Antonio Alvarez-Solís
Periodista

La tercera gran guerra

La tercera gran guerra, «la de la destrucción masiva», se estaría gestando en estos tiempos de austericidios. El autor afirma que, de continuar por el actual camino, se llegará al desastre, porque hoy en día, «el fascismo está guiado por la mano ciega por el oro» de la canciller alemana, Sra. Merkel.

Si no se frena a Alemania el mundo andará hacia una tercera gran guerra, la de la destrucción masiva. Si no se detiene el imperialismo merkeliano, el átomo dejará a Europa convertida en un museo de ruinas. La Sra. Merkel, con una soberbia que afecta profundamente a su visión política, va a conseguir dos cosas: prolongar el herido capitalismo norteamericano y entregar los restos de la democracia a las grandes corporaciones que hoy constituyen el poder real en el marco de la globalización. Conste que estas afirmaciones que suscribo, como no, con un salutífero radicalismo democrático, no brotan de una especulación en el vacío sino de un doloroso convencimiento ante el paisaje. La guerra está ahí y habla inglés y alemán.

Y frente a esa constatación fácil de hacer no se cuenta ahora con una Francia decidida a la resistencia, con una Inglaterra de la sangre, el sudor y las lágrimas, con una Checoslovaquia capaz de armar su frontera, ni con una Unión Soviética capaz de levantar un muro de sangre con sus muertos en combate. Esta vez Alemania no tiene fusiles apuntándole en la retaguardia, porque esa retaguardia ha entregado las riendas europeas a Berlín. Incluso España, como si resucitase lo simbólico, vuelve a estar entregada a un neofranquismo colaboracionista con aquellos que con sus bombarderos dieron muerte a miles de españoles legítimamente fieles a la República constitucional. Yo solicitaría a los entregados a la política de Madrid –que históricamente está agusanada por la reacción– que mediten datos como el que he rescatado del olvido a fin de que los ciudadanos honrados sepan con quien están jugando la partida. Quien no quiera ver así la realidad que sumariamente describo está entregando sus hijos al frío delirio germano y a la tenaz inverecundia norteamericana. Esta vez anudadas ambas manifestaciones con un lazo.

La Sra. Merkel ha decidido salir a la calle con bigote recortado –símbolo de la amenazadora austeridad barroca– y la bandera solar de combate. La espléndida inteligencia alemana del siglo XVIII se consumirá otra vez en las cenizas en un nuevo incendio del Reichstag, pero esta vez sin comunistas a quien cargar el crimen. Alemania no se detiene jamás hasta hundirse en las engañosas aguas de los lagos masurianos. Lástima que un pueblo tan cultivado de letra no sepa leer de izquierda a derecha el libro de la historia y complique la vida a los que, como los españoles, no sabemos leer.

Sra. Merkel: usted está preparando un desastre en el que de nuevo perecerá su pueblo y quienes han decidido colaborar en la liquidación final de la democracia burguesa, cuyos sucesores, los neocapitalistas, cometerán todos los crímenes morales y económicos que sean menester para vender caro el pan a los espoliados griegos. Que hoy andamos en eso. El fascismo, Sra. Merkel, está guiado hoy por su mano ciega por el oro. Y frente a esa mano no hay un Chamberlain claudicante sino veinte Chamberlain.

Lo peor de todo este trance, en que los vencedores pronuncian todos los días el «¡Ay, de los vencidos!» de Brennus el galo, es que dirigentes robotizados para el protagonismo de la represión europea procederán a dictar el acabamiento de los adversarios sin proceder siquiera a leer su código de rayas. Usted, que como alemana instruida en el este rojo seguro que estudió debidamente la historia, sabe que la doctrina de acabar con todo lo que se mueve viene funcionando con mucha eficacia en tierras europeas desde siglos como el XII y el XIII, en que un arzobispo, Foulque de Marsella, que podría parecerse de alguna manera a los cínicos hijos de la democracia cristiana actual, ordenó al soez Simón de Montfort que consumiese en la hoguera todo ser vivo en la toma de Montsegur, fuera hereje cátaro o fiel católico, porque «Dios ya se encargaría después de distinguir a los suyos». Así acabó aquel culto brote provenzal de «los homes de be».

Hago la cita que antecede no por sobredorar un párrafo, lo que sería ridículo por absurdo, ya que como decía Tomás Moro «el anacronismo es uno de los pecados capitales del historiador», cosa, además, que no soy sino de urgencia. Repito que he traído a la memoria este suceso bélico por pasmarme la duración de estos vicios doctrinales, el de acabar con todo lo que se mueva a lo largo de los tiempos, por ejemplo, como acontece entre los poderosos del Sistema actual. No sé por qué la Sra. Merkel me recuerda al caballero de Montfort. Señor ¿por qué has dejado que perdure esa raíz en que ahora ha rebrotado la democracia cristiana, que mira tórrida a Grecia, a la que quedan sólo las tres uvas de Lázaro ¿Por qué? Ahí tienes, Señor, las consecuencias: Angela Merkel, el ángel malo, y José María Aznar, Mariano Rajoy and Co., los ángeles negros. Y sólo hablo de los que hoy tocan, ya que el infierno de los mercados está empedrado con la deuda de los inversores.

Lo que más me preocupa como hombre de la calle no es siquiera la cola ante la oficina de paro, con dolerme profundamente, sino quienes, desde la acera de la connivencia, ríen irónicamente de los que buscan un hueco en el miserable mundo del trabajo actual. Me preocupan los ricos de pobreza que burlan de la inopia de los pobres en la miseria ¿Y qué creen que les sucederá a muchos de ellos cuando acaben de dictar en un estúpido email su urgente lección de economía sintética? Lo que pide justicia rotunda, al menos justicia moral desde la calle, es la complicidad de esos sobrevenidos con aquellos que forman las legiones del imperio, porque estos prestan un servicio al amo desde su alma taciturna, pero los otros no son más que irrisorios desertores. Esto es lo que mueve mi rechazo, que pongo en colectividad sana, a los que aplauden el triunfo armado de la razón perversa, como si ellos ganaran así el derecho escaso a la sotana del diácono.

Uno de los peores perfiles de nuestro tiempo es ese que dimana de la pérdida de calidad moral, de la renuncia a la grandeza para ser ejemplar o ser maldito. Es el perfil del pragmático, del que sólo cree en aquello que puede medirse con la balanza de las cotizaciones, aunque para que funcione esa balanza haya que ayudarla con el necesario contrapeso insidioso. Es el perfil imposible de los que se muestran de espalda. De los que se quedan en snobs al tener por imposible la nobleza. Es un perfil borroso y maloliente. He vivido muy de cerca a esos individuos que se caracterizan por dar un titular al periodista y un puntapié a la razón. A veces, cuando oigo a los que gobiernan para el Imperio, siento el deseo vehemente no de cerrarles la boca desdentada sino de tapar los oídos de aquellos que los escuchan con la secreta duda de estar vendiendo el alma. Pero a la libertad, a la justicia y a la democracia se llega a través de la tormenta, de la que hay que escuchar sus truenos. La cuestión consiste en manejar con decisión el paraguas.

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