Antonio Alvarez-Solís
Periodista

¡No se achiquen!

Hay violencias que no matan. Y hay presuntas paces que asesinan. Con el Papa Francisco parece que la Iglesia romana va entendiendo su sino fraterno. La orden está dada: «No se achiquen». La violencia justa engendra justicia; la violencia del poder engendra crimen

Mientras Tsipras, víctima del miedo, pone la rodilla en tierra –ser estadista es cosa distinta a ser simplemente político; el estadista expresa la grandeza del alma frente a la huidiza maniobra del político, basada casi siempre en el interés personal–, ante un Tsipras que se arrodilla, repito, el Papa Francisco se niega a perpetuar la matanza del «indio», que encarna hoy la figura universal del trabajador. Pero ante todo identifiquemos a ese «indio» lotardiano al que se refiere fraternalmente el pontífice: indígenas cartoneros, trabajadores precarios del mundo rural y de las periferias ciudadanas…

Personajes a los que «un capital convertido en ídolo dirige sus opciones de seres humanos; ante los cuales la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, le convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y pone en riesgo nuestra casa común». Y clama el Papa poco después «contra la imposición de medidas de austeridad que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres», sometidos «al colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materias primas y trabajo barato que engendra violencia, miseria, migraciones forzadas». Pero una vez identificado ese «indio» preguntémosle qué puede hacer por cambiar el mundo. A ello responde el Papa Francisco: «Puede hacer ¡mucho!. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas, en la búsqueda cotidiana de las tres T: trabajo, techo, tierra ¡No se achiquen!».

Ahí hemos llegado, al gran momento de la teología pastoral, la de los sacerdotes que oponen «a la lógica de la espada la lógica de la cruz», que redime a la Iglesia de tanta y tanta teología dogmática que pone el acento en una trascendencia reductora que no es la que está inscrita como preferente en la teología caminera del Galileo. En ese «no se achiquen» se resume y proclama el deber cristiano de conquistar la tierra, hoy con un programa muy concreto: «Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez». Y concluye el Papa: «Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho de la Madre Tierra».

Ahí está la convocatoria a la batalla pendiente. Quien no esté dispuesto a ella que siga mirando mañaneramente a la Bolsa, que se apunte a la estrategia de los misiles, a la perversa dinámica de la geopolítica; que siga explicando maliciosamente los mercados. Pero que no pretenda poseer la razón para dominar el mundo, ni los argumentos para justificar que el río de la humanidad baje repleto de sangre. Razón que está  contenida en una violencia bélica cada vez más cínica y cruel;  explicaciones que no soportan mínimamente la lágrima de un niño desamparado, la espantosa presencia del hambre o la diáspora trágica de un pueblo. La paz puede ser explicada con razones resonantes, con una espléndida retórica, con brillantes celebraciones militares, incluso con pontificales solemnes, pero los holocaustos sin derecho a preeminencia siguen ahí multiplicados y espantosos para recordar que el crimen puede ser, incluso, una de las repugnantes bellas artes de la política.

Ante este panorama nadie puede validar un discurso advirtiendo que es ajeno al mal, porque todos somos culpables de ese populoso crimen ya que la tierra nos es entregada todos los días para su cuidado, al que renunciamos unos por desidia, otros por apocamiento o beneficio, los más por debilidad de su mente. Como dice el Papa Francisco en su pastoral “Laudato sí” «la llamada a crear una ciudadanía ecológica –y existe una ecología en cada aspecto de la existencia, como hay un ADN espiritual– a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos, porque la existencia de leyes y normas –en que los actuales poderes son duchos– no es suficiente... para limitar los malos comportamientos... Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas y que reaccione desde una trasformación personal».

Llegados a este punto hay que añadir que el comportamiento adecuado frente a una necesidad profunda o radical de cambio es lo que podríamos entender llanamente por comportamiento revolucionario, si ese comportamiento tiene una base de necesidad, justicia y libertad precisas y perfectamente detectables ¿Y acaso no es necesaria una redistribución urgente del trabajo, un necesario control honesto de la riqueza y un fomento limpio de la libertad? ¿Es que puede negarse, a no ser que suframos un enajenamiento patológico, la injusticia en que vivimos en tantos y tantos aspectos? ¿Es que puede afirmarse que transitamos por un mundo en libertad  cuando todo paso es controlado y aún castigado por el poder si es que el paso dado no satisface a las repugnantes ambiciones de los poderosos?

No nos achiquemos en el análisis de la realidad en la que estamos sumergidos, aunque nos produzca la posible náusea de la connivencia. Esa comprobación no es cómoda, no es gratificante en ninguno de sus aspectos. Es lo que entiendo por el dies irae en el autoanálisis de nuestra vida cuando llegue el momento terrible y clarificador. Pero abordar este análisis autocrítico constituye el único camino para corregir el despeñamiento en que rodamos hace ya muchos años. La revolución es la catarsis para ponernos en  pie frente al universo de los clásicos demonios del alma que nos absuelven del abandono del prójimo como el «tú» que haya de facilitar nuestra existencia ¿Todo esto es solamente filosofía, esa disciplina que estorba a los informatizados? Pues así será si practicamos la óptica individualista actual. Pero seguiré pensando que es mejor sufrir la derrota en la acción revolucionaria que aceptar el destierro respecto a nosotros mismos, como propician los constructores diarios de una estructura de pensamientos y conclusiones que se venden al precio de un smartophone.

No, no se achiquen, pues como dijo una política poco dada a observancias conservadoras vale más morir de pie que vivir de rodillas. A no ser que limitemos la fe a la protectora caja fuerte que funciona en las islas Caimán, en la perfecta Suiza o en el Luxemburgo de los parques cortesanos. Si es así ha de entenderse  que hablamos de mundos distintos. Si es así, por mi parte admito que Cristo es de izquierdas.

A la luz de lo que ocurre, la acción de los cristianos adquiere un relieve muy significativo. Hablo de los cristianos católicos, protestantes, ortodoxos, orientales, del Africa negra… De todos los que se deben espiritual y materialmente a todos los seres humanos. No se trata de hurtarse a ese combate con la alegación de que a un cristiano le está vedada la violencia. La violencia es un concepto muy amplio. Cristo volcó las mesas de los cambistas que envilecían el templo. Y Cristo, personalmente, nunca se defendió, pero defendió a los suyos. Esa es la entrega que hay que tener para diseñar la lucha de clases. Hay violencias que no matan. Y hay presuntas paces que asesinan. Con el Papa Francisco parece que la Iglesia romana va entendiendo su sino fraterno. La orden está dada: «No se achiquen». La violencia justa engendra justicia; la violencia del poder engendra crimen.

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