Un día fui al estanco
Un día fui al estanco a cargar la ‘Barik’. Delante de mí estaba una señora mayor, te lo digo solo por la pinta viéndola solo de espaldas, hablaba con Ana –la estanquera se llama Ana–, y compró varias cosas que no recuerdo yo ahora cuáles fueron. Cuando acabó de comprar cosas, meterlas en una bolsa, pagar y guardar las vueltas en el monedero, siguió contándole cosas de su vida a Ana y no parecía que tuviera ganas de decir: «¡Adiós, gracias!», y marcharse. Yo ya te he dicho que estaba esperando detrás en la cola.
Ana me preguntó con la mirada –yo eso le entendí–, que si le cortaba el rollo a la señora mayor. Contesté a Ana con un gesto de la mano, invitándola a que siguiera escuchando a aquella señora que aquella mañana tenía muchas ganas de hablar y/o necesidad de hablar. Ana me entendió y me lo agradeció con la mirada.
Tranquilamente, escuchamos a aquella señora mayor hasta que nos dijo: «¡Adiós, gracias!».
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