Con «fair play», Las Malvinas serán argentinas y Euskal Herria será lo que decida su ciudadanía

A raíz de la polémica sobre las Malvinas abierta tras la semifinal del Mundial de fútbol entre Inglaterra y Argentina, el articulista de “The Guardian” Simon Jenkins defendía que los conflictos territoriales heredados del pasado no pueden congelarse por decreto. Mencionando el reciente acuerdo sobre Gibraltar –un pacto muy celebrado por el presidente español, Pedro Sánchez–, Jenkins instaba a Londres a abandonar la cobardía y a negociar con Buenos Aires, asumiendo que el archipiélago austral no puede estar bajo dominio británico a perpetuidad.

A diferencia de los partidos de fútbol, cuyo resultado es innegociable, los conflictos políticos deben resolverse a través del diálogo. Eso sí, en ambos terrenos hay aficionados a las trampas. En el deporte, quizás, alguna de esas artimañas puede generar una extraña justicia poética: que el pobre gane al rico, que una antigua colonia venza a la metrópoli… En las relaciones de poder, en cambio, las trampas siempre favorecen al vencedor y abonan la injusticia.

Los tribunales europeos han vuelto a llamar la atención a los poderes españoles sobre esa querencia por trampear el Estado de derecho. La resolución del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) avalando la ley de amnistía es un severo revés para la Judicatura española, empeñada en blindar la razón de Estado frente al mandato democrático.

Europa les recuerda a los jueces españoles nociones básicas del derecho y la justicia, como que sin enriquecimiento no hay malversación y sin violencia no hay «terrorismo». También que la excepcionalidad penal no puede ser el dique de contención crónico de un conflicto de naturaleza política.

«España tiene miedo»… al «fair play» político

Una de las pretensiones del nacionalismo banal que se desplegará esta noche en las pantallas y las calles de Euskal Herria a cuenta del partido de La Roja es negar que exista ese conflicto. «¿Qué vasco podría no alegrarse de los goles de Merino, Oyarzabal o Nico, de las paradas de Simón?», se preguntan. Sin embargo, ¿qué mayor demostración de nacionalismo y conflicto que no permitir a los y las deportistas elegir qué camiseta quieren defender?

Lo mismo al banal que al opresivo, al supremacismo se le combate con convicción democrática y ambición comunitaria. En el doble aniversario de la abolición foral de 1876 y del movimiento de alcaldes de 1976, la Declaración de Bergara, firmada por el PNV y EH Bildu, recoge esos nudos. Hacía años que ambas familias no lograban una síntesis tan nítida en torno a la naturaleza nacional de Euskal Herria, la necesidad de reconocimiento y su potencial político.

Frente a la ola reaccionaria y al escenario de la derecha autoritaria gobernando en Madrid –y en París–, las fuerzas vascas recobran los cimientos de la causa vasca. El texto acierta al vincular el poder democrático y comunitario con las respuestas a los grandes desafíos globales. No se reivindica la soberanía como una reliquia, sino como una herramienta crucial para edificar un país mejor al servicio de su ciudadanía.

En este contexto, el unionismo progresista se va a tener que decantar: rendirse a la disciplina reaccionaria española –y purgar sus pecados– o realizar una oferta política autónoma para la sociedad vasca.

La relevancia del acto de hoy en Bergara se medirá por su gestión futura, que dependerá tanto de los acontecimientos como del liderazgo. En un mundo en mutación, ese encuentro señala que la voluntad de ser de la nación vasca no fue disuelta por las leyes de abolición del pasado ni lo será por los frentes judiciales. Tampoco, claro está, por un partido de fútbol. Como recordaba Jenkins, la llave del futuro no reside en la imposición de las viejas metrópolis, sino en el respeto a la voluntad democrática de la ciudadanía.

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