Cristina Gutiérrez Meurs, Bilbao

No-árboles en Bilbao

Ignoro cuantos árboles longevos dan hoy sombra en la avenida Lehendakari Aguirre, en Deusto. La tala de más de un centenar de olmos siberianos (pobres, no eran autóctonos) avanza inexorable a pesar de las protestas vecinales. Aros concéntricos a ras del suelo: cuarenta, cincuenta, sesenta años. Sombra que no tiene precio, sana. En breve, quizás ya, habrá 128 ausencias. Las raíces cortadas, troncos muertos. Sin oxígeno.

Esta mañana me he dado un paseo para comprobar lo que no quería ver. Después, a salvo en casa, he reparado en la jamba de la puerta de la habitación de mi hijo, en las marcas horizontales que, año tras año, su padre y yo íbamos grabando con un lapicero. Hoy es un árbol. ¡Tanto tiempo para que un árbol crezca! Pienso, mientras escribo, en el color de las Nuevas viejas plazas y avenidas de Bilbao, en los Nuevos viejos espacios (públicos y privados), en las palmeras centenarias que arrancasteis del corazón de Abando, en los retoños sin futuro en la calle Iparraguirre, en las estacas que llamáis troncos, en la arboleda que hoy tiembla en Artxanda, en la copa que os gusta porque adorna y no crece (arbolitos para salir del paso y engordar la estadística). Pienso y sueño en verde, pero soñar no sirve da nada: un gris opaco se desparrama como la niebla sucia de antaño. Como vuestros trajes, tremenda mediocridad, señores. Irresponsabilidad (¿quizás?) y mucho más (¿quizás?). Porque el pensamiento cortoplacista es lo que tiene, que el gris siempre es opaco.

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