términos como los que acabo de citar oscurecen la diferencia entre el autoritarismo del capitalismo clásico y el fascismo del neocapitalismo. En cierto modo pasa algo parecido cuando se confunde el crecimiento del empleo en el marco de la economía digital con el concepto de crecimiento general del empleo. Lo cierto es que el abuso de lo digital en cuanto a su modo de utilizarlo está generando un desempleo ya convertido en daño estructural.


El problema que tiene ante sí el mundo que vivimos es muy claro de plantear: o más capital agregado o más empleo universalizado. El primer supuesto lleva, ya teóricamente, a la construcción de gigantes empresariales muy piramidalizados, mientras el supuesto número dos persigue, con una población laboral más numerosa, un consumo mayor, más difuso y más sostenible. Añadamos que, hoy por hoy, los gigantes empresariales conducen obviamente a un aumento de costes, entre ellos los de financiación, que se traduce inevitablemente en un incremento de los precios y, por tanto, dirige las ventas a un nivel social con mayor capacidad de compra. Se incrementa lo caro y mengua lo «mucho». La Sra. Merkel parece que al fin ha decidido publicar su pensamiento real sobre la economía, que en Alemania ha girado históricamente sobre una cifra prudente de grandes productores de cabecera y una pléyade de empresas medianas y pequeñas que fabrican los utensilios correspondientes para satisfacer a clientes de toda la escala social, en primer término los clientes de carácter nacional. El aparato financiero alemán parece, si mis datos son válidos, haber estado siempre al servicio de este modelo económico. En el descomedido episodio de la transformación de la economía de las cosas en economía especulativa Alemania ha sido un ejemplo, con pocas sombras que oponer, de economía social al servicio del país. Su tenaz oposición o resistencia a las políticas, tantas veces inflacionarias y desestabilizadoras del Banco Central Europeo, siempre con la vista puesta en las decisiones norteamericanas, prueba lo que digo, aunque con las debidas reservas. La Sra. Merkel quizá haya acentuado esta política encaminada al incremento del empleo por la presión de sus compañeros socialdemócratas de gobierno, pero de lo que no me cabe la menor duda es que ha cambiado su ruta de navegación. En Berlín han alzado otro muro. ¡Deutschland, Deutschland über alles!


Lo que no me explico, dado el camino alemán, cada vez más orientado hacia una fórmula de espíritu nacionalista, es que países como España se inclinen tercamente por el dictado americano, es decir, por un seguimiento del imperio. A no ser que los protagonistas de la política española traten de resguardar su futuro bajo el paraguas de los grandes organismos internacionales, aún en manos americanas. Vender la patria es ahora un negocio frecuente. Pero al llegar aquí me doy cuenta que estoy entrando en un camino que no tiene nada que ver con la economía.

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