El derecho a decidir, parte de una ciudadanía plena

La dinámica popular desarrollada por Gure Esku Dago por el derecho a decidir ha revolucionado de una manera tranquila y amable el debate público en torno a la soberanía y la democracia. Alejada de la polémica partidaria, con un discurso positivo e ilusionante, recogiendo lo mejor del legado de lucha e imaginación de este pueblo, con tranquilidad estratégica pero dando pasos firmes, ha abierto un espacio en el que cada vez más personas se sienten cómodas e implicadas. Es uno de los elementos cohesionadores y vertebradores de una sociedad que tiene ansias de consensos amplios y democráticos.

Frente a esquemas y marcos intelectuales propios de la fase histórica anterior, esa que no termina de fenecer gracias a la respiración asistida que el establishment le insufla, el derecho a decidir contiene rasgos definitorios de la nueva fase política. Esa que, sin bien no acaba de florecer, tiene carácter irreversible.

Partiendo de una concepción democrática impecable, el derecho a decidir resulta irrebatible y arrincona a sus opositores en posiciones totalitarias y contradictorias. Su protagonista es la ciudadanía vasca, tan plural como es; transversal, como gusta decir ahora. Sus militantes son voluntarios que aportan su experiencia, su conocimiento y su trabajo desde una perspectiva novedosa o cuando menos diferente a la de la política tradicional. Personas que se han enfrentado en otras lizas políticas colaboran con total naturalidad en defensa de los derechos de su comunidad y de las personas que la componen, en favor de una sociedad mejor, más implicada en su gobierno, más democrática y dueña de su futuro.

Forma parte, asimismo, de una corriente general que, con diferentes formas, se está desarrollando a nivel mundial. Porque no hay una sola buena razón para que la gente no pueda decidir su futuro, cómo quiere organizarse, qué relaciones desea tener con sus vecinos, cómo se sitúa en el mundo. Todas estas cuestiones tienen respuestas diferentes según quién las responda, y la mayoría de ellas son legítimas y democráticas. El único límite son los derechos humanos y el principio básico de ciudadanía: todos los derechos para todas las personas. Negar el derecho de las sociedades a decidir al respecto no es una opción política con porvenir, es un tic de un pasado antidemocrático.

Una «pendiente resbaladiza» muy positiva

En su manifiesto político “No pienses en un elefante”, el pensador progresista George Lakoff expone la importancia de las iniciativas que funcionan como una «pendiente resbaladiza», desatando efectos en cadena que suponen pasos estratégicos. Para los demócratas, el derecho a decidir es una de esas iniciativas. No solo en términos nacionales o identitarios, sino también en clave social y económica.

Evidentemente, la democracia conlleva «riesgos». Particularmente para los poderes, como señala el que fuera mentor de Lakoff, Noam Chomsky. Por definición, la gente puede «equivocarse», puede elegir opciones que no salvaguarden sus intereses, aupar a mandatarios corruptos y nocivos, legitimar proyectos que hipotequen su futuro. Pero, a medio plazo, la democracia es la mejor opción para revertir esas políticas suicidas, para expulsar a dirigentes ineptos o perversos. Cada proceso participativo, las primarias, los comicios, las consultas y los referéndum profundizan en la cultura política general, mejoran el nivel y la calidad de las naciones, enriquecen a las comunidades y ofrecen oportunidades para cambiar las sociedades en términos de justicia y libertad.

Y si esos cambios no se pueden apuntalar en términos democráticos, de acuerdo con la voluntad general de las personas que componen cada sociedad, es que no se ha acertado y se deben buscar estrategias alternativas.

Tampoco cabe engañarse. El Estado de Derecho es la forma en la que en la era contemporánea la democracia se institucionaliza, se legaliza. Pero hoy en día esa institucionalización tiene en parte como misión poner límites a la propia democracia. En ese terreno trampeado es donde se juega esta batalla, y es importante ser conscientes de ello si se quiere ganar.

Ser ciudadano es ser sujeto de todos los derechos y de todas las obligaciones comunes a quienes comparten esa categoría. Por eso la de ciudadanía es la categoría principal en la que se va a desarrollar el conflicto vasco en los años venideros. Vencerán quienes garanticen los derechos de la ciudadanía en su conjunto, de todos y todas. Las vascas y los vascos quieren ser ciudadanos de pleno derecho, poder decidir su futuro pacífica y democráticamente. Hoy darán otro paso importante en esa dirección. Bai, gure esku dago.

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