Profesora de autodefensa feminista
¿Qué enferma a las mujeres?

Sin formación puede que afrontemos los efectos del patriarcado como un problema hormonal, generando más incomprensión y medicalizando a las mujeres para que «toleren» mejor su propia realidad

2020/01/03

La expresión «malestares de género» es el término utilizado para identificar cuál puede ser el impacto en la salud, fruto de la diferente socialización en género, para mujeres y hombres. No se trata de conocer, como en el caso del infarto, las diferentes presentaciones de los síntomas en mujeres y hombres sino de identificar cómo el proceso de socialización en género masculino y femenino provoca vivencias desiguales sobre las emociones permitidas y las negadas, la manera de enfrentarse a la vida y a los conflictos, la manera de ser reconocido/invisibilizada, el estado de hiperalerta por estar atendiendo las demandas ajenas de manera constante o el hecho de que la mirada ajena sea más importante que la propia. El género, o mejor dicho los géneros, son un constructo socio-cultural. Como diría Beauvoir: «no somos, nos hacemos». El género, pese a los negacionistas, se ha situado ya como una categoría de análisis en cualquier ámbito del conocimiento para entender la realidad, las experiencias de vida, lo que representa la jerarquía de los géneros y, por tanto, la vivencia desde una posición de privilegio o de subordinación.

En la misma línea de los valores patriarcales, coexiste la falta de credibilidad de las mujeres, lo que implica también que cuando informamos acerca de lo que nos pasa o sentimos, se dé menos crédito a nuestras palabras que a la de los hombres.

No voy a entrar a analizar el impacto que tiene el género –propio y ajeno– en las valoraciones que en ocasiones realizan los profesionales que carecen de formación en género sobre los relatos y las vivencias de hombres y mujeres –cuestión que queda pendiente abordar porque es también parte del problema–, ya que sin formación puede que afrontemos los efectos del patriarcado como un problema hormonal, generando más incomprensión y medicalizando a las mujeres para que «toleren» mejor su propia realidad.

Voy a centrarme en el impacto de los malestares de género en tres ámbitos/esferas diferenciadas: la afectiva, los cuidados y la intimidación del uso directo de la violencia.

En el terreno afectivo, para la subjetividad femenina posee un gran peso el agradar a l@s otras-os, mantener un vínculo afectivo obligatorio siendo cariñosa en cualquier ámbito, posponer el proyecto vital para satisfacer los deseos ajenos.

Frases recurrentes que oímos las mujeres son «no te enfades», «no te pongas así», «no es para tanto»; frases que niegan el malestar y sabemos que la rabia no permitida acaba convirtiéndose en tristeza. Cuando todo eso ocurre, la capacidad de pensamiento a nivel orbito-frontal disminuye, es decir, se piensa de manera más lenta y el pensamiento es menos fluido. El patriarcado nos quiere pasivas.

Con respecto a los cuidados, en estas fechas, muchas mujeres se quejan de la obligatoriedad de los cuidados. Las trabajadoras de hogar han reclamado poder librar el 24 y el 31 y estoy segura de que a muchas mujeres les gustaría sumarse a la reclamación. Entonces, las que podemos elegir; ¿por qué seguimos afrontando como inevitable lo que debería ser una elección?

Muchas mujeres refieren sentirse agotadas, cansadas, otras enfadadas y otras doloridas de abajo arriba. El dolor crónico no es una expresión de la somatización sino que es una expresión de la función cerebral y su interacción entre cuerpo/mente. Deberíamos dejar de separar el cuerpo y la mente como si fueran dos entes que caminan por separado. Cuando hay un estado de hiperalerta cerebral conlleva, entre otras cosas, que el cerebro segregue más cortisol lo que provoca una disminución de la oxigenación de los tejidos, una inhibición del sistema inmunológico, es decir, un mayor agotamiento de los recursos y una percepción de alerta constante. El patriarcado nos quiere agotadas.

Por contra, los hombres obtienen la justificación social, véase el «caso Arandina», ante cualquier acto mediante el que rompan la convivencia. Se buscan elementos motivacionales externos para justificar su malestar pero sobre todo para justificar su comportamiento. Además, se analiza como excepcional lo que es recurrente.

En las mujeres, sin embargo, los elementos del malestar se expresan como desajustes propios por una mala percepción de la realidad, una exageración, no hay motivación o directamente una, es una bruja. El patriarcado nos quiere desquiciadas. Por eso, muchas queremos ser disidentes de género no como una cuestión estética sino ética.

Si hablamos de la discriminación que sufrimos las mujeres, hablamos de un sistema de abuso de poder que no solo genera un reparto desigual, un acceso a los recursos desigual sino una manera de vivirse, una misma, desde la insuficiencia. Los relatos sobre violencia sexista, centrados en el terror sexual, describen los escenarios finales de la violencia pero no sus inicios de estrategia patriarcal donde los agresores son tíos normales e incluso se comportan como colegas. ¿Cómo se puede vivir una mujer adolescente consciente de que puede encontrarse a un violador en su camino?

En los cursos de autodefensa feminista las mujeres que han sido víctimas de violencia sexista, suelen presentar dos posicionamientos:

1- El de indefensión, fruto de la socialización de género femenino, y de un profundo sentimiento de vulnerabilidad frente a la realidad vivida y la respuesta social/familiar y/o judicial.

2- El de la irritabilidad/resentimiento, fruto de haber pedido ayuda, haber denunciado y no solo no haber encontrado apoyo, sino haber conseguido el efecto contrario, con lo que el sentimiento de indefensión e injusticia es enorme.

Por tanto, el objetivo no es describir lo que nos pasa sino encontrar las herramientas para transformar nuestra realidad. Para ello es necesario, primero, tomar conciencia de cómo el patriarcado está en los cimientos de nuestro yo más íntimo pero también en el resto de personas que nos rodean. Así que, sin tener las recetas, sí que tenemos elementos que nos ayudan a ser más conscientes de nuestro estar en este mundo para que el patriarcado no se nos cuele, nos enferme y destruya nuestra capacidad rebeldía.

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