Sobre el arte, el desamor y la toxicidad. Una aproximacion desde Frida Kalho.
Me encanta Frida. La imagino valiente, ingeniosa, sensible, desgarradora, amiga de sus amigos; TEMPERAMENTAL (sí, así con mayúsculas, así es como se debe escribir, como su nombre) pero del mismo modo que Nietzsche no fue el Super Hombre que anhelaba; Frida no fue una Super Mujer lejos de lo que yo había creído mucho tiempo atrás.
Con esto no quiero decir que no fuese una artista extraordinaria (es mi preferida) ni tampoco digo que su personalidad y todo lo que tocase no fuese arrollador. Frida tenía el don de la magia; ya dije que era sensible, amiga de sus amigos y algunas cosas más, que le alejaban –a día de hoy también le alejarían– sustancialmente de la masa. Pero le faltó algo, a Frida le faltó algo indispensable, imprescindible, necesario. Algo que bajo mi punto de vista le hizo morir mucho antes de su muerte (sí, para bien o para mal, hay muchos tipos de muertes; unas transitorias, otras definitivas. Unas coinciden con tu muerte biológica, otras no. Unas te llevan al renacimiento, otras se perpetúan infinitamente como un eterno retorno). A Frida le faltó quererse, le faltó mimarse, le faltó su habitación propia, su rinconcito de color donde refugiarse incluso de sí misma, para sanarse, para cultivarse, para honrarse. Frida amó mucho, amó incondicionalmente, sin medida, amó hasta desgarrarse. Amó a un hombre que no lo merecía. No se merecía un amor como el de Frida. No merecía ni su tiempo, ni su poesía. Tampoco merecía sus lágrimas, ni su tristeza. Diego no merecía su dolor; merecía una patada que le llevase lejos, al destierro de la vida de Frida, al destierro de sus ilusiones, al destierro, incluso de su pintura en particular y de la pintura en general. Sin embargo, ella, no abandonó, transitaba en el sí y el no, en ese venenoso querer y no poder; poder y no querer. No fue capaz de cortar el cordón, absolutamente tóxico que le unía a su obsesión.
Frida creó, sí y creó cosas extraordinarias, trazó palabras que se citan y recitan hoy constantemente en cualquier tipo de circunstancia, tejió dibujos inmensos impecables, bellos, grotescos, bizarros, ¡extraordinarios! Pero quienes valoramos a Frida nos hubiésemos conformado con menos producción, con menos talento incluso, con menos casa azul y más casa llena. Más casa repleta de amor propio, de autoestima, de felicidad, de sonrisas, de alegría. Eso es lo que le faltó a Frida; y ninguna obra maestra vale o canjea la felicidad de una Diosa; ninguna obra merece la pena si el costo a pagar es la desgracia. Frida, en su obsesión perdonó a Diego, le reperdonó y le volvió a perdonar; al gran muralista, el charlatán, el embaucador, al embustero. Sí, Frida fue muy generosa con otros, de ese modo tan cruel que te pisotea la autoestima hasta ser capaz de arrancarte la piel. Hasta ser capaz de vaciarte de ti misma, de tu esencia y de tus principios.
Pues bien, Diego, yo veo tu obra, y no me quedo en la cara social, la simpática, la cara amable que siempre tiene el maltratador –con más o menos talento– ¡no me asiento en la pose progre del anti-imperialista que detestaba a los gringos que tan bien sabias gestionar! Veo efectivamente el muralista que sabía pintar, que sabía disfrazar con la pintura y con el arte del lenguaje. Araño, rasgo un poco más, rasco y no es sólo eso lo que encuentro, me topo la esencia y veo al déspota, al egoísta. Al sinvergüenza –sí por qué no decirlo– que tiene uno de los deméritos más significativos de ese tiempo que vivisteis: machacar y pisotear uno de los corazones con más color y viveza que ha parido nuestra historia relativamente reciente. Frida te perdonó, Diego Rivera. Yo no. Yo abogo por el amor templado, vivo, honesto, igualitario de ese que se merecía La Kalho y que tú jamás le diste.