Antonio Alvarez-Solís
Periodista

¡Qué hacen ustedes aquí!

Apenas sopla un leve aire de democracia les arrebata la ira y ponen en circulación su simple lenguaje fascista. Hablo de los líderes que manejan el poder político que gobierna el Sistema global. Líderes sin derecho a réplica, que ellos transforman, caso de darse, en locura, en extremismo –como si esos líderes no fueran tremendos extremistas–, en populismo –como si el populismo no fuera la magnífica herencia de democracia que el pueblo ateniense nos dejó con su rebelión popular del siglo V antes de Jesucristo–. Son esos líderes armados con el by pass que controla el latido de la libertad. Una iglesia que emplea, si es necesario, una inquisición sórdida; teólogos sin el más mínimo afán de justicia social, con un lenguaje que convierte los crímenes perpetuados por el Sistema en abstrusa defensa de lo radicalmente necesario. Líderes que las masas siguen ciegamente imbuidas por el horror a la condenación de lo irracional que supuestamente debe haber en el remedio revolucionario a sus males.

Cuando apareció en la eurocámara el británico Nigel Farage, uno de los destacados líderes del Brexit, el presidente de la Comisión Europea, Jeant-Claude Juncker, se dirigió a él con una áspera reconvención que revelaba la auténtica dimensión de su pensamiento frente a la libertad. Fue un martillazo a todos los valores que nos hacen ser la especie dirigente. Al Sr. Juncker, el viejo gobernante del intocable paraíso fiscal de Luxemburgo, elevado a una de las principales cumbres del poder en Bruselas se le había arruinado el barniz democrático. Me recordó a mi gran amigo el compostelano y agnóstico cura Feliños: «La existencia de Dios puede ser discutida, pero nunca la de Santiaguiño». Verdaderamente el eurócrata es  catequístico y su euro es imperial. Ante el posible shock producido en los mercados financieros, con potencia bastante para desbaratar la banca, Juncker no pudo contenerse y desnudó el alma verdadera de la Unión Europea. «Debemos estar listos para proteger a los bancos», dijo. No habló de superar la explotación laboral en los países de la Unión, explotación creciente, con un perfil primitivo, verdaderamente colonial en muchas de las naciones enjauladas en los «mercados», entre ellas la España de Rajoy; tampoco hizo referencia al naufragio acelerado de la economía real en la inmensa mayoría de los pueblos de la Unión, que ha llevado al gobierno socialista de París a entregar incondicionalmente la masa trabajadora al empresariado para que haga con ella lo que quiera bajo la protección de un  simple decreto; sí negó ese gobierno el ámbito parlamentario como trasunto de la soberanía nacional, igual que el Sr. Rajoy durante mucho tiempo, mientras por su parte el socialista Sr. Sánchez ha rechazado la validez de los referendos para decidir sobre la propia vida de la nación, ya que las grandes decisiones, según él, han de tomarlas los políticos en su patio de Monipodio, puesto que los políticos son los ungidos, los verdaderamente instruidos frente a la población ignara. A este respecto el mondo y lirondo presidente Hollande ha subrayado, para mayor inri de la democracia, que esta reforma asoladora de salarios y condiciones laborales era «vitalmente necesaria para Francia», de lo que se deduce que Francia no tiene ya gran cosa que ver con los franceses, que luchan por una vida digna y alzados por ello, muy frecuentemente, contra tal escarnio. Ciertamente tampoco el poder español es producto histórico de la calle española, siempre a la espera de que un conductor le dé alguna clase de significación. Y Alemania y Francia e Italia. También a sus habituales gobernantes podríamos hacerles idéntica pregunta: ¿Y ustedes qué hacen aquí?

Recordé en apoyo de mi reconvención un pasaje de la carta paulina a los gálatas: «Para la libertad nos ha liberado Cristo… Si sois conducidos por el espíritu no estáis bajo la ley». Menciono a Pablo como recurro asimismo a la razón natural o a la fraternidad que mamó tantas veces de las revoluciones que pretendían salvar una humanidad a cuya guarda e integridad estamos obligados todos. Yo cito ahora a Pablo de Tarso ante una Europa que aún dice alojar su fondo cristiano en los entresijos de sus leyes. ¡Magnífica presunción! ¿Hay espíritu aceptable, mínimamente aceptable, en esas leyes con que ribetean los mercados su retórica eficacia? Repito: ¿Qué hacen ustedes aquí, Sr. Juncker, sino sembrar un miedo oscuro y viscoso para destruir todo intento de ilustración, de libertad, de democracia, de dignidad por parte de quienes se dejan la piel en la búsqueda de los diamantes de sangre?

Pero dejemos el planto, porque ya no acepto una sociedad de plañideras, y vayamos a buscarles en  el territorio de los mercados. ¿Creen ustedes que el «mercado», el genérico mercado, no es posible en un horizonte de proximidad regido por el esfuerzo popular y que ahora es apropiado con un cinismo  patético por los dueños del algodonal? ¿Podemos creer de verdad que en el espectáculo deslumbrante de la riqueza piramidal cabemos, al menos como mínimos protagonistas del coro, quienes consumimos nuestra vida sin más derecho que oír la música? Vamos a ser serios en la audición fantasmal de esa música lejana cuando nos invitan hora a hora a sufrir  recortes, dolores y miserias con que dar, según proponen «ellos», el increíble salto hacia un futuro prodigioso dentro del Sistema. ¡Pero si en ese Sistema ya están todos los que caben! Un Sistema que además se basa en una destrucción  espectacular del factor humano. Un Sistema que recuerda el brillo de la explosión productora de las estrellas gigantes antes de convertirse en enanas blancas. Frente a eso, proximidad para practicar la democracia; proximidad para lograr una economía habitable aunque hayamos de rechazar sueños de laboratorio; proximidad para reencontrarnos a nosotros mismos en la tierra recobrada; proximidad para pactar con los iguales evitando el mortal paso por las zahúrdas globales; proximidad para disfrutar de lo doméstico y sus horas de grandeza íntima; proximidad para recobrar nuestro dinero, que está secuestrado en cajas inaccesibles para la vida de todos, pero que está ahí, que existe. Sólo hay que liberarlo…Necesitamos el Brexit de cada cual para evitar la explotación de la inmensa mayoría. Quien estime que no hay lugar para los sueños –la historia es un sueño maltratado por las pesadillas– que mire bajo la cama para comprobar que el dinosaurio sigue ahí. Puede que yo sueñe, aunque la existencia de la humanidad certifique otra cosa, pero prefiero soñar despierto a estar inertemente dormido. Frente a los saberes inicuos con que nos anestesian hay que recobrar la sabiduría, dos cosas distintas y la mayor parte del tiempo, contrapuestas.

Es la hora de enfrentarse a los cínicos propietarios de los saberes. Gente excluyente y desleal con la calle. Leía estos días a un profesor de París, al parecer experto en desigualdades, Thomas Piketty, que afirmaba cosas como esta acerca de Europa Unida: «Hemos matado la recuperación, el crecimiento… Europa ha fracasado… Hay que recuperar la esperanza de poder construir algo nuevo… porque si no, se alimenta el populismo… Es necesario regular el capitalismo… Y superar la cristalización del libre mercado y de la propiedad privada».

Regular el capitalismo… Es decir, no cambiar el Sistema. ¿Y eso cómo se hace? ¿Sin cambiar de raíz la lógica del Sistema? Sr. Piketty, el Sistema tiene su lógica de supervivencia y desarrollo. Todos los sistemas son lógicos en sus principios y desarrollo porque de no ser así morirían casi instantáneamente. Por tanto el problema real es el Sistema con su lógica inexcusable, no sus variables. Sr. Piketty, sus saberes nos niegan la sabiduría que ha de presidir el cambio del mundo. Claro que usted ya ha vendido más de dos millones de su libro “Remodelar el capitalismo”. Más ruido con sus saberes. Ya es usted famoso. Pero el capitalismo no hay que remodelarlo sino sustituirlo. Si se cambia su piel el cocodrilo sigue siendo cocodrilo. Lo que pasa es que usted, Sr. Piketty, quiere hacerlo llorar un poco a ver si cuela, pero sigue siendo cocodrilo. Y ya sabe usted lo que representan las lágrimas del saurio. No creo que valiesen para otra cosa que poner en el mercado otro libro suyo.

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