Aleyda Gaspar González
Periodista e historiadora mexicana radicada en Iruña

Son otros tiempos, señor Julio

Don Julio está «preocupado» por su reputación. Se encuentra «triste», dicen sus allegados, y él mismo expresa que no puede creer que haya tanta maldad en el mundo. Cuánta inocencia se puede tener a los 83 años, quizás un poco menos que la de dos jóvenes de 25 que lo acusan de aborrecibles vejaciones contra su cuerpo y su dignidad. Cuánta sorpresa, nadie lo imaginaba, nadie, aunque decenas de vídeos testimonian los actos de acoso sexual que el latin lover español realizó contra muchas presentadoras de televisión, actrices, coristas y fans que lo sufrieron durante décadas. Pero no, eso no era acoso, eran otros tiempos, en todo caso solo era un «tocón» o como mucho un «baboso» al que le gustaba «robarle besos» en público a mujeres jóvenes y guapas.

Y si eso hacía frente a las cámaras, porque era muy «cariñoso», ya podemos imaginar las concesiones que podía adjudicarse en privado. Y así lo hizo. Solo que, efectivamente, son otros tiempos, donde la trata de personas, las agresiones sexuales, la imposición de trabajo forzado, la servidumbre y las lesiones son delitos. Pero probablemente, en su inocencia, el «Señor» (como exigía que lo llamaran) no lo sabía y la red de cómplices que lo sostuvieron eran igual de cándidas y buenas personas. Las malas son esas dos jóvenes exempleadas latinoamericanas que lo han denunciado ante la Fiscalía española porque, vamos a ver, ¿por qué tendríamos que creerles? ¿Por qué no denunciaron antes? ¿Por qué no lo hicieron en su país? ¿Por qué no se fueron si les estaba pasando eso? ¿Qué se esconde en realidad tras estas acusaciones contra el «cantante más universal de todos»? Como lo describe Isabel Díaz Ayuso, quien en nombre de la Comunidad de Madrid y para darle fuerza a su defensa agregó que «las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda».

Está visto que la hipocresía y el cinismo no traspasan sus límites, solo los revitalizan en su conocida ruta: revictimizar, cuestionar e invalidar a las víctimas que describen el infierno que enfrentaron en el exclusivo y solitario complejo habitacional en Punta Cana del famoso vejete multimillonario, que a decir de muchos «es como un rey en República Dominicana». Nuevamente y al minuto uno, se puso en marcha el andamiaje del poder sostenido en un sistema de privilegios neocoloniales sexistas, clasistas y racializantes. Bien claro lo tenía el otrora semental ibérico cuando les decía lo que ellas ya sabían: «A ti nadie te va a creer».

En efecto, en el discurso hegemónico no caben las disonancias, hablar de opresiones da asquito cuando afectan a los hombres-mito, aquellos que han construido una idea de masculinidad triunfante por haberse follado a «más de tres mil mujeres» −y bajo el amparo del poder mediático y los poderes fácticos neofranquistas− puede darse el lujo de elegir a jóvenes, guapas y latinas para servir en su palacete feudal fortificado por la impunidad. «Una tolera ese tipo de abusos porque él te enseña a normalizarlos», señala una de las jóvenes que lo acusan y es hoy testigo protegida.

Ay pena, penita, pena que da el decrépito playboy hijo del falangista Papuchi, al pobrecito lo pilló desprevenido la maldad que hay en el mundo y el cadáver en su patio, su prestigio social está en la coladera y a lo mejor algo peor para el exsemental ibérico, algunas de esas tres mil han empezado confesar que, la verdad, era un pésimo amante. Si Paquita la del Barrio lo tuviera delante, con gusto le cantaría Taco Placero: «Y debería callarme, tal como lo hace una dama, pero ahora van a enterarse, que eras un fiasco en la cama»

Son otros tiempos, Julio Iglesias, y efectivamente, la verdad terminará por salir a la luz.


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