Militante Antikapitalistak
Revolución versus represión

«Cuando la injusticia es ley, la revolución es orden»

2019/11/22

Si el final del siglo XX se caracterizó por el triunfo del relato capitalista y de las políticas neo-liberales, el comienzo del siglo XXI viene marcado por una nueva polarización ideológica de las sociedades. Mientras que en el ocaso del siglo pasado destacan algunos acontecimientos claves como las victorias de las Thatcher y los Nixon, o la caída del muro, en los albores de este siglo nos encontramos ante un mundo lleno de contradicciones y cuestionamientos de un sistema hegemónico pero tambaleante, donde las crisis económicas e institucionales nos llevan a una nueva polarización a nivel global. Una polaridad que presenta dos frentes totalmente opuestos y alejados entre sí, pero a su vez condenados a encontrarse en un inevitable choque de trenes entre quienes, mediante la represión, quieran abortar cualquier iniciativa de cambio de un sistema cruel y putrefacto, y aquellos que legítimamente aspiran a revertir de raíz dicho sistema caduco a través de procesos revolucionarios.

Por un lado, vivimos tiempos de represión; un yugo que de manera sibilina nunca había cesado pero que, en este preciso momento, se muestra sin complejos, sin maquillaje, además de sin ninguna mesura, presentando sus peores versiones. Como máxima expresión de dicho sometimiento, nos topamos con el auge generalizado de la ultraderecha a lo largo y ancho del planeta, que además viene acompañada de la aparición de algunos movimientos de tinte fascista. Un fascismo que siempre que su amo, el capital, lo ha necesitado, ha estado presto para ejercer su labor de mercenario, salvaguardando los intereses de los poderes financieros. Así que, cuando no se trata de ultras como Trump o Boris Johnson, aparecen sus versiones más populistas de la mano de los Salvini y las Lepen, quienes por medio del miedo tratan de manipular a una masa desencantada. Una masa sin trabajar, sin cantera, carente de valores, para acabar convirtiendo a la sociedad en ese amasijo de cuerdas y tendones, donde la voluntad colectiva queda anulada por completo.

Represión que no titubea ni un ápice a la hora de utilizar todas las herramientas de las que dispone para reprimir el grito de desesperación del pueblo, maximizando sus acciones y esfuerzos. Tareas que sigue realizando fundamentalmente con un control férreo de los medios de comunicación, principales distorsionadores de una realidad que permita construir una narración artificial que responda al rédito de las élites. Ese cuarto poder a sueldo de la flor y nata de la autoridad económica, criminalizando sin cuartel cualquier opción de alternativa. Montañas de mierda, falacias y mentiras hacen realmente complicado que se pueda llegar a una mayoría, totalmente alienada por el mensaje dominante, que otro mundo, otra forma de hacer las cosas es posible. Una criminalización que señala como terrorismo a todo aquello que presente batalla ante las injusticias, hasta llegar al punto de estigmatizar de manera negativa la legitima autodefensa y el uso de la desobediencia civil como herramientas lícitas de confrontación por parte de las comunidades oprimidas.

Por otro lado, en momentos tan convulsos, siempre aparecen pequeños conatos de esperanza, en este caso en forma de levantamientos populares o procesos revolucionarios, donde el pueblo y las sociedades ante el hastío al que se ven sometidos debido a los constantes atropellos que los mandatarios al servicio de las oligarquías acometen, responden de manera desesperada echándose a las calles. Avenidas que se llenan de ilusión pero también de sufrimiento, donde los cuerpos de seguridad de los estados, cual brazo ejecutor, no vacilan en ejercer una virulenta respuesta ante un pueblo armado por un anhelo de libertad. Fotografía que bien se encargan de transmitir con pulcra nitidez la imagen de los pobres desamparados a los mandos de un tanque, portando porras y armas, frente a aquellos despiadados y malignos terroristas, temibles portadores de pancartas, que vienen con sus perros y sus flautas a destruir ese maravilloso sistema.

Sin ninguna duda, el problema de fondo deriva en un sistema, el capitalista, que además de profundamente injusto, carente de humanidad y falto de cualquier tipo de ética o moralidad, es un sistema decadente, agonizante y decrépito, sumido en una crisis constante donde es más que nunca necesario un cambio de raíz, radical, que permita a las sociedades tener la capacidad de organizarse de manera distinta. Pero más allá de si nos encontramos ante los últimos coletazos de este monstruo, existe la necesidad de una unidad popular a todos sus niveles, desde su intervención barrial, hasta su concepción más internacionalista, donde los y las trabajadoras, donde los y las oprimidas de los pueblos de todo el mundo se armen de valor, se organicen y pongan fin a esa enfermedad endogámica, cronificada en nuestra sociedad.

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