Militante de la izquierda abertzale
Una reflexión sobre el PNV

«Cada vez que el PNV ha percibido un peligro real en su supremacía sobre la izquierda abertzale ha frenado y puesto marcha atrás, alejándose del soberanismo para buscar complicidades con el unionismo español.»

2013/03/26

Si comparamos el actual momento político con una máquina de vapor, diríamos que hace falta más presión en la caldera para romper el bloqueo actual en el proceso democrático y avanzar con la debida energía y velocidad hacia una resolución integral del conflicto, que cierre definitivamente la última fase del ciclo anterior y coloque a Euskal Herria en la buena vía hacia su porvenir como nación soberana.


Tenemos una evidente necesidad de generar más presión para hacer insostenibles las posiciones de comodidad inmovilista por un lado y, por otro, forzar a implicarse en la labor a quienes están mas preocupados en la protección de sus objetivos de partido que en los intereses de la sociedad vasca.


Está claro que el Gobierno español del PP no tiene, por el momento, intención de implicarse en una resolución integral del conflicto entre su estado y Euskal Herria. Tienen tantos frentes abiertos que mientras no se vean obligados, de forma ineludible, a prestar la debida atención al proceso político vasco no harán otra cosa que aferrarse al pasado y marear la perdiz con retórica caducada. No olvidemos que los estados que nos ocupan no están precisamente para ayudar en el camino sino para todo lo contrario.


Para romper esa inercia negativa que nos obstaculiza el futuro hace falta una potencia de avance que debemos generar desde la sociedad vasca y sus agentes políticos, sociales, sindicales; desde la activación y la movilización. En esa imprescindible tarea para el porvenir de nuestra nación es fundamental la actitud que adopte el PNV como estructura política, pues es la otra gran sensibilidad nacional de Euskal Herria y, además de ostentar en la actualidad el Gobierno de Gasteiz, mantiene unas particulares relaciones históricas con la metrópoli española.
Lamentablemente, nos estamos encontrando con que este PNV no da muestras de estar dispuesto a implicarse en el desbloqueo de la situación ni avanzar hacia el cierre de la anterior fase, encarando como es debido el tema de prisioneros, exiliados y otras consecuencias del conflicto. Lejos de ello, lo diluye en un asunto de prioridades, echa cortinas de humo a cada paso para enmascarar su inacción derivando la responsabilidad a otros, y además prefiere buscar complicidades por Madrid que entre sus propios compatriotas, como si por «indio bueno» le fueran a tener más en consideración. ¡Y decir «estamos trabajando con discrección»!


No me cabe la menor duda de que a este PNV le pasa como al PP, que no siente el mínimo apremio y eso le facilita la capacidad de maniobra. Su propia base social es manifiestamente partidaria de una implicación del partido en un proceso de resolución integral, porque incluso muchos de ellos sufren en sus propias carnes, en sus propias familias, la sevicia de la política penitenciaria y el exilio; no entienden que los prisioneros sigan dispersados y en iguales o incluso peores condiciones que en la fase anterior. Pero si el PNV, como partido, no siente el empuje ni desde dentro ni desde fuera, entonces se ve con los manos libres para jugar cómodamente y sin prisas sus cartas en atención prioritaria a intereses partidarios. Es lo que está haciendo en la actualidad.


A nadie le cabe la menor duda sobre el origen y fundamento del inmovilismo del PP; pero, ¿por qué el PNV no se implica en un proceso político que es vital para el futuro de Euskal Herria? La respuesta reside en la pugna por la hegemonía del universo abertzale. Cada vez que el PNV ha percibido un peligro real en su supremacía sobre la izquierda abertzale ha frenado y puesto marcha atrás, alejándose del soberanismo para buscar complicidades con el unionismo español. Ocurrió en el periodo de Lizarra-Garazi y vuelve a suceder ahora. Su análisis de coyuntura al cierre de las últimas citas electorales parece concluir que si el proceso democratico avanza bien, la izquierda abertzale gana credibilidad y amplía su implantación en el seno de la sociedad vasca, al tiempo que el PNV pierde terreno político y comienza a ponerse en cuestión su hegemonia. La situación se traduce inmediatamente en un retraimiento del impulso abertzale jelkide junto a una febril tendencia a levantar barricadas al paso de la izquierda abertzale. Es la instintiva manifestación del miedo a perder la supremacia, a dejar de ser la principal referencia del nacionalismo vasco ante la sociedad de Euskal Herria y del mundo.


En semejante encrucijada, los burukides no están dispuestos a apostar por hoja de ruta alguna que no controlen o que, en cualquier forma, otorgue protagonismo a la izquierda abertzale, aunque ese plan de resolución fuera el idóneo para la ciudadanía vasca. El ejemplo más flagrante lo hemos tenido en relación a la Conferencia de Aiete, donde la formación jelkide pasó de una inicial implicación antes del fin de la campaña armada de ETA a un posterior descuelgue, una vez formalizado el objetivo del cese militar por parte de la organización y comprobado el evidente incremento de la credibilidad social hacia la izquierda abertzale. La cuestión es derivar el foro hacia otro marco en el que los jelkides puedan llevar las riendas desde el comienzo y la izquierda abertzale no sea más que otro elemento del conjunto. Una vez recuperada Lehendakaritza, el Parlamento de Gasteiz es el escenario ideal para las pretensiones del PNV, para lo cual cuenta con la colaboración del PSE, a quien también le interesa dejar Aiete en la cuneta. Desde la Cámara vascongada serían ellos quienes marcaran ritmos, establecieran prioridades y agenda y desarrollaran iniciativas, teniendo a Urkullu como maestro de ceremonias, eje e interlocutor único para todo lo referido a la «normalización política» y la convivencia.


Si bien está claro que esta es la pretensión del PNV, los jelkides son perfectamente conscientes de la capacidad de incidencia de la izquierda abertzale, de ahí que una de sus prioridades sea, igualmente, colocar el foco de atención a este lado con una permanente exigencia de autocrítica e incluso de reniego de nuestro pasado y recorrido político. Derivan hacia nosotros la presión y, al mismo tiempo, se lo relajan al PP, que, así no se siente solo y toma aire. El tema del pasado político preocupa gravemente al PNV, pues no olvidemos que nosotros siempre hemos sostenido que ha sido su histórica inacción y su colaboracionismo con España uno de los factores principales para la prolongación del conflicto.


Evidentemente, el «relato» que busca el PNV invierte las responsabilidades.


En el mismo sentido al que me he referido de presionar a la izquierda abertzale, este PNV insiste una y otra vez en pedir a ETA su desarme y disolución colocando otro foco de incidencia sobre esa organización. Es una exigencia a todas luces hipócrita, porque conocen de primera mano la situación de absoluta disponibilidad al respecto de ETA, y que si no se producen avances en el sentido del desarme y la desmovilización de sus militantes no es precisamente por deseo de la organización. Así pues, y desde su conocimiento de causa, lejos de valorar en su justa medida la actitud abierta y comprometida de ETA se dedican a despreciar en cada oportunidad sus emplazamientos alineándose con el unionismo más cerril. Al igual que respecto a la izquierda abertzale, el PNV parece, aqui también, el subalterno encargado de liberar de presión al PP y a su Gobierno de España.


A pesar de todo lo dicho, el PNV se encuentra en la tesitura de estar obligado a dar respuesta a unos deseos que son mayoritarios en la sociedad vasca e incluso en sus propias bases jeltzales. Aunque en estos momentos no sea su deseo prioritario, va a tener que dar respuesta a una serie de temas muy sentidos y candentes que para el pueblo vasco sí que son prioritarios. Así, vamos a ver cómo este PNV fija su posición respecto a la situación de los prisioneros; y lo hará, desde mi punto de vista, colocándose como el virtuoso centro entre el PP y la izquierda abertzale, como puente entre ambas orillas. Habrá que permanecer muy atentos a los movimientos del PNV en este terreno, porque los habrá.


Cabe la pregunta: ¿Tendremos a este PNV como aliado en el proceso democrático? Respondería que lo dudo mucho. Aun así, es imprescindible recordar que el PNV no es nuestro enemigo y que nos tocará hacer juntos tramos de este camino hacia la soberanía.


Hace falta más intensidad para desbloquear el proceso, y parte de esa incidencia debe ir, también, hacia el PNV, porque hasta ahora no está sintiendo el debido estímulo para hacerle caminar. La izquierda abertzale está muy fuerte, dispone ya de las herramientas y cuenta con el crédito de la socidad vasca. Luchando con valentía y honradez generaremos la debida energía para alcanzar los objetivos. En los próximos meses reactivaremos la sociedad, y no dudo que los resultados se verán.

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