Brexit: el problema nunca fue hacer un referéndum

Hay un relato sobre el Brexit con cierto predicamento. Es aquel que responsabiliza de lo ocurrido a las clases bajas, que utilizaron el referéndum como voto de protesta y ahora se sorprenden de que su voto tenga efectos reales. Como mucho, estos incautos compartirían responsabilidad con David Cameron, por convocar alegremente el referéndum sin medir sus consecuencias.

Es un relato parcial, tramposo y clasista que, además, no ayuda a comprender las razones de que estemos a poco más de un mes de que, según el calendario, Gran Bretaña abandone la UE. La serie de reportajes y entrevistas publicadas en los últimos días en GARA dan cuenta, sin embargo, de que el problema no empezó con el plebiscito del 23 de junio de 2016. El vuelco neoliberal de Thatcher en los años 80 puso en marcha un empobrecimiento de la clase trabajadora británica que sigue a día de hoy y que no se limita, ni mucho menos, a la economía y al bolsillo. Se trata de un empobrecimiento cultural, social e incluso humano, si quieren, que tiene su evidente correspondencia en una democracia de baja intensidad. Dicen que al preguntarle sobre su mayor logro, Thatcher dijo: Tony Blair. Durante una década, votar a la izquierda no sirvió para enmendar la obra de la dama de hierro, sino todo lo contrario.

Así, el voto en un plebiscito –del que siempre emana un mandato directo y no una delegación–, se convirtió en la máxima expresión del descontento, bien aprovechado por una élite que, en el caso británico, está muy ligada al mercado financiero global –alerta al aviso de Paul Mason, pues Gran Bretaña siempre fue pionera a la hora de anticipar cambios en el sistema capitalista–. Pero echar la culpa del Brexit al referéndum es culpar a la pared de romper el plato que ha sido lanzado contra ella. El problema no es la urna, nunca, ya sea en unas elecciones o en un plebiscito; el problema, en todo caso, es pensar que la democracia se circunscribe a la acción de depositar un voto en esa urna.

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