¿Y si se rompe por arriba?
Zerutik erori gabeko
harria
Gabriel Aresti, Euskal harria
Frente a la continuidad que representa el Régimen del 78 con respecto a la dictadura franquista, la izquierda transformadora siempre ha apostado por la ruptura. La Transición, con la cultura política que inaugura, nunca ha dejado de ser el marco que permite a las élites establecidas seguir perpetuándose. Bajo el palio del consenso, la responsabilidad y la moderación, el pacto capital-trabajo que aseguró la buena marcha de la economía capitalista tras la Segunda Guerra Mundial y que por el ruedo ibérico se paseó con el conocido desarrollismo, se quita el traje de luces para las novedosas dietas a las que iba a ser sometido de la mano de yuppies y gente guapa.
La firma de los Pactos de la Moncloa, en 1977, ya fue una medida de contención salarial ante su imparable incremento debido al ciclo de luchas obreras que se venía arrastrando. Se vendía como una contrapartida a la homologación del antiguo régimen a los Estados sociales europeos. A falta de un proceso constituyente, se dan por buenos los aires que traían apertura, modernidad y democracia. Aunque esa democracia sea puramente formal y esos vientos también agiten sables. Ante este escenario, Euskal Herria siempre ha sido cortavientos, la piedra que para el poeta representa la resistencia, harri eta herri.
Desde entonces, con el neoliberalismo, la realidad material que permitió armar toda la estructura ideológica y jurídica de los Estados sociales se está descomponiendo, creando un afuera cada vez más amplio que necesita ser regulado, codificado. A ese limbo se ha lanzado una categoría que aparece por primera vez en la historia de la humanidad, población sobrante. Masas de población que son consecuencia, en última instancia, de la desaparición del trabajo como mercancía; de cómo las tecnologías devoran trabajo vivo a un ritmo cada vez más inasumible por el propio sistema. El Foro Económico Mundial de Davos, en 2021, rescatando las viejas teorías malthusianas, coloca a 5 mil millones de personas bajo esta condición. Con esta deriva, es ya la misma relación capital-trabajo la que se ve severamente afectada por la dinámica interna de su modo de producción.
Este desprendimiento de los recursos humanos, lejos de ser un síntoma de fortaleza y vitalidad del capitalismo, lo es de debilidad. Por sus venas la única sangre que corre es la del plusvalor (la explotación) de la fuerza de trabajo. Y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ya admite la falta de capacidad de asalarización en términos globales, señalando en el 2008, antes del estallido de la crisis, que más de la mitad de la población mundial se encuentra en situación de desempleo. Por eso, ante una economía que ha dejado de acumular desde la producción, la transfusión que se realiza por la vía de la desposesión de la riqueza social apenas es un método paliativo; que para ser aplicado, además, requiere del surgimiento de nuevas formas autoritarias, cirujanos a los que no tiemble el pulso.
Desde esta clave es posible entender la singular adaptación del fascismo por el neoliberalismo, haciendo del autoritarismo un momento de verdad donde combina de manera perversa estatismo y desregularización; revelando el neofascismo como su vertiente más expresiva. Es cierto que hoy muchas de las características del fascismo histórico están ausentes (el peso de la burguesía nacional, su ímpetu antiliberal, la organización disciplinada, su proyección hacia el futuro…), operan contextos diferentes, pero mantiene una matriz común: la crisis de acumulación capitalista. Bertolt Brecht se hacía la pregunta correcta allá por 1934 en Las cinco dificultades para decir la verdad: «Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina».
En la respuesta el trabajo va a ocupar un lugar central, como ya está haciendo en el debate social, puesto que la desposesión está despejando el núcleo del problema: la relación capital-trabajo. Una relación que se está resquebrajando al trasladar el derecho del trabajo al derecho del trabajo del enemigo, que es la incorporación del derecho penal del enemigo en el ordenamiento laboral. Si para el fascismo de entreguerras esta forma de sometimiento era un mecanismo con el que apartar a todos aquellos que consideraba ajenos a la comunidad, de ampliar la jerarquía social hacia abajo; en la actualidad es la cuña con la que arpar el vínculo entre derecho y trabajo, el fundamento de toda ciudadanía.
Cuando el trabajo como actividad destinada a incorporar valor en las mercancías ya no lo consigue, cuando ya no alimenta a la bestia que necesita seguir devorando, aparecen otras nuevas. Así, la esclavitud se presenta como una alternativa solvente ante la inevitable encrucijada, la candidata perfecta para recoger el testigo en la casa de los horrores y llevarlo más lejos. Su ascenso continuo es el mejor testimonio de ello: 40,3 millones de seres humanos fueron víctimas de la esclavitud moderna en el 2016, según la OIT. Y al decir esclavitud hay que entender relaciones donde la componente contractual se disuelve debido a que la libertad entre partes resulta prescindible. Este trabajo forzoso es una apropiación reaccionaria del trabajo que va desplazando la relación capital-trabajo como forma de dominación social.
El migrante, como figura más vulnerable, es la puerta de entrada para toda esta maquinaria de guerra. Y según se crucen opresiones, mayor es la facilidad. El propio significado de ejército industrial de reserva ha perdido su sentido original. Aquella muchedumbre movilizada cumplía un rol dentro de la economía, y ahora una inmensa mayoría no tiene lugar, es población redundante. Para el 2030, las Naciones Unidas calcula que la población superflua viviendo en slums (chabolas) será de 2 mil millones. Y la que sí tiene lugar es, en gran medida, para concretar en las sociedades que la recepciona las nuevas modalidades de trabajo precarizado y flexibilizado sin relación contractual (trabajo informal, falsos autónomos, economía de plataformas, uberización…). Señales de cambios que se están precipitando.
Immanuel Wallerstein, el pensador del sistema-mundo, se atrevió a predecir en los años 80 del siglo pasado que entre 2020 y 2050 se generaría una etapa de bifurcación donde la sociedad se resolverá a favor de una u otra de las fuerzas históricas en oposición, dependiendo de la acción política del momento. Lo cierto es que el genocidio en Palestina, con la desolación que ha traído, bien pudiera entenderse como la entrada oficial en dicho periodo. Un campo de batalla se está dibujando en torno a los caducos ordenamientos constitucionales originados en el consenso post-45. Estos, lejos de responder a la entente keynesiana que aseguraba unos derechos adquiridos, unas garantías sociales, una capacidad de consumo…, apenas logran contener una realidad material que los desbordan. Las élites, conocedoras de su oportunidad bonapartista, están dispuestas a dinamitarlos para ir dando paso, con el declive de la civilización capitalista, a formas de poder y sometimiento inéditas.
A escala del Estado español, la ruptura por arriba del Régimen del 78 ya está ocurriendo de manera soterrada. Se está despojando al trabajo de su carácter de clase, exactamente igual que hizo el fascismo en los años 30. La reforma laboral del 2012, impulsada por el PP, permite a los empresarios descolgarse de los convenios colectivos, con tantos supuestos como da de sí la fantasía de la patronal. A lo cual VOX, como punta de lanza de una cruzada antisindical, añade en su programa del 2019, echando un órdago, la individualización total de las relaciones laborales. A lo que cabe añadir una socialdemocracia, no se nos olvide, el PSOE, que sin ningún rubor les va poniendo suelo firme, como con la reforma constitucional del artículo 135, en el 2011, que supedita el gasto social a la deuda pública.
Ante un giro a la derecha de la voluntad política, con estos presupuestos, poca broma. Incluso en aquellos territorios, como el de Euskal Herria, que parecen exentos de dichas derivas. Rodeado por un entorno, como el de Occidente, donde la extrema derecha ya ocupan lugares preferentes, se encuentra en tiempo de descuento el surgimiento de una Alianza Vasca, más aún teniendo en perspectiva los 19 escaños que prevé obtener la inspiración catalana. Pero el mayor peligro se encuentra en el PNV, que defendiendo su papel de partido de Estado, institucional, va a jugar sus mejores bazas siempre en beneficio de las élites locales. Sabiendo, además, que el abandono de políticas públicas empuja el ánimo hacia la crispación y, en muchas ocasiones, a la conformación de enemigos entre quien más depende de ellas: la guerra del penúltimo contra el último.
Sujetar el capital a la democracia, una ruptura del Régimen del 78 por abajo, a la espera de ambiciones mayores, pasa por reconstruir un pacto social que ponga en el centro la reproducción de la vida. A esta altura del desarrollo histórico, en el que nunca antes ha habido tanta capacidad de producción de riqueza y, al tiempo, tan mal repartida (con semejante desigualdad social), no parece una exigencia descabellada. Se trata de ir ganando posiciones mientras las contradicciones del capitalismo no cesan de agudizarse. Casamatas que solo se van a tomar desde una recomposición de clase donde la población migrante adquiera el protagonismo que le corresponde. Con una clase que va a encontrar en la diversidad de experiencias, su mayor potencial. En Euskal Herria son unas letras de Anari las que mejor toman el pulso a este presente inasequible, donde las antiguas certezas necesitan ser rehabilitadas para que vuelvan a dar cobijo. Al paisaje lleno de piedra ahora le acompañan los juncos, que cuando el agua de la tormenta dobla el viento del sur pone de nuevo en pie. Aprender a ser flexibles antes de que las rigideces generen fracturas. Un soberanismo tupido como una jungla para el que el capitalismo solo es un tigre de papel.
Bizkarra miazkatu
eta ileak etzaten zaizkizula,
errekako ihia nola,
urak handitzean.
Eta otutzen zait
hobe dela malgu izatea,
gogorra hautsi egiten dela.
Anari Alberdi, Ihia