Jesus Perez de Viñaspre Churruca

La violencia de la indiferencia. Treviño y su abandono silencioso

Treviño encarna como pocos lugares los efectos de una indiferencia institucional que, con el paso del tiempo, se ha vuelto casi invisible. Lo que comenzó siendo una anomalía administrativa se ha transformado en una herida cotidiana para quienes viven allí, atrapados entre necesidades urgentes y una política que evita mirar de frente. En un momento en que los debates territoriales parecen haber sido desplazados por otras prioridades, el enclave sigue esperando respuestas que nunca llegan, sumido en un abandono silencioso que no hace ruido, pero que pesa cada día.

Durante años, la política vasca ha ido desplazando ciertos debates hacia los márgenes, casi sin darse cuenta. La territorialidad, que en otros tiempos ocupó un lugar central en la conversación pública, se ha ido diluyendo entre las urgencias de la vida contemporánea: la vivienda, la precariedad laboral, la transición energética, la digitalización, la salud mental. Son temas inaplazables, sin duda, pero su irrupción constante en la agenda ha generado un efecto colateral: la sensación de que los debates identitarios, históricos o territoriales pertenecen a un pasado superado, a un tiempo en el que la política se articulaba de otra manera. En ese clima, el caso de Treviño ha quedado relegado a un rincón oscuro de la memoria colectiva, como si fuera un asunto menor, un residuo administrativo sin relevancia real. Y, sin embargo, para quienes viven allí, ese olvido no es una abstracción: es una experiencia cotidiana, una herida abierta que no deja de supurar.

El abandono de Treviño no es solo administrativo; es también emocional, simbólico y político. La población del enclave vive en una especie de limbo institucional que se ha “normalizado” con el paso de las décadas. Se ha convertido en un paisaje tan habitual que ya casi no se mira. Pero la “normalización” del problema no implica su resolución. Al contrario, lo agrava. Porque cuando un conflicto se vuelve invisible, cuando deja de generar titulares, cuando ya no aparece en los discursos de campaña ni en los programas electorales, lo que realmente ocurre es que se desactiva la responsabilidad política. Y sin responsabilidad política, no hay transformación posible.

La gente que vive en Treviño lo sabe bien. Sabe que su situación no es prioritaria para nadie. Sabe que su realidad no encaja en los marcos administrativos vigentes, pero tampoco en las prioridades de los gobiernos que podrían impulsar un cambio. Sabe que, cada vez que se menciona el enclave en una tertulia o en un debate parlamentario, es casi siempre como un ejemplo anecdótico, como una rareza histórica, como un caso curioso que sirve para ilustrar la complejidad territorial del Estado. Pero rara vez se habla de Treviño como lo que realmente es: un territorio habitado, con necesidades concretas, con una población que sufre las consecuencias de una anomalía que no ha elegido.

Ese sufrimiento adopta formas muy concretas. Está la frustración de depender de servicios que no siempre responden a la lógica geográfica de la vida cotidiana. Está la sensación de aislamiento cuando las instituciones que deberían velar por el bienestar de la población están lejos, física y simbólicamente. Está la impotencia de ver cómo las decisiones que afectan al día a día se toman en despachos que no conocen la realidad del enclave. Y está, sobre todo, la herida de sentirse olvidados: de comprobar, año tras año, que su situación no aparece en la agenda política salvo en momentos puntuales, casi siempre vinculados a tensiones identitarias más amplias.

Ese olvido duele. Duele porque transmite un mensaje claro: que la vida en Treviño importa menos. Que su bienestar puede esperar. Que su integración funcional en Álava —que es evidente en lo económico, en lo social, en lo sanitario, en lo educativo— no es suficiente para que las instituciones se atrevan a abordar el problema de fondo. Y duele también porque, cuando se escucha decir que “los temas identitarios ya no interesan”, lo que realmente se está diciendo es que la situación de Treviño no merece atención. Como si la identidad fuera un capricho, un lujo, un debate prescindible. Pero para quienes viven en un territorio cuya adscripción administrativa contradice su realidad cotidiana, la identidad no es un debate abstracto: es una cuestión de derechos, de reconocimiento, de dignidad.

La política, sin embargo, parece haber renunciado a mirar hacia allí. No porque no conozca el problema, sino porque no quiere abrir un melón que considera incómodo. En un contexto en el que la estabilidad institucional se valora por encima de casi todo, Treviño se percibe como un asunto que puede generar fricciones, tensiones o reclamaciones que nadie quiere gestionar. Y así, el enclave queda atrapado en una especie de congelación histórica: ni se integra plenamente en Álava, ni se adapta su administración a la realidad social, ni se abre un proceso participativo que permita a la población decidir su futuro. Todo permanece igual, no porque funcione, sino porque cambiarlo exige voluntad política, y esa voluntad no aparece.

El resultado es un abandono silencioso. No es un abandono escandaloso, visible, dramático. Es un abandono sutil, casi burocrático, que se manifiesta en la falta de avances, en la ausencia de debate, en la repetición de excusas técnicas, en la sensación de que el tiempo pasa pero nada se mueve. Es un abandono que se disfraza de prudencia, de estabilidad, de “no es el momento”. Pero para quienes viven allí, el momento nunca llega. Y esa espera indefinida se convierte en una forma de violencia institucional: la violencia de la indiferencia.

Treviño es, en este sentido, un espejo incómodo. Muestra hasta qué punto la política puede olvidar a una comunidad cuando no encaja en sus prioridades. Muestra cómo los discursos sobre bienestar, progreso o modernización pueden dejar fuera a quienes viven en situaciones que no se ajustan a los marcos administrativos heredados. Muestra, también, que la territorialidad no es un debate del pasado, sino una cuestión viva, que afecta a la calidad de vida, a la identidad y al reconocimiento de miles de personas.

Quizá por eso duele tanto escuchar que “estos temas ya no importan”. Porque quienes lo dicen no ven —o no quieren ver— que detrás de Treviño hay una comunidad que sigue esperando. Que sigue reclamando ser escuchada. Que sigue viviendo en un territorio que, por razones históricas, políticas y administrativas, ha quedado atrapado en un limbo que nadie se atreve a resolver. Y mientras esa espera continúe, mientras la política siga mirando hacia otro lado, el abandono seguirá creciendo, silencioso, pero profundo, como una grieta que se ensancha con el tiempo.

Treviño no es un asunto menor ni un vestigio incómodo del pasado. Es una herida abierta en el mapa político y humano del país, un recordatorio de lo que ocurre cuando una comunidad queda fuera del campo de visión de quienes deciden. Mientras no se reconozca la profundidad de ese abandono, mientras no recupere un lugar legítimo en la agenda pública y mientras no se escuche de verdad a quienes viven allí, el enclave seguirá simbolizando la violencia silenciosa de la indiferencia. Y esa indiferencia, si no se enfrenta, continuará ensanchando la distancia entre la política y la vida real, dejando a Treviño —y a quienes lo habitan— atrapados en un limbo que nadie debería considerar aceptable. 

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