Iñaki Egaña
Historiador

Los vaqueros patriotas

Los payasos ideológicos están fuera, los vaqueros patriotas están dentro». Pete Hegseth, secretario de Defensa de Estados Unidos, pronunció esa frase en Quantico, ante militares, mientras defendía su proyecto para las Fuerzas Armadas. Añadió que habría controles de testosterona. El vaquero, en su imaginario, es el guerrero fuerte, viril, obediente a una idea de patria y dispuesto a defenderla. Resume una política, la de expulsar del espacio público a quienes son presentados como débiles, extraños o contaminados por la diversidad, y ocuparlo con una masculinidad armada que se proclama patriótica. Quien no encaja queda bajo sospecha. En boca de Hegseth, el vaquero del Oeste se traslada al Ejército. Pero esa lógica, a juzgar por el clima político reciente, ya rebasa al Ejército y aspira a ordenar toda la sociedad. Se trata de decidir quién merece vestir el uniforme y qué clase de persona puede llamarse patriota. Así, la patria deja de ser un espacio compartido y se convierte en una prueba de pureza. «Payaso ideológico» es el nombre que recibe quien se atreve a discutirla. La descalificación se completa con inscripciones como «rojo», «comunista», «subhumano» o «desviado sexual». 

No hace falta encontrar vaqueros literales en Madrid, París o Euskal Herria para reconocer el eco. En el Estado español, Vox recupera la épica de la Reconquista (Viriato, El Cid Campeador en época medieval, Queipo de Llano o Primo de Rivera más recientemente) como relato de origen y combate. El 12 de octubre, su convocatoria en Barcelona volvió a llamar «Reconquista» a la cita y a presentar la política como una guerra entre quienes encarnarían una nación imaginaria y quienes la amenazan. La fórmula «prioridad nacional», que Marine Le Pen convirtió en bandera, ha cruzado los Pirineos. Vox la ha hecho consigna y el PP la ha asumido en pactos y propuestas. Persiste la misma pregunta excluyente: quién merece primero los recursos y quién debe conformarse con las sobras.

El vaquero español tiene también una vieja estampa, la del legionario que sale a «cazar» migrantes o rojos (protegidos por Vito Quiles), el hombre que confunde la patria con una autorización para humillar y golpear. Es una cultura política que convierte al extranjero en presa y al adversario en enemigo interior. Un enemigo interior al que se refiere hoy la Constitución. Un argumento que convirtió en apátridas a miles de españoles republicanos que marcharon al exilio al triunfo del franquismo. El racismo y el machismo ayudan a decidir quién puede ser perseguido.

En Euskal Herria el asunto tiene un pliegue propio. Aquí conviven proyectos nacionales enfrentados y memorias distintas de la violencia del Estado, la guerra y la represión. También se invoca la patria, pero no todas las patrias significan lo mismo. Para unos, la unidad española es intocable. Para nosotros, Euskal Herria es una comunidad política con derecho a decidir. La diferencia, entre otros muchos temas, se observa en el trato al euskara. Puede tolerarse como adorno, en el mejor de los casos, pero se vuelve sospechosa cuando reclama derechos o capacidad de decisión. 

Y aquí también aparece el vaquero. Quizás no se pueda generalizar, pero el escaparate policial visualiza expresiones despiadadas. Hay una cultura corporativa que se expresa en ciertos espacios de Euspel, Jusapol y sus entornos. En sus versiones más agresivas, los abertzales somos «ciervos» a los que acosar, el euskara, un estorbo y el migrante, sobre todo si es magrebí o africano, una comunidad que controlar. El catálogo de demandas (más táseres, balas de goma, proyectiles de foam, instalaciones deportivas gratuitas...) suele presentarse como técnico. Ninguna herramienta es neutral si se reclama sin hablar de límites, rendición de cuentas y derechos de quienes reciben el impacto.

El peligro se mide en vidas concretas. En Santurtzi, la muerte de Ander Sáenz, dos días después de una intervención en la que se utilizó una pistola táser, está bajo investigación judicial. En Hondarribia, un agente municipal disparó mortalmente a un hombre que, según la versión oficial, trataba de agredir con un arma blanca a una ertzaina. Son episodios distintos y no admiten un juicio común sobre cada agente pero que obligan a preguntar cómo se decide, se forma, se documenta e investiga el uso de armas. ¿Quién responde cuando una herramienta diseñada para controlar termina en una muerte? ¿Qué revisión independiente se activa? ¿Qué apoyo reciben las personas en crisis antes de que la respuesta sea eléctrica o letal? Las versiones oficiales continúan con el mismo tono que hace 50 años. Habría que exigir protocolos estrictos, formación continua, supervisión efectiva y una investigación transparente después de cada uso de fuerza grave. Armar más no equivale a proteger mejor. Reclamar armas con ligereza, mientras se ridiculiza la objeción o se celebra la persecución, es la receta del despropósito continuado. 

El vaquero militar, policial o civil, es machista, homófobo, corporativo y agresivo con los derechos humanos. Sus modelos son los marines, el ICE o la Legión. Sus enemigos, las disidencias sexuales, nacionales y sociales. La lista se completa con quienes se salen del patrón. Mujeres que exigen igualdad, migrantes, personas no cristianas y quienes no aceptan una sola lengua, bandera o memoria. Ese molde gana espacio cuando se confunde disciplina con obediencia política y fuerza con autoridad moral. 

Frente a ese patriotismo de uniforme, hay otra manera de pertenecer. No obliga a elegir una sola lengua, una bandera o una memoria. Cada persona puede sentirse vasca, española o francesa, no reconocerse en ninguna de esas etiquetas o convivir con varias. Lo importante es que nadie tenga que demostrar su lealtad renunciando a lo que es. La complicación no es que vuelvan los vaqueros, si es que alguna vez se fueron. Es que pretendan monopolizar la palabra patriota y relegar a otra galaxia a quienes defendemos los derechos, la igualdad y la convivencia. La mía siempre fue esa otra galaxia, indígena, progresista, democrática, pacifista, multicultural y, en una palabra, variopinta.

Bilatu