Acabar con el cerco a Cuba y defender su soberanía
La grave crisis que atraviesa Cuba ha alcanzado un punto crítico en el que el funcionamiento socioeconómico de la isla está gripado y la vida cotidiana de la población se ve dramáticamente asfixiada. La reciente denuncia de un grupo de relatores de la ONU pone nombre y responsabilidad a las causas de este ahogamiento: las medidas coercitivas unilaterales impuestas por EEUU son ilegales y buscan alterar el orden constitucional mediante la coacción. De la mano de Marco Rubio, la Administración Trump ha dado este año dos vueltas de rosca a la situación, endureciendo aún más el bloqueo. El colapso de la red eléctrica y la escasez severa de alimentos y medicamentos son el resultado directo de un asedio energético y financiero que priva deliberadamente al pueblo cubano de los medios básicos para su subsistencia.
En ese sentido, los relatos sobre cómo este asedio afecta a tratamientos médicos de menores son desgarradores. El acceso a los alimentos y a la salud jamás debe emplearse como instrumento de presión política. Castigar colectivamente a un pueblo para doblegar su voluntad contraviene los principios más elementales del derecho internacional y de la dignidad humana. Sin embargo, la situación ahora es lo más parecido a un cerco medieval, donde se cortan los suministros, se alientan las enfermedades y se impulsa la revuelta.
El historiador Fabio Fernández traía esa comparación a estas páginas y señalaba que Cuba ha resistido más de lo previsible, aunque este esfuerzo no pueda exigirse como una condición inagotable. La población afronta un desgaste límite en el que la urgencia de reformas y debates indispensables colisiona frontalmente contra la tenaza exterior diseñada para estrangular cualquier alternativa soberana y justa. Para que el pueblo cubano pueda decidir su futuro y superar sus encrucijadas en libertad y plenitud de derechos, es necesario el fin inmediato de las injerencias. La comunidad internacional debe parar estas sanciones ilegales y comprometerse con la soberanía de Cuba. La solidaridad internacionalista debe intentar ser lo más eficiente posible y ponerse al servicio de la Revolución, es decir, de los cubanos y las cubanas.