Javier Orcajada del Castillo | Bilbo

«No olvides la parábola del rico Epulón»

Con este slogan escrito en un humilde cartel un eskale en la Gran Vía desarrollaba sus dotes imaginativas para activar la generosidad de los viandantes. En síntesis, con esta parábola Jesucristo quiso mover la solidaridad de los que le escuchaban. El cuadro describe a Lázaro, un eskale mendigando las sobras de sus banquetes a la puerta del rico Epulón, pero por rico, era cruel y ni eso le quería dar. Murió Lázaro y subió al cielo. Cuando le tocó a Epulón, fue directamente al infierno. Allí Epulón suplicó a Abraham que resucitara a Lázaro y le mandara a la vida para que convencer a su familia y cambiaran para que no sufriera aquel tormento. Abraham le respondió que escucharan a los profetas. Pero Epulón le respondió que no le harían caso. Entonces Abraham le dijo: «pues si no respetan a los profetas, no cambiarán ni aunque resuciten los muertos». Me acerqué para charlar con alguien tan original. No mostraba rasgo especial alguno, salvo agudeza y un toque de ironía. Mira, amigo, estoy vendiendo la idea a los que tienen sentimientos religiosos, para que aprovechen y sean desprendidos ahora en vida, pues después de la muerte las buenas intenciones ya no cuentan. Así, todos nos beneficiamos: los que tienen mala conciencia pueden redimirse y repartir y nosotros, los pobres supervivir. Claro, me dice, el problema es que los que lean mi eslogan no conozcan los evangelios o quién fue Jesucristo. Los peores son los que no creen en la otra vida, pues están resabiados y vienen a discutir conmigo porque en su intimidad también temen y me acusan de aprovecharme de estos benditos que se declaran creyentes, aunque con fe tradicional. Tú pareces el típico curioso con quien me gusta hablar porque aunque el temor a la muerte es general, casi ninguno piensa en ella e ignorándola creen que la eludirán. Continúa: ¿qué opinas tú? Te supongo inquieto intelectualmente y que no te avergüenzas de acercarte a charlar conmigo. Al menos espero una buena limosna tuya. Durante todo el diálogo tenía un tono de ironía, pero parecía satisfecho de que alguien le tratara capaz de reflexionar, pero en realidad fue él a mí a quien hizo pensar.

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