José Félix Azurmendi
Periodista

Txillar desarmado

De un reciente homenaje a Txillardegi se han destacado las palabras de Sarri en las que viene a decir que las únicas armas que empuñó José Luis fueron las que esgrimió mientras hacía el obligado servicio militar en El Ferrol del Caudillo, tiempo en el que, también esto se ha destacado, cualquier tentación de novela política estaba vetada, que es lo que explicaría su opción por la temática de "Leturiaren egunkari ezkutua". También yo sé, como Sarri, que nunca empuñó un arma ni mientras militó en ETA ni después. Que a José Luis Álvarez Enparanza se le han hurtado merecidos reconocimientos por parte de las instituciones dirigidas o influidas por el PNV es evidente, pero no me parece que haya sido por su militancia «armada» en una ETA que abandonó con publicidad en 1967, cuanto la organización todavía no había disparado un tiro, lo que, por cierto, le hacía objeto de burla por parte de dirigentes jeltzales porque –decían− amagaba y no daba.

Entre los papeles de Manuel Irujo hay uno, sin comentarios, que recoge un pasaje traducido del libro "Elsa Scheelen" que dice así: «En nuestra casa solo se hablaba de Dios para blasfemar. Dicen que mi padre solía decir que si Dios existió fue un hijo de puta. Las casas de putas son creaciones capitalistas, a donde se llevan las hijas del pueblo». La cita, en la página 38 de una novela editada por Aresti en Kriselu y escrita desde su exilio de Bélgica, fuera ya de ETA, resume todo lo que Irujo y otros compañeros suyos podían recibir como el mayor pecado para sus creencias político-religiosas. Para ellos, que fuera puesto en boca de un personaje de novela no le exculpaba al autor, un autor del que empezaron a recelar tempranamente y habían investigado hasta en sus raíces familiares. Txillardegi se manifestaba abiertamente ateo en un tiempo en el que una personalidad como Manuel Irujo se interesaba por saber y extraer conclusiones a partir de que un determinado etarra cumpliera o no con el precepto dominical. Lo sé porque entre sus documentos está la ficha que me hizo anotando datos familiares y consignando que no era practicante, católico naturalmente: año 1966, alguien se lo debió contar. En ese ambiente, Txillardegi representaba lo que más podía descolocar a aquellos católicos que habían hecho de sus creencias religiosas cuestión de fe, de costumbres, y también de alineamiento político-social. Manuel Irujo era liberal, en su acepción más limpia, en muchas cuestiones, pero era como practicante católico, muy conservador. 

Al faro político-religioso de los dirigentes jeltzales de esa generación, al canónigo marquinés Alberto Onaindia (padre Olaso), le escandalizaba de «la gente de ETA» que empezaba a dejarse sentir a finales de los sesenta y comienzos de los setenta por las calles de Donibane que vivieran en pareja sin casarse, que tomaran la píldora para evitar tener hijos, que les pusieran a estos nombres paganos como Saioa, Intza, Urko, Kimetz, Ekaitz, Hegoi, Iraultza... También a Irujo, con la particularidad de que este extraía conclusiones políticas de ello, consciente, viviendo en París y Londres, que venía con el signo de los tiempos, que el viento soplaba a favor de esa generación que sentían tan extraña, que conmovía su intimidad. Y Txillardegi, familiarmente muy convencional, nada rompedor, era para ellos un representante avanzado, si no un impulsor cualificado de todo lo socialmente nuevo que venía, así fuera a través de sus personajes. Ni el euskara batua, ni su «h» se libraban en ese tiempo de los recelos y temores de aquella generación que, sin embargo, había tenido en su juventud comportamientos avanzados. 

Creo yo que habría también otra explicación más pedestre para explicar el choque de los nuevos y viejos exiliados vascos: los nuevos, con sus imprudencias, con sus planteamientos radicales en tierra de refugio, ponían en riesgo una estabilidad dificultosamente conseguida y mantenida ante la Administración francesa, a unas edades en las que eso pesa mucho. Y en el caso de José Luis Álvarez Enparanza podría haber influido también una radicalidad, una consecuencia, una vehemencia que desnudaba pasividades y debilidades ajenas, en especial las que tenían que ver con el euskara, que resultaban antipáticas, aunque en el fondo fuera un ser dulce y amable. Muy poco violento.

Bilatu