Lander Urkiola
Periodista y especialista en comunicación política

Lo corporativo que mata lo humano

Pasadas las cinco de la tarde de un día entre semana recibo una llamada. Es la trabajadora de recursos humanos de una compañía, a la cual recientemente había aplicado para una oferta de prácticas. ¿Te pillo bien? ¿Puedo hacerte unas preguntas? Claro que sí, las que haga falta.

Tras quince minutos al teléfono y un relato no necesariamente lineal de mis experiencias estos últimos años, concluye la entrevista. Hasta el momento todo ha ido según lo previsto, parece que el primer contacto se da por válido y pasamos a una segunda fase.

Vamos ahora con la segunda etapa. Tal vez debido a mi ignorancia, o a mi escasa experiencia en el corporativismo postfordista actual, pienso que me reuniré con alguien encargado del proceso de selección, a quien tendré que seguir mostrando mis cualidades y ocultando las torpezas.

Para mi sorpresa, en la siguiente fase no tengo que citarme con nadie, sino que tendré la «libertad» de realizar una videoentrevista cuando mejor me venga. No tengas miedo, es tan solo una pequeña prueba donde analizamos tus competencias y medimos tu nivel de inglés. Eso sí, tienes una sola oportunidad y estará debidamente medida y limitada, así vamos directos a lo que hemos venido.

Al día siguiente enciendo el ordenador, hago las comprobaciones necesarias de cámara y micrófono y accedo al enlace para la entrevista. La propia plataforma me da las indicaciones necesarias para que realice el proceso de manera exitosa, además de muy amablemente permitirme hacer una prueba anterior al inicio. Con todo listo, es el momento.

Fueron cuatro preguntas simples, dos de ellas formuladas en inglés a las que se espera que yo conteste en ese mismo idioma. Al margen de los aciertos y errores que pude cometer en mis respuestas, lo que me gustaría resaltar es la sensación que tuve durante este procedimiento.

Ese eco de soledad que resuena cuando uno habla mirando a una pantalla, y lo único que encuentra es a su rostro en primera persona hablando para nadie. No se trata grabarse a uno mismo realizando lo que cada cual disfruta, sino de enfrentarse al crudo examen de la entrevista laboral sin obtener ese mínimo de cortesía humana. De alguien que se molesta en escucharte, aunque le vaya en el sueldo.

Un momento en el que, aunque puedas conversar en inglés medianamente bien, tu atención se diluye con el cronómetro a un minuto que se va consumiendo. Porque, en efecto, no estás conversando, sino ejecutando una contrarreloj a un vacío obligado a atiborrar con la mayor dignidad posible.

Y no te pases del tiempo en este elevator pitch. Cuentas con un minuto, y a los últimos segundos sonará ese sonido de alarma que advierte que estás llegando al fin, que lo que tenías que decir ya tiene que estar dicho. Si algo quedó en el tintero, haberte preparado mejor el guion, pero ya finaliza tu minuto de relaciones públicas.

Evaluaremos tu candidatura y contactaremos contigo. A saber cuantas personas ven mi pugna contra el reloj y la pantalla que me observa. Contra la alarma que me apremia. No lo sé, tengo que confiar. Pero no, tampoco se han puesto en contacto conmigo.

Hay quien defenderá estos procesos como avances tecnológicos, capaces de detectar patrones y modernizar el trabajo del área de recursos humanos, pudiendo así agilizar procesos y captar mejor talento. No estoy para nada en ese barco.

Esta innovación deshumanizante no es más que un derivado más de la tiranía de los datos, donde se defiende que la continua optimización es posible y clave para la mejora de resultados. Sin embargo, no debemos olvidar que las empresas no dejan de ser estructuras creadas y organizadas por personas, a las cuales se está desproveyendo de las pocas áreas humanas que les queda. Y si este continúa siendo el camino a seguir, no habrá manera de reparar lo que el capital y la burocracia se están encargando de reconfigurar, donde la empresa dejará de pertenecer a las personas, para pasar a estar en su totalidad a merced del mercado.


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