Las ganas de algunos por que se vuelva al puesto de trabajo
¿De verdad pensamos que volver a la rutina –rutina económica– nos va a salvar de un bicho al que no le hemos visto la cara ni sabemos cómo se comporta?
El masculino no es casual: las ganas de algunos por que se vuelva a trabajar solo obedecen al interés de algunos, en masculino, por hacer que la rueda siga rodando para que su particular fábrica de churros no pare. Y con ella, seguramente, su ganancia presente o futura.
Nuestro modelo productivo bebe de una ciencia reciente, la de la gestión, nacida a principios del s. XX y pensada por hombres y para hombres. Las grandes cadenas productivas nacieron ahí, y esa ciencia se centró en cómo organizar las tareas, los procesos y la optimización de los recursos. Incluidos los llamados humanos. La imagen mental que nos viene de todo aquello es una imagen en blanco y negro, con suciedad y con personas que difícilmente podrían distinguirse del mecanismo propio de la máquina. Una pieza más para que no pare la rueda. Ford y sus coches, Taylor y su taylorismo, Weber y su burocracia...
Y nuestro modelo productivo u organizativo sigue anclado ahí, aunque se haya mejorado en condiciones laborales y en prácticas de gestión y de calidad desde aquello. Solo faltaba.
No acabamos de despegarnos de lo viejuno e inhumano de aquel paradigma, no acabamos de poner a las personas y sus vidas en el centro. No acabamos de darnos cuenta de que sin sus personas y sin su voluntad de trabajar una empresa se viene abajo.
Dentro de unos días parece que se podrá volver a las empresas. Y me da la impresión de que hay un interés determinado por que se vuelva allí, al puesto mismo de trabajo, a pesar de estar viviendo una incertidumbre que no nos garantiza que vayamos y volvamos de una manera segura.
Empresas certificadísimas en Oshas, de esas que no te dejan entrar en sus instalaciones sin firmar un justificante de cómo cualquier visita conoce el plan de emergencia, por ejemplo, van a pedirle –modo ironía ON, porque aquí pedir no pide nadie, pero exigir o «tomar nota», sí– a sus hombres y mujeres trabajadoras que vayan a trabajar. «Con guantes si eso, y con mascarilla según diga el gobierno, a ver qué dice».
Las voces más oficialistas de nuestro modelo productivo –da igual el sector, industria, servicios, otros– han estado enzarzadas estos días en un debate sobre si salud o economía, ¿qué es antes? Y debería darnos vergüenza que tan siquiera surja el debate.
Quien trabaja en tu empresa tiene una vida que siente que puede peligrar. La suya, la única que tiene. Seguramente, además, tenga vidas a las que atender a su alrededor: las vidas de ama, aita, izekos, osabas… la gente que le cuidó y que le ayudó a crecer. Y seguramente tenga otras vidas más de las que también preocuparse: algún hijo, alguna hija, menores tal vez, sin eskola ni ikastola, sin recursos comunitarios para ser cuidadas porque seguirán en casa. Y seguramente tenga más vidas, más todavía, de las que estar pendiente. Así, estos días nos hemos visto preocupándonos y ocupándonos del bienestar y la salud de gente de nuestro alrededor a la que no hubiéramos citado hace unas semanas en un hipotético listado de «personas a las que atender».
Hay trabajos que se pueden hacer desde casa, compaginando aunque sea de mala manera trabajo y cuidados. ¿De verdad pensamos que volver a la rutina –rutina económica– nos va a salvar de un bicho al que no le hemos visto la cara ni sabemos cómo se comporta?
No se trata de poner en marcha el bucle infinito de «todo el mundo a trabajar para que puedan cobrar su nómina y puedan consumir, para que puedan ganar otros, para que vuelvan a trabajar, para que tengan un sueldo para que puedan consumir, para que puedan ganar otros, para que vuelvan…». Se trata de que hay vidas a las que las personas tenemos que seguir cuidando y atendiendo in situ, en casa o cerca de ella, sin desaparecer seis, ocho o más horas.
¿Alguien ha pensado en el cuerpo que se le queda a alguien tras la videollamada de la residencia o del hospital, la única del día o de la semana, para que vea a su familiar incomunicado? ¿Alguien ha pensado que esto le puede pasar estando trabajando, en su mesa, o en su máquina, o en una reunión, o mientras pica la facturación del mes, o mientras limpia la oficina de esa start-up tan moderna que le ha hecho ir a limpiar sus mesas y sus papeleras? ¿Alguien ha pensado que mucha gente no está para ir a trabajar en estas circunstancias que nos están tocando vivir? Una amiga mía diría que no tenemos el c*** para ruidos.
Y el masculino no es casual. Recomiendo escuchar menos a determinadas voces de la patronal y del statu quo económico-gubernamental, y escuchar más a autoras como la Catedrática en Economía Amaia Pérez Orozco, a la que copio la idea de propiciar «vidas que merezcan la pena ser vividas», o la autora y profesora Silvia Federici. Su libro “El patriarcado del salario” es un golpe seco en el riñón.
Las ganas de algunos por que se vuelva a trabajar a las instalaciones de la empresa pudiéndolo hacer temporalmente –un poco más- desde casa, no atienden a las necesidades que nuestra sociedad/comunidad tiene en la actualidad. Necesidades de estar pendientes, de cuidarnos, de vigilar, de sentir, de estar dispuesta para dar. Y no atienden, ni tan siquiera, a las necesidades que son propias de la salud de una. A las necesidades de tener un desplazamiento de ida y vuelta seguro y a una estancia en la empresa segura. ¿Coger el virus en el metro es un riesgo que alguien reconocerá como in itinere? Claro que no, porque nunca podrás demostrar que el coronavirus lo has cogido por ir a trabajar… Y tampoco si no te dan mascarillas, o guantes, o gel. No podrás demostrar que tu salud se ha visto afectada por ir allí.
Las ganas de algunos por que se vuelva a trabajar cuanto antes mejor no tiene en cuenta que las personas tienen memoria. A mí no se me olvidaría que quien dirige mi empresa me ha obligado a ir a trabajar con la que está cayendo, aun a costa de poner en riesgo mi salud física y mental, pudiéndome quedar en casa un poco más. Eso es para apuntar y no olvidar. Para meterlo en el termo, dejarlo calentito, porque algún día querrán que ese recurso humano que luego llamaron persona y que a veces llaman «cliente interno» en el argot de la responsabilidad social empresarial dé todo de sí, se motive y produzca a tope.
Jesús Sánchez Etxaniz, responsable de la Unidad de Hospitalización a Domicilio y Cuidados Paliativos Pediátricos del Hospital de Cruces decía el otro día que quien pierde a un ser querido en estos tiempos, sin poder despedirse ni acompañarle en su muerte, no va a poder ir a trabajar después. ¡Cómo lo va a hacer, con su dolor! A lo que yo le diría «No debería de poder ir, pero alguien le hará ir…». El propio sistema laboral, su propio convenio laboral, le hará ir. Eso, o pedirá una baja en su ambulatorio que asumirá individualmente, eximiendo de facto al sistema de su responsabilidad para con su dolor.
Bizitzak erdigunean, eta leku guztien erdian. Las vidas en el centro de la empresa. Y si la empresa no pone tus vidas en el centro porque no quiere hacerlo, no pongas a la empresa en el centro de tu vida. Igual no lo merece.