Jabiertxo Andiarena Martinez

Tiempos de cine

Vuelve la temporada de cine, vuelven los festivales, los premios, el glamour de las alfombras rojas y los grandes estrenos, entre los cuales inevitablemente nos toparemos con una nueva película relacionada con ETA. Catorce años después de que ETA cesase su actividad armada y siete desde que la organización armada independentista se disolviese definitivamente, parece que los complejos de la industria del cine a la hora de tratar la existencia y actividad armada de ETA en particular y el llamado conflicto vasco en general van remitiendo y ya es costumbre que haya un estreno anual con dicha temática. Una circunstancia que a priori podría parecer positiva como reflejo de una cierta normalización política, pero que no lo es tanto, puesto que evidencia que a la industria cinematográfica vasca, española e internacional le falta mucho todavía para encarar los últimos cincuenta años de la historia de nuestro país –se considere este Euskal Herria o España− con un enfoque más plural y crítico.

Atrás quedaron apuestas como "Operación Ogro" (Gillo Pontecorvo, 1979), "Días contados" (Imanol Uribe, 1993) o "La pelota vasca, la piel contra la piedra" (Julio Médem, 2003) estrenadas en tiempos en los que tan solo tratar el tema era profesionalmente suicida. Luego llegaron "Asier eta biok" (Aitor Merino, 2013) e incluso una comedia como "Fe de etarras" (Borja Cobeaga, 2017). Más cerca en el tiempo quedan propuestas como "Patria" (Aitor Gabilondo, 2020), "Maixabel" (Icíar Bollaín, 2021), "Lobo" (Miguel Courtois, 2024), "No me llame Ternera", (Jordi Évole, 2023) o la más reciente "La infiltrada" (Arantxa Echevarría, 2024). A punto de estrenarse en el Zinemaldi de Donostia nos llega ya "Un fantasma en la batalla" dirigida por Agustín Díaz Yanes y producida por J. A. Bayona y que, a tenor de lo publicado, parece que sigue la estela de su predecesora. Películas todas ellas que con apenas leer sus sinopsis pueden clasificarse en dos grupos muy diferenciados: las realizadas buscando enfoques amplios y diferentes más cercanos y ecuánimes a la realidad del conflicto −las menos por desgracia− y otras cuyos guiones parecen redactados en un oscuro despacho de un Ministerio de Propaganda.

Vaya por delante que ni de lejos soy un entendido del séptimo arte, por lo que no es mi intención en ningún caso ejercer de crítico de cine y comentar las películas mencionadas −aunque el impresentable blanqueo de la tortura policial que subyace en "La infiltrada" merecería un artículo aparte−, pero no entender de cine no es óbice para que a uno le preocupe como cuenta el cine la historia de su pueblo y llegados a este punto es absolutamente imposible obviar la incapacidad de la industria del cine para abordar cinematográficamente el llamado «conflicto vasco» sin otras gafas artísticas que no sean las del relato oficial español, un relato de parte y en gran medida falsario.

Hablando en lenguaje cinematográfico y para que me entiendan ustedes, señores y señoras productoras y directoras: ¿Para cuándo un "En el nombre del padre" (Jim Sheridan, 1993), un "Bloody Sunday" (Paul Greengrass, 2002), un "El viento que agita la cebada" (Ken Loach, 2006), o un "Hunger" (Steve McQueen, 2008) «a la vasca»?

Por desgracia, la historia reciente de Euskal Herria les proporciona a ustedes acontecimientos que podrían inspirar grandes películas y, sin embargo, estas historias no parecen ser de su interés: San Fermín 78, Gasteiz 3 de Marzo, el Triángulo de la Muerte de Gipuzkoa, la desaparición de Naparra, Bahía de Pasaia, el caso Lasa y Zabala, el caso Zabalza, el caso Arregi, la Foz de Lumbier, la dispersión y los niños de la mochila... Y por supuesto, la joya de la corona (borbónica) con la que podrían ustedes filmar una serie de varias temporadas: El BVE, los GAL, Intxaurrondo, superjueces, oligarcas, policías y militares corruptos, mercenarios fascistas extranjeros, torturadores condecorados, prostitución y tráfico de drogas, eliminación de testigos... Terrorismo de estado a gran escala organizado y dirigido por gobiernos españoles de diferentes colores, todo ello financiado con fondos reservados del estado y con un par de villanos de primera en la cúspide del tinglado, primero un franquista como Martín Villa y segundo un «desconocido» Señor X». ¡¿Se puede pedir algo más cinematográfico?! Los Soprano al lado de la «ejemplar» historia de la democracia española parece una serie infantil!

Anímense señores y señoras cineastas y emulen a sus colegas anglosajones, todos ellos directores de gran prestigio internacional que tuvieron la valentía, inteligencia y profesionalidad para llevar a la gran pantalla la otra realidad del conflicto político y armado que vivía su país. Acérquense al sufrimiento de «la otra parte» de este pueblo y empaticen con esas otras miles y miles de víctimas. Atrévanse a hacer como Jim Sheridan, Ken Loach y compañía y hagan un cine que vaya más allá de los interesados límites del relato oficial. Cambien la luz monocolor que hasta ahora ilumina sus películas sobre la historia reciente de Euskal Herria, giren las cámaras y lleven a la gran pantalla esas otras historias que también han acontecido y quizás entonces podremos hablar de arte. Mientras no lo hagan, su actividad −por muy profesional que sea, no lo pongo en duda− se queda solo en «séptimo» puesto que el arte o es incómodo e independiente o no lo es. Tiempos de cine... de cine vergonzosamente domesticado.


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