De enfermedad, hambre, pateras y cuchillas
Dentro de 100 años, los historiadores de entonces relatarán cómo durante los albores del siglo XX y gran parte del XXI los habitantes de las zonas económicamente privilegiadas del mundo nos dedicamos, por activa unos y por pasiva otros, a impedir por todos los medios que nuestros hermanos que huían del hambre y de las guerras pudieran llegar a obtener algo, muy poco, de nuestro bienestar.
Acompañarán el relato con abundante profusión de fotografías y vídeos de cadáveres flotantes, cuerpos desgarrados por cuchillas hiperafiladas, altas murallas y campos de concentración denominados eufemísticamente ‘Centros Temporales de Retención’. Hablarán, también, de la extrema indiferencia con que veíamos (vemos) las desgarradoras imágenes de su sufrimiento y nos calificarán de seres sin alma ni sentimientos, preocupados única y exclusivamente por nuestro particular -e intransferible- bienestar. Equipararán nuestro comportamiento al de los negreros y esclavistas de siglos anteriores, con el agravante de que nosotros sí estamos informados en tiempo real de lo que acontece.
Tengo para mí que no existen cielos ni infiernos, ni premios ni castigos divinos para el ser humano. Y, francamente, mejor que sea así, puesto que, de haberlos, la mayoría de nosotros podemos imaginar fácilmente dónde encontraríamos ‘acomodo’.