Pericóresis teológica y futbolera
De las relaciones entre ser creyente y mejor persona, pongo por caso, un ateo, se ha escrito mucho y con déficit para este. De las conexiones entre fútbol y religión, no tanto. Parecerá una tontería, pero en tiempos pasados algunos clubs rechazaban el fichaje de quienes no eran creyentes, a pesar de que aquellos eran entidades no confesionales. Eran los tiempos cenizos del nacionalcatolicismo. Su proselitismo político iba a la par que el religioso y tanto el Estado como la Iglesia aprovechaban cualquier evento para sacar tajada ideológica de creyentes famosos en cualquier ámbito, incluido el deporte.
Un caso de «explotación religiosa voluntaria» durante ese vergonzante nacionalcatolicismo lo protagonizó el extremo derecho del Athletic de Bilbao, el mítico Rafael Iriondo, católico ferviente, quien participó en los actos celebrados en Donosti en el llamado Congreso Eucarístico de 1946.
Hoy las cosas parecen ir por otros cauces. Ni los aficionados en los campos de fútbol intimidan a sus contrarios recordándoles su filiación religiosa, más bien se fijan en su ascendencia genealógica; ni, por supuesto, los futbolistas andan pregonando por ahí su credo confesional. A nadie le interesa.
Iriondo impartió su conferencia en La Perla del Océano, San Sebastián, titulada “Un futbolista ante el Congreso Eucarístico”. Sentenció que «por encima de todo en esta vida, también del deporte, impera el sentido religioso». Y que, «en aquellos equipos de fútbol donde impera el espíritu religioso, se comportan mucho mejor −tanto en el terreno de juego como fuera− que aquellos otros en que está ausente. Y en el deportista, llámese futbolista, ciclista o pelotari, lo mismo». Como muestra de lo que decía, ahí estaba él, un caso ejemplar. “Diario de Navarra” recogió sus afirmaciones, dándoles, no obstante, categoría universal (17.5.1946).
“El Pensamiento Navarro” hizo lo propio, sin caer en la trampa de tomar la parte por el todo, ni estableció una correspondencia conductista entre ser creyente y ser mejor que los demás, aunque lo pensara. Decía que los deportistas no eran solo entes físicos dedicados únicamente a mantener la «bronca atlética». Añadía que «ni en los grandes futbolistas, ni en los ases ciclistas, ni en los hombres de la pelota, suele haber siembre caballeros de alto coturno». Sí aceptaba que cualquiera de ellos podría «cultivar el remo y estudiar griego; o leer en latín y jugar a pelota». El cronista no había escuchado la conferencia de Iriondo, pero sostenía que «de un futbolista puede salir un Demóstenes con igual derecho que de un dependiente de ferretería» (15.5.1946).
Ochenta años después, el papa León XIV seguirá este reguero reflexivo disertando sobre la conexión entre deporte y religión. Lo hizo en la celebración del Jubileo del Deporte, en 2025: «El deporte puede ayudarnos a encontrar Dios Trinidad». Es decir, a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Sabedor que los misterios teológicos no hay quien los entienda, tranquilizó al personal añadiendo que «la asociación puede parecer absurda, pero no lo es». Y recalcó: «Toda buena actividad humana lleva consigo un reflejo de la belleza de Dios, y sin duda el deporte es una de ellas. Dios no es estático, no está cerrado en sí mismo. Es comunión, relación viva entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se abre a la humanidad y al mundo. La teología llama a esta realidad pericóresis, es decir, «danza»: una danza de amor recíproco». Y aclaró que «es de este dinamismo divino de donde brota la vida y porque, además requiere un movimiento del yo hacia el otro, ciertamente exterior, pero, también, y, sobre todo, interior. Sin esto, se reduce a una estéril competencia de egoísmos».
Aclaremos que pericóresis es palabra griega, formada por «peri», alrededor y «joreo», danza. En teología, se usa para describir «la interpenetración dinámica y amorosa de las personas de la Santísima Trinidad». Lo de la interpenetración, dejémosla tal cual.
Si es como dice el papa, sería estupendo que enviara a los futbolistas del mundo su jacarandosa homilía para que se enterasen de «la grandeza exterior e interior» que se llevan entre sí dando patadas al balón y, a veces, a la espinilla del contrario.
Más importante aún, León XIV debería proponer a los gobiernos que orientasen sus tratados internacionales hacia la formación de selecciones de fútbol inspiradas por la pericóresis, en lugar de invertir en bombas y en ejércitos asesinos. Convencer a esta gente que manda, que, cuando se apuesta por esa danza divina deportiva, la vida es una maravillosa obra de amor.
Claro que, al tratarse de una realidad que roza los goznes de lo absurdo, es comprensible que los políticos se muestren un tanto reacios a aceptar sin más dicha propuesta. Máxime cuando en su vida han oído hablar jamás de tal pericosa. Es cierto que, tratándose de gobiernos con ministros mayoritariamente católicos, lo más natural sería quedarse con dicha danza y bailarla. No hacerlo sería una muestra de desacato a las recomendaciones de su jefe de filas. Y, si los católicos no obedecen al papa, ¿quiénes lo harán?
No sé si León XIV, con vistas al mundial de fútbol de este año, tendrá pensado escribir una exégesis más sobre las relaciones pericorésicas entre Deporte y Democracia. Una reflexión dedicada expresamente a la selección de una nación, que es la suya, y que se está cagando, perdón por la palabra tan poco pericorésica, en los fundamentos que salvaguardan la existencia de los pueblos, como son el principio de no intervención y el derecho internacional. Me preguntaba si las democracias europeas y americanas, caso de que declarasen un boicot deportivo a EEUU y, en consecuencia renunciaran a participar en dicho mundial, ¿qué pasaría? ¿Estaría dicho gesto en consonancia con la esencia de la pericóresis? ¿Sería «pecado» o, por el contrario, dichas selecciones estarían jugando el mejor partido de su historial futbolístico? Estaría bien que lo intentaran, ¿no?