Iñaki Egaña
Historiador

¿Quién decide primero?

Nuestra historia no se explica por grandes conquistas ni por victorias militares. Se explica, sobre todo, por secuencias y procesos

Hace dos mil quinientos años, Sun Tzu escribió que la mejor victoria consiste en derrotar al enemigo antes de que la batalla llegue a producirse. No hablaba únicamente de ejércitos. Hablaba del conocimiento. De conocer antes que el adversario, descubrir sus intenciones, ocultar las propias y decidir con mayor rapidez. Desde entonces, buena parte de la historia militar ha consistido en una carrera por conquistar esa ventaja. Durante siglos, ese conocimiento perteneció a los seres humanos. A exploradores, diplomáticos, criptógrafos y generales. La estrategia era una facultad humana. Sin embargo, estamos asistiendo al momento en que empieza a dejar de serlo.

Hace unos días apareció una noticia aparentemente menor. Durante una prueba de seguridad, un agente de inteligencia artificial consiguió localizar una vulnerabilidad informática y acceder por sí mismo a los sistemas de otra empresa dedicada también al desarrollo de inteligencia artificial. Más allá del titular («Una IA hackea a otra IA»), el episodio revelaba algo nuevo. Ya existen sistemas capaces de fijarse un objetivo, diseñar una estrategia, adaptarse a los obstáculos y ejecutar una cadena compleja de decisiones sin que una persona tenga que indicar cada uno de sus movimientos.

Mientras tanto, empresas como Palantir desarrollan plataformas que integran información procedente de satélites, drones, radares, sensores y comunicaciones para ofrecer a los responsables militares una visión prácticamente instantánea del campo de batalla. Los algoritmos detectan patrones, estiman probabilidades, priorizan objetivos y presentan escenarios de actuación en cuestión de segundos. Diversos analistas sostienen que las capacidades de integración y análisis de Palantir han desempeñado un papel relevante en operaciones militares recientes de Israel y EEUU, incluidas las campañas contra Irán.

Sin embargo, el cambio más profundo quizá no sea tecnológico. No asistimos solo a una revolución técnica. Asistimos a una revolución del tiempo. Durante siglos, entre una amenaza y una respuesta existía un espacio para la duda. Ese intervalo permitía comprobar una información, convocar una reunión, abrir un canal diplomático o simplemente esperar. La política siempre necesitó tiempo. También la guerra. Incluso la disuasión nuclear durante la Guerra Fría descansó, en parte, sobre la existencia de unos minutos que permitían verificar una alarma antes de responder. 

Pero los algoritmos no conocen ese tiempo. Analizan, comparan, aprenden y recomiendan en un instante. Cuando dos sistemas semejantes se enfrentan, la cuestión ya no consiste únicamente en quién posee más información, sino en quién consigue imponer antes su interpretación de la realidad (cierta o supuesta). La estrategia deja de medirse únicamente por el espacio. Empieza a medirse por el tiempo.

En Euskal Herria quizá resulte más fácil comprender lo que significa esa diferencia. Nuestra historia no se explica por grandes conquistas ni por victorias militares. Se explica, sobre todo, por secuencias y procesos. El euskera no ha sobrevivido porque una generación reaccionara más deprisa que otra, sino porque decenas de generaciones encontraron tiempo para transmitirlo. Los fueros, abolidos hace ahora siglo y medio, fueron el resultado de una lenta sedimentación histórica, no de una decisión momentánea.
 
El auzolan responde a la misma lógica: la comunidad necesita tiempo para construirse. Más allá de las interpretaciones políticas de cada cual, el final en 2018 del ciclo violento en el contencioso de Euskal Herria con los estados vecinos no surgió de una decisión urgente. Exigió años de conversaciones discretas, mediaciones, verificaciones, rectificaciones y consensos difíciles. La decisión necesitó tiempo, especialmente en el seno de la izquierda abertzale.

Presente en las campañas electorales, en los mercados financieros, en las redes sociales y en la conversación pública, cada vez son más los procesos políticos que se adaptan a la velocidad de las máquinas. Sin apenas advertirlo, empezamos a aceptar que decidir deprisa equivale a decidir mejor. Y esa es una ilusión muy peligrosa.

Sun Tzu enseñó que la mejor victoria era vencer sin combatir. Las nuevas inteligencias artificiales parecen aspirar a algo parecido: observar, comprender en un pispás y decidir antes que el adversario. El quid es que esa velocidad también reduce el espacio para la duda y para la diplomacia. La historia demuestra que las grandes catástrofes fueron también consecuencia de errores de cálculo, malentendidos, falsas alarmas, información incompleta o interpretaciones erróneas. La inteligencia artificial puede reducir algunos de esos riesgos, pero también amplificar otros, cuando millones de datos y miles de decisiones se encadenan a una velocidad imposible de supervisar por una persona.

En 1983, el oficial soviético Stanislav Petrov recibió una alerta que anunciaba un supuesto ataque nuclear estadounidense. Los ordenadores aseguraban que los misiles estaban en camino. Petrov decidió desconfiar de la máquina y esperar. Tenía razón. Era una falsa alarma. Aquel instante de duda, aquella decisión profundamente humana de no actuar de inmediato, evitó probablemente una escalada que nos hubiera llevado al invierno nuclear.

Esa historia plantea hoy una pregunta mucho más inquietante que la de si las máquinas llegarán a ser más inteligentes que nosotros. La cuestión es si seguiremos disponiendo del tiempo necesario para detenerlas cuando se equivoquen. Porque el mayor peligro del siglo XXI no reside en que la inteligencia artificial participe ya en la guerra, sino en que llegue un momento en el que la velocidad de sus decisiones supere nuestra capacidad para corregirlas. Cuando aparezca el próximo Stanislav Petrov, la incógnita será si todavía existirá alguien con tiempo suficiente para pulsar el botón de «espera».

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