Agirre: dos lecciones de un legado compartido
Las instituciones de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa celebraron ayer solemnemente el 90 aniversario del primer Gobierno Vasco encabezado por el lehendakari José Antonio Agirre. La cita estaba marcada en el calendario del actual lehendakari Imanol Pradales desde hacía tiempo, pero la convocatoria de elecciones estatales el 29 de noviembre ayuda a calibrar la dimensión del esfuerzo que los líderes de diversos partidos fueron capaces de articular hace nueve décadas. Hay que tener cierta prevención con los paralelismos, porque no existe hoy una confrontación bélica, pero tampoco cabe abstraerse. Los herederos de los golpistas del 36 pueden tomar próximamente las riendas del Gobierno español. Los fundamentos de su proyecto no han cambiado en un siglo.
Tiene todo el sentido que el homenaje a aquella primera Jaurlaritza recaiga sobre el actual Gobierno de Lakua. También resulta comprensible que el PNV reivindique la figura de Agirre. Lo que no se acaba de entender es el ataque de celos que sienten cuando son otros los que asumen como propia la obra de aquel primer Ejecutivo. Ensalzan a Aguirre como prohombre del país, pero les molesta que otras sensibilidades políticas reivindiquen su legado. Que se aclaren, y se serenen.
Dicho esto, y salvadas todas las distancias que separan la época actual de los años 30 –muchas todavía, pero menguantes–, aquella primera experiencia de autogobierno deja dos grandes lecciones que los dirigentes de la actualidad deberían anotar. La primera se refiere a la pluralidad de aquel Gobierno, en el que había miembros del PNV, del PSOE, de ANV, así como comunistas y republicanos. Todos destacan esta virtud, pero ya viene siendo hora de poner en práctica esa capacidad de consenso entre diferentes culturas políticas, francamente incompatible con el veto que PNV y PSE aplican a EH Bildu, cuando les conviene. La segunda tiene que ver con los tiempos y la oportunidad. Frente a la tentación de frenar la agenda propia y el camino hacia la soberanía a la espera de tiempos mejores, aquel Gobierno de Agirre tuvo claro que, ante la derecha española alzada en armas, solo cabía plantar cara y acelerar la construcción de instituciones soberanas.