Álvaro Cía
Sumaconcausa Auzolana

Una utopía posible

Amanece en nuestra pequeña capital de provincia 10 años después de la llegada del Coronavirus, ese pequeño virus que dió vuelta a nuestro sistema

Amanece en nuestra pequeña capital de provincia 10 años después de la llegada del Coronavirus, ese pequeño virus que dió vuelta a nuestro sistema. Vale la pena echar la vista atrás para darnos cuenta de los grandes pasos que hemos dado como humanidad desde entonces, algo probablemente casi sin precedentes, semejante a los avances que se dieron en la Grecia Clásica o en la Revolución Francesa. Sirva este documento de recordatorio para las jóvenes generaciones que apenas conocieron ese pasado.

El Coronavirus nos sirvió para darnos cuenta de la importancia de tener un sistema público de calidad. Antes existía una sanidad privada, en competencia con la pública, que pagaba quién podía permitírsela y que se lucraba con las enfermedades de la gente, al igual que una poderosísima industria farmaceútica cuyos productos no podían comprar en países empobrecidos. Por entonces fue también cuando todas las residencias de personas ancianas se hicieron públicas, pues el virus se cebó en ellas dado que, para enriquecerse, invertían poco en atención y cuidados. Además en la sanidad pública había largas listas de espera y había personas a las que sólo por el hecho de haber nacido en otro país se les negaba la asistencia sanitaria durante varios meses.

Muchos de nuestros alimentos venían de muy muy lejos, contaminando el planeta en su transporte y enriqueciendo a grandes multinacionales. Los pequeños grupos de consumo ecológico existentes se reprodujeron a millares, creando la actual Red de Consumo para la Soberanía Alimentaria en la que compramos los alimentos directamente a las y los agricultores y hortelanos locales, sin contaminación y favoreciendo el empleo local digno. La creación del Oiko y de otras monedas sociales locales también favoreció esto, pues ayudó a consumir productos y servicios locales, frente a la evasión de capital que hacían las grandes transnacionales, ya desaparecidas, que tenían sus sedes en paraísos fiscales, pagaban poquísimos impuestos y acumulaban ingentes cantidades de dinero en muy pocas manos. Todo ello, claro está, sustentado en la extracción de recursos naturales a bajo precio en países empobrecidos y en la explotación laboral de las personas más desfavorecidas del planeta ¡Incluso con trabajo infantil! Curiosamente había medios de comunicación que no solamente no criticaban esto, sino que lo ocultaban y publicaban otro tipo de noticias, que hacían que la mayoría de la gente no les cuestionara porque, a lo sumo, lo que realmente querían era ser ricos como ellos y consumir sin límite. La economía relocalizada fue uno de los grandes avances que nos trajo el Coronavirus.

Hubo otros, como el impulso definitivo de las cooperativas de energía renovable, que acabó con grandes empresas contaminadoras en las que luego se colocaban las y los dirigentes al dejar la política. O la creación de las Cajas de Ahorro Éticas, que ahora sirven a su verdadero fin, el ahorro de la gente y el apoyo al emprendimiento en empresas que benefician al planeta. Aunque ahora cuesta creerlo confiábamos nuestros ahorros a bancos que obtenían grandes beneficios invirtiendo en armamento y en mera especulación, con sedes en paraísos fiscales hechos para evadir capital, y cuyos tentáculos estaban en la política, en los medios de comunicación y en las grandes empresas; todo lo alcanzaban. Todo esto consiguió detener el cambio climático, algo que parecía imparable, más que todo porque había mucha gente poderosa enriquecida a la que no le interesaba detenerlo.

La crisis postvírica fomentó la solidaridad del pueblo. Empezó con los movimientos en barrios y ciudades para asistir a familias y mayores que necesitaban cuidados o ayudarles a hacer la compra u otros menesteres. Y terminó con la creación de la apreciada Red de Autogestión Horizontal, que tanto ha ayudado a la mejora de la vida de las personas mayores, de las necesitadas de cuidados, personas con discapacidad y otras vulnerables. La solidaridad fue el auténtico virus de rebelión que triunfó y se mantuvo tras la crisis inicial. La que nos hizo ser conscientes de nuestra situación privilegiada frente a gran parte del planeta. Claro que todo esto fue posible gracias a que el Estado también asumió sus responsabilidades, instauró la Renta Universal y la reducción de jornada laboral, que permitió que todas las personas, independientemente de su situación y origen, tuvieran un mínimo para vivir. Antiguamente, pese a contar con impresionantes riquezas, había personas que pasaban hambre, que dormían en la calle, o familias de extranjeras que se hacinaban en pequeñas habitaciones, a las que además no se permitía trabajar aunque quisieran y fuera necesario para la sociedad. Otras personas se aprovechaban de esto para explotarlas o para especular con los alquileres enriqueciéndose a su costa. Suena increíble ¿no?

La creación de la Vivienda Pública por Derecho acabó con todo esto. Como lo hizo también la supresión del Ejército y la creación de la Matriz de Ayuda al Entorno (MAE). Teníamos un ejército para guerrear ¿Con quién? Ni idea. Ahora, como sabéis, la MAE ayuda aquí y en el exterior con personal formado en aspectos sanitarios, educativos, en mediación para la paz y en reconstrucción, que realmente pueden colaborar con países en conflicto o víctimas de catástrofes naturales.

El virus también ayudó a ser conscientes de lo que supone estar privado de libertad, sin libre circulación, confinados en casa. Antes se recluía a la gente durante meses y años sólo por tratar de llegar a Europa huyendo de la guerra y de la pobreza. Morían a miles en el mar, mujeres con sus criaturas incluso, porque no se les dejaba venir, ante la indiferencia general. Por fin se abrieron las fronteras, se abrieron las puertas de los CIES y se desmantelaron todos los campos de refugiados.Y toda aquella gente contribuyó al resurgir económico de esta sociedad multicultural y diversa que ahora tenemos. A pasar de un sistema patriarcal a uno matriarcal, con todos sus valores añadidos, que pone el énfasis en la cooperación, no en la competitividad, que ya no lucha por los recursos, sino que los administra y redistribuye, y a una cultura de paz, no de violencia, tanto en las relaciones personales como en las internacionales. En fin, nuestra pequeña ciudad, y el mundo en general, ha llegado a ser lo que es porque muchas y muchos pensaron y actuaron con determinación para que así fuera.

23 de marzo de 2.030

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