Sin soberanía energética no hay solución
La historia se repite. Una nueva escalada de tensión internacional vuelve a sacudir el precio del petróleo y del gas, igual que ocurrió con la guerra de Ucrania. El conflicto con Irán y la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz han puesto otra vez de manifiesto la enorme fragilidad del sistema energético global. Por ese paso estratégico circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que explica el impacto inmediato que tiene cualquier amenaza de bloqueo sobre los precios y la economía internacional.
Las tensiones geopolíticas, el papel de países como Venezuela o las políticas impulsadas por figuras como Donald Trump muestran hasta qué punto la energía sigue condicionando la política internacional y los equilibrios económicos. Dependemos de un sistema vulnerable, concentrado y expuesto a conflictos que escapan completamente al control de la sociedad.
Ante esta situación, desde plataformas como Stop Fosilak y desde organizaciones como Greenpeace se insiste en que la solución pasa por implantar renovables de forma urgente y a gran escala. El mensaje parece sencillo, cuanto antes llenemos el territorio de aerogeneradores y placas solares, antes reduciremos la dependencia del petróleo.
Sin embargo, en estos discursos echamos en falta algo fundamental, la soberanía energética. No basta con cambiar unas fuentes de energía por otras si no hablamos de quién controla la energía, cuánto consumimos y qué modelo económico queremos sostener.
En Euskal Herria el debate se está orientando hacia la implantación de macroproyectos energéticos promovidos por grandes empresas energéticas y fondos de inversión. Proyectos que ocupan miles de hectáreas de suelo rural, tanto privado como comunal, afectando terreno forestal como montes, matorrales, pastos naturales y agrícolas, transformando el territorio mientras se presentan como imprescindibles para salvar el clima.
El problema es que se simplifica el debate hasta el punto de hacernos creer que las renovables pueden sustituir completamente al petróleo sin modificar el modelo de consumo. Y eso no es cierto. El petróleo no solo se utiliza para producir energía eléctrica, sino en transporte pesado, aviación, industria, agricultura, petroquímica, etc. Pensar que basta con electrificar para resolver el problema es ignorar la complejidad del sistema económico actual.
Además, el discurso que se centra únicamente en el cambio climático deja en segundo plano otros límites ecológicos que ya están superados, como la pérdida de biodiversidad o el cambio de uso del suelo. Implantar infraestructuras energéticas a gran escala también tiene impactos ambientales, y no se puede proteger el clima destruyendo al mismo tiempo los ecosistemas que sostienen la vida.
Tampoco se habla lo suficiente del extractivismo necesario para fabricar paneles solares, aerogeneradores o baterías. Minerales como litio, cobre, cobalto o tierras raras se extraen en países del sur global, con impactos sociales y ambientales importantes. Cambiamos el petróleo por minerales, pero no cuestionamos el nivel de consumo que impulsa esa demanda creciente de recursos.
Aquí aparece una contradicción importante. Se habla de decrecimiento, pero al mismo tiempo se defienden macroproyectos industriales que requieren grandes cantidades de materiales, energía fósil («stop fosilak») y ocupación de suelo. Si no reducimos el consumo energético y material, el despliegue renovable se convierte en otra nueva fase de expansión industrial.
Desde nuestro punto de vista en Araba Bizirik, el debate se está planteando de forma incompleta. No se trata solo de cuántas renovables instalamos, sino de cómo reducimos nuestra dependencia energética y cómo recuperamos capacidad de decisión sobre la energía. Sin soberanía energética, el riesgo es sustituir la dependencia del petróleo por una nueva dependencia tecnológica y de materiales, controlada por los mismos grandes actores económicos de siempre.
La verdadera respuesta pasa por reducir el consumo, priorizar la generación distribuida, democratizar la energía y sobre todo, defender el territorio. No por sustituir una burbuja fósil por otra burbuja renovable.
En Euskal Herria necesitamos un debate honesto que tenga en cuenta todos los límites ecológico y no solo el climático. Porque si la solución consiste en industrializar el territorio para mantener el mismo modelo de consumo energético, entonces no estamos cambiando el sistema, solo estamos cambiando la tecnología.
El verdadero debate no es renovables sí o renovables no. El verdadero debate es quién tiene el control, cuánto necesitamos para vivir bien, qué recursos tenemos y cómo los aprovechamos. Todo ello, teniendo en cuenta que las generaciones que vienen por detrás y los demás seres vivos, también tienen derecho a vivir.
Sin soberanía energética, no hay solución real.