Autodefensa democrática y un proyecto de país para el nuevo ciclo electoral en Euskal Herria

El comienzo del curso en Euskal Herria coincide este año con el inicio de un ciclo electoral transcendental. En el marco de la ola reaccionaria global que amenaza las bases de las democracias, la gobernanza multilateral y las normas humanitarias internacionales, los Estados español y francés vivirán comicios en los que las derechas totalitarias ansían asaltar el poder.

Con culturas y agendas particulares, al norte el lepenismo intentará romper de una vez por todas el maltrecho cordón democrático, mientras al sur las diferentes ramas del falangismo español han acelerado su inercia golpista. La sociedad vasca, netamente divergente en términos de cultura democrática, valores sociopolíticos y memoria colectiva, vive con un punto de ansiedad esas amenazas, que están adquiriendo un cariz violento y punitivo muy reconocible.

Se pudo comprobar en las concentraciones españolistas de esta semana con Ceuta como excusa, que tenían la «prioridad nacional» de la entente PP-Vox como leitmotiv y que incluyeron una agresión en Iruñea. No hay margen para el autoengaño.    

En Madrid la legislatura parece agonizar y Pedro Sánchez da muestras de agotamiento ante el acoso derechista, pero la fecha de los comicios sigue sujeta a la especulación táctica de Moncloa.

Un mandato democrático propio

Pase lo que pase en Madrid y París, en la primavera del 2027 serán las elecciones municipales, las forales y las del Parlamento de Nafarroa. Ahí se dará la pugna por la articulación institucional del país y se expresará un mandato democrático propio. La sociedad vasca enfrenta retos de enorme calado que se engarzan con las transformaciones y crisis civilizatorias del siglo XXI. Son tiempos de cambios profundos en los que la quietud, el conformismo o la gestión del statu quo no representan una opción realista.

En este marco y con la pequeña escala vasca, las realidades sociales, económicas y culturales de cada territorio deben sumar a un proyecto común y cooperativo. De cara al nuevo ciclo, convendría que se desterraran los vetos partidistas destinados a retener el poder a cualquier precio. En este sentido, pactos como el acordado en materia de fiscalidad entre PNV y PSE –que escenifican discrepancias mientras blindan sus intereses clientelares– no constituyen una buena señal para la necesaria regeneración política. Nafarroa ha hecho un camino fecundo, no exento de dificultades, que supone una transformación estratégica y anticipa vías de autodefensa democrática. Sigue siendo, en todo caso, cuestión de Estado.

Las elecciones municipales son muy importantes, porque los pueblos y las ciudades vascas pueden funcionar como refugios comunitarios y laboratorios de innovación social. Es en el ámbito local donde se han experimentado algunas de las políticas públicas más avanzadas, al servicio de las mayorías y de los sectores más vulnerables. Aun sufriendo un déficit de recursos y competencias, los gobiernos municipales construyen proyectos colectivos para que la ciudadanía viva y conviva mejor, garantizando derechos y fomentando responsabilidades compartidas. Esa praxis cotidiana se parece bastante a una definición concreta y útil de lo que debe ser la buena política.

Estas alternativas municipales sitúan además en el centro de su agenda las prioridades de la época: el acceso a la vivienda, la emergencia climática y la transición energética, la movilidad, la acogida a la población migrante y un sistema viable de cuidados.

Hacen falta alternativas sólidas y propuestas ambiciosas en todos los terrenos, que se rijan por el principio rector de «todos los derechos para todas las personas» y planteen un proyecto de país cohesionado, justo y soberano, a la altura del momento histórico y de la voluntad democrática de la sociedad vasca.

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