Mauricio Andrés Pabón Lozano
Exiliado político colombiano residente en Arrasate

Un poquito de coca para los nervios

El buque que me traía de la Martinica presentó un intento de pérdida de carbón que nos llenó de miedo a todos, incluso al capitán. Todos estábamos hambrientos la noche anterior a nuestra llegada a Puerto Príncipe. Los marineros tomaban ron con agua de coco para mitigar los latigazos puntuales que produce el hambre. El capitán había tolerado esta conducta porque ya no quedaba comida en el buque; había una atmósfera pesada, probablemente causada por el hambre. 

Los marineros fumaban tabaco virgen en pipas haitianas y hablaban en criollo, aunque también se escuchaba francés. En ese entonces, yo trabajaba de cocinero porque no había trabajo para juristas en el buque. Cuando comprobé que no quedaban más pescado ahumado, maíz ni habichuelas, informé al capitán en persona. Él no mostró alarma aparente; solo se limitó a decir que sirviera latas de sardinas por ración y que friera plátanos con ocumo sancochado. 

Así lo hice durante los últimos días del verano, hasta que apareció el primer marinero muerto. Estaba en la cubierta, boca abajo, con las manos extendidas en posición anatómica y una porción abundante de baba fresca en la boca. Todos los marineros rodearon el cadáver mientras el capitán estaba junto a la proa, fumando tabaco sin pipa. Uno de los marineros giró el cuerpo, y este emitió un eructo de otro plano que nos asustó a todos; a continuación, vomitó como si no estuviera muerto. 

Después, buscaron en las bodegas del buque cal en estado puro y empolvaron el cuerpo del marinero con la idea de mantenerlo intacto hasta tocar tierra. Todos pasaban de manera mecánica una botella de ron que estaba a menos de la mitad, pero nadie pronunciaba palabra. Buscaron lienzos crudos y colocaron el cuerpo sobre una cama de cal; luego lo cubrieron completamente con más cal. 

El capitán ordenó que cada quien continuara en lo suyo y me llamó a la proa. «¿Cuánta comida queda?», preguntó. 

«Dos cajas con latas de sardinas», respondí. 

«Con esas cajas llegaremos bien», contestó. 

Le estaba dando los detalles de la alacena cuando en el horizonte tronó de forma tenebrosa y, en plena luz del día, todo oscureció. El buque se precipitó por aguas mansas, balanceándose de un lado a otro, con veinticuatro olas mal contadas por mí que nos amenazaron de veras. «No es nada importante», gritó el capitán al tiempo que intentaba, con heroísmo, encender su pipa. 

Quien ha vivido con hambre cuatro días sabe lo que digo. Sentí mi pantalón mojado en la parte lateral de las nalgas, y el olor fétido a excremento fresco me hizo entender que, en efecto, me había defecado en los pantalones. Tres marineros más no emitieron ningún tipo de burla; la prueba final de un excelente hombre de mar es cagarse en los pantalones. 

La lluvia que caía a chorros sobre el buque me lavó por completo. Todos estábamos sacando agua en latas cilíndricas, en un trabajo cada vez más asimétrico, sintiendo que era en vano. Salí como pude de la proa y bajé por la escalera que conducía a la cocina, buscando unas hojas de coca pura que traje conmigo el día que zarpé de Riohacha. 

Las encontré debajo de la cama de mi camarote y repetí el recorrido hasta llegar a la proa. Comencé con el capitán, a quien le di dos hojas y le dije que las masticara. Para entonces, el capitán ya me consideraba uno de los suyos, y masticó las hojas sin decir nada. Luego continué marinero por marinero, y todos comenzaron a masticar. Yo mismo me introduje seis hojas y las mastiqué sin prisa. 

Algunos marineros no lograron digerir las hojas de coca y comenzaron a vomitar. El capitán me miró y me dijo cosas que no entendí; tenía la boca llena de verde y hablaba en francés, con palabras que caían rotas una vez pronunciadas. 

El tiempo se calmó y entramos en un mar cristalino que anunciaba tierra firme. Fue entonces cuando se presentó un intento de pérdida de carbón que nos llenó de miedo a todos, incluso al capitán.


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