Son 50 años
Son 50 años. Pero no 50 años de conflicto, como se empeñan algunos. El conflicto, o mejor dicho, la lucha y la resistencia contra la ocupación colonial del Sáhara Occidental comenzó mucho antes, mucho antes incluso de que España declarara ante la Conferencia de Berlín (1884) que ponía ese territorio y sus gentes bajo su «tutela». Tenemos noticia de ataques y rebeliones contra españoles, portugueses, ingleses y franceses que pretendieron establecerse en esa costa, al menos desde el siglo XV. Pero esa es otra historia, una historia que, por cierto tienen que contar sus protagonistas, los hombres y mujeres del Sáhara Occidental, porque el relato colonial ya se ha repetido en exceso.
Son 50 años de la República Saharaui. Un estado nacido contra el abandono y la traición del Estado español, en medio de una guerra de ocupación por parte de Marruecos y Mauritania para proteger y guiar a todo un pueblo.
Era una fría noche del 27 de febrero de 1976, en un lugar del desierto llamado Bir Lehlú, cuando un grupo de jóvenes, que se agrupaban en el Frente de Liberación de la Saguía el Hamra y Río de Oro (Frente Polisario) declararon la independencia de su territorio de toda dominación y proclamaron la constitución de la República Árabe Saharaui Democrática, la RASD, un nuevo estado libre africano.
Era una declaración de independencia frente a los nuevos intentos de asimilación y de soberanía sobre un territorio cuyas riquezas ya eran una gran tentación para otros estados y empresas. Pero, sobre todo, era una forma de organizar a un pueblo que se dispersaba por el desierto huyendo de los núcleos urbanos que iban ocupando los ejércitos marroquí y mauritano, según las zonas.
Un despacho de la agencia Efe, fechado en Argel el 29/01/1976, explicaba lo que estaba ocurriendo:
«Las tropas de Rabat están realizando actos de salvajismo inaudito contra los saharauis que se han refugiado en esta zona liberada.
Entregados a un verdadero genocidio, las fuerzas armadas reales asesinan a todos los habitantes que encuentran, destruyendo los campamentos y entrando a sangre y fuego en la zona. Tratan de liquidar a todo un pueblo para imponer la «paz de los cementerios» en el Sáhara Occidental».
Grupos diversos de personas, en su inmensa mayoría mujeres, niños y ancianos, casi todos en condiciones muy precarias, por la premura con la que tuvieron que abandonar sus hogares, intentaban alcanzar alguno de los improvisados campamentos que se habían instalado en medio del desierto.
Vivíamos tranquilamente en la zona de Smara hasta que llegó Marruecos, por lo que tuvimos miedo, pánico y huimos a pie, no teníamos nada que ponernos, ni comer, ni beber, recuerda Hadina Mahmud en el libro de Carlos Martín Beristain Los otros vuelos de la muerte. Desde el norte se concentraron en torno a Amgala o Tifariti. Los que venían del sur, de La Güera, por ejemplo, se dirigían al campamento de Um Draiga. Este era un campamento bastante numeroso pero improvisado.
Había gente que solo tenía melhfas, había jaimas, también otros que van a una acacia quitan lo de abajo y bajo las ramas hacen como un cobijo, también bajo unos arbustos se hacía una especie de hogarcito, y algunos hacían una trinchera y la tapaban con ramas de los árboles.
Jnaza Labeid. Había 2 dispensarios. Sin embargo, no había protección ni presencia militar. Las tropas del Polisario se encontraban lejos para evitar que fuera objeto de agresión y los combates se desarrollaban bastante lejos de este emplazamiento, a más de 70 kilómetros de distancia. Entre el 19 y el 21 de febrero, la aviación marroquí, con el apoyo directo de aviones Jaguar franceses, ametralló y lanzó bombas incendiarias de Napalm y fósforo blanco contra el campamento, al menos en 5 ocasiones. La primera bomba fue dirigida contra el dispensario y fueron destruidos el pozo y la cisterna de agua.
No hay un registro claro de muertes y heridas; están confirmadas entre 100 y 200 las personas fallecidas, entre ellas familias enteras y más de 70 las heridas graves, otras fuentes hablan de 2000 o 3000 víctimas. Estos son los ataques a la población civil mejor documentados, pero se realizaron en los campamentos de Guelta, Amgala y Tifariti. Los testimonios son desgarradores.
La otra imagen que me impresionó mucho fue la de una mujer que se llamaba −creo recordar− Fula Mohamed Abdalahi que estaba recostada de lado dándole el pecho a una criatura y tanto ella como la criatura quedaron carbonizadas. Cuando intentabas tocar parte de su cuerpo, se deshacía en tus manos. Sid-Ahmed Baba Chej.
Gurutze Irizar, una enfermera vasca que se encontraba en el lugar recuerda el horror: En Um Dreiga yo recogí esa tarde trozos y trozos (de cadáveres)... En sacos. Eso cuanto es 100, 50, 80 [...] En aquel momento, ¿quién estaba para llevar contabilidades?
Es el testimonio de que la solidaridad estuvo presente desde el principio. España no había abandonado aún ni la administración ni el territorio. Lo hizo algunos días después. El Frente Polisario respondió trasladando los campamentos fuera del territorio, a la región fronteriza de Tinduf, en Argelia y proclamando, el 27 de febrero, la República Árabe Saharaui Democrática.
Este y otros crímenes de guerra y de lesa humanidad contra el pueblo saharaui siguen esperando que se haga justicia. En estos días en que la memoria democrática ha merecido algunos titulares de los medios de comunicación –el 23F, los sucesos del 3 de marzo...− la cuestión del Sáhara Occidental sigue siendo una asignatura pendiente, no solo para las instituciones y partidos de gobierno, sino para el conjunto de la ciudadanía vasca y del estado, que sigue sin querer asumir su cuota de responsabilidad como potencia colonial. Porque, lo queramos reconocer o no, lo que hoy ocurre en el Sáhara – el exilio y su carga de miseria, la represión, la explotación ilegal de los recursos, la sustitución demográfica por colonos, etc., es una consecuencia de la política colonial del estado a lo largo de todo el siglo XX y muy especialmente de los gobiernos de estos 50 años.
Son 50 años de intentar ocultar la realidad, de negar responsabilidades, de pretender limitar el conflicto a un problema humanitario. Pero, también son 50 años de resistencia, de construir un estado en el exilio, de reivindicar el derecho y los derechos, de educación y sanidad universal, de diplomacia y negociación.
Son 50 años, pero no bastan para tapar los crímenes ni enterrar la memoria. Seguiremos alzando la voz hasta conseguir la justicia y reparación que las víctimas de la última aventura colonial española merecen. Y estos días queremos sumar esa voz a todas las que piden también verdad, justicia y reparación para las víctimas del 3 de marzo de Gasteiz.
Son también 50 años.
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