Crímenes de guerra desde el primer día de la ofensiva
La guerra desencadenada por los ataques de EEUU e Israel contra Irán está en su segunda semana sin que nadie sepa si durará días o años. La absoluta falta de estrategia y previsión a medio plazo que destila la ofensiva sobre el país persa –sin olvidar Líbano– es escandalosa y podría indicar dos cosas. Por un lado, que los objetivos de algunos tienen más que ver con sus necesidades en política interna; por otro, que hay quien no ve la guerra como el trágico medio para lograr un objetivo, sino como un fin en sí mismo. Ambas visiones son compatibles y convergentes. En lo que coinciden analistas de toda índole es en la falta de sentido geopolítico que tiene para Washington, que se encamina a una nueva guerra sin fin, de esas que tanto criticó el trumpismo.
La irracionalidad del ataque invita a especular sobre las razones últimas y desconocidas de la ofensiva. Es lógico y tiene su evidente importancia, pero no puede desviar el foco de atención de la guerra real, material, que se está desarrollando en la región, especialmente en Irán y Líbano, donde se concentran los bombardeos. Expertos estadounidenses constataron ayer que la escuela infantil iraní en Minab fue golpeada por un misil lanzado por Washington. El proyectil mató a unas 180 personas, la mayoría niñas, en un crimen de guerra en toda regla que el presidente Donald Trump intentó negar, achacándolo a la propaganda de Teherán.
Frente a la impotencia que generan a menudo los abusos israelíes y estadounidenses, hay aquí un primer trabajo en el que centrar esfuerzos: verificar y documentar las acciones criminales de los atacantes y hacer todo lo que humanamente se pueda para que rindan cuentas por ello. Sudáfrica marcó la pauta con Gaza. La debilidad del derecho internacional no debería hacer que la inmensa mayoría del planeta renuncie a una herramienta imprescindible, sino todo lo contrario. Ellos son la minoría, no se olvide. Los pueblos del mundo deben reconstruir lo que Trump y Netanyahu están empeñados en destruir. El trabajo, como toda buena internacionalista sabe, empieza en casa, organizándose y presionando a los Gobiernos para que aíslen y señalen a los responsables.