No hay democracia si no se ponen reglas al poder corporativo
En la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, en Barcelona, Pedro Sánchez impulsó un acercamiento entre líderes como Lula da Silva y Claudia Sheinbaum para articular un frente progresista en defensa del multilateralismo y la democracia ante el avance global de la extrema derecha y el regreso de Donald Trump al poder.
Durante su intervención, Sánchez alertó sobre los «ataques al sistema multilateral», la «normalización del uso de la fuerza» y una desigualdad que amenaza con «vaciar la democracia por dentro». Tiene razón. Pero cualquier defensa seria de la democracia y del multilateralismo está incompleta si evita confrontar otra amenaza que opera desde dentro: la creciente captura corporativa de gobiernos, instituciones internacionales y espacios multilaterales de negociación.
Menos de 60.000 personas −el 0, 001% más rico del planeta− concentran hoy tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad. No es solo una cuestión de desigualdad, sino de poder político: la capacidad de influir en las leyes, condicionar las elecciones y bloquear reformas que amenazan los intereses corporativos.
La imagen de la investidura de Donald Trump en 2025 resumió esa realidad de forma elocuente: entre los invitados se encontraban Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, tres de las personas más ricas del planeta. La alianza entre riqueza extrema, grandes tecnológicas y poder político ya no se oculta; se exhibe abiertamente desde el centro mismo del poder.
Si los líderes progresistas quieren construir una alternativa creíble frente a Trump y la extrema derecha, también tendrán que confrontar un modelo en el que las grandes corporaciones moldean la vida pública y encuentran rentabilidad en las crisis sociales y ambientales, e incluso en las guerras y en el genocidio.
Las consecuencias de esas alianzas entre gobiernos autoritarios y poder corporativo no son abstractas. En El Salvador, integrantes de MUFRAS-32 −movimiento que se opuso a proyectos mineros− han sufrido amenazas y persecución. Tras la decisión de Nayib Bukele de revertir la prohibición de la minería metálica, dos integrantes se vieron forzadas al exilio y obtuvieron recientemente el asilo político en España. Una de ellas firma este artículo.
Lo ocurrido en El Salvador refleja un patrón global. El último informe del Business & Human Rights Resource Centre documentó 790 ataques contra personas defensoras de derechos humanos vinculados a conflictos con actividades empresariales solo en 2025, la cifra más alta desde 2020. Más de 6.400 ataques se han registrado en la última década, la mayoría de ellos relacionados con la minería, el agronegocio y los combustibles fósiles.
Precisamente por ello, una de las negociaciones internacionales más importantes y menos conocidas de nuestro tiempo merece más atención de la que recibe: el tratado vinculante de Naciones Unidas sobre empresas y derechos humanos.
Desde 2014, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil negocian un tratado internacional destinado a regular a las corporaciones transnacionales y fortalecer la rendición de cuentas frente a violaciones de derechos humanos y daños ambientales.
La última ronda de reuniones celebrada la semana pasada en Ginebra, antes de la sesión oficial de octubre, mostró que las negociaciones han entrado en una fase decisiva. También puso de manifiesto que las propias negociaciones se han convertido en un campo de disputa sobre el futuro del multilateralismo. Organizaciones sociales denuncian desde hace años que grupos empresariales intentan sustituir obligaciones vinculantes por enfoques voluntarios que se ha comprobado que no funcionan. Es una dinámica que recuerda la influencia que los lobbies fósiles han ejercido durante años en las negociaciones climáticas internacionales, moldeando sus resultados.
Lo que está en juego va mucho más allá de la regulación empresarial: se trata de si los gobiernos todavía pueden poner límites efectivos a formas de poder económico capaces de vulnerar derechos humanos y ambientales, debilitar las regulaciones y ejercer más poder que muchos estados.
El tratado vinculante de la ONU no resolverá, de un día para otro, décadas de captura corporativa. Pero un texto robusto podría fortalecer la justicia transfronteriza y el acceso a la justicia de comunidades afectadas, proteger a defensores ambientales y a comunidades enteras, y limitar la capacidad de las corporaciones para influir en las políticas públicas.
Sin embargo, mientras los gobiernos de América Latina, África y partes de Asia han sostenido estas negociaciones durante más de una década, buena parte de Europa sigue actuando con tibieza o, en ocasiones, alineada con los intereses empresariales.
El Gobierno español no debería permanecer al margen. De hecho, podría contribuir a construir una alianza sólida entre gobiernos progresistas de Europa y América Latina en torno a la regulación del poder corporativo, al tiempo que contribuye a reparar relaciones históricamente marcadas por el extractivismo y la desigualdad.
La pregunta ya no es si necesitamos reglas globales para las corporaciones. La pregunta es si los gobiernos todavía tienen el coraje político para imponérselas.