La «agenda vasca», más allá de un eslogan, es un mandato

La repetición de las elecciones estatales provoca bastante hastío en una parte importante de la población vasca. Nadie puede negar, en todo caso, que para quienes disfrutan con la política los escenarios que se abren ­–no necesariamente solo ligados a estos comicios sino en un contexto más amplio–, son verdaderamente interesantes. En su proceso de descomposición, el Estado español compagina crisis superpuestas –desde la económica a la institucional–; la decadencia de sus actores tradicionales; la brecha entre la metrópoli, su periferia y el resto de naciones –aunque entre ellas existan dinámicas diversas–; una terrible falta de cultura democrática que contrasta con la emergencia de una nueva politización… Como mínimo, se enfrentan a una encrucijada como estructura política, lo que no quiere decir que vayan a tener ni talento, ni fuerzas, ni equilibrio suficiente como para acometerla. Quizás, ni dinero. Estas elecciones son todo el margen que les van a dejar las instituciones europeas y la Troika.

De entre los escenarios abiertos, por un lado, los nuevos consensos pueden alargar otro tramo la Transición española a través de alguna fórmula de Gran Coalición.  Por otro, pueden intentar gestionar un impulso entre reformista y regeneracionista, que con estos mimbres difícilmente será algo más que un ejercicio de gatopardismo. Por último, pueden adoptar un programa democratizador. Sin embargo, no parece que existan condiciones objetivas y subjetivas para desarrollar en los próximos cuatro años una agenda de ese nivel estratégico en el Estado español, sean los resultados los que sean. En este caso, queda por ver qué tipo de oposición realizan quienes plantean este proceso, cómo renuevan su oferta estratégica y gestionan los plazos y sus fuerzas.

Desde una perspectiva democrática y vasca, hay que valorar este impulso positivamente, aunque la confrontación política con este espacio resulte quizás más complicada. Aunque solo sea por lo inédito del esquema. Hasta el momento ese unionismo democrático ha sido marginal en el Estado, casi puramente intelectual. Tampoco ha tenido una representación significativa en los territorios vascos, a pesar de que estas elecciones dejarán en evidencia que tienen un espacio natural relevante, frente a la debacle del unionismo tradicional. Es el fruto de los errores de ellos y de los aciertos de otros.

Es evidente que todos esos escenarios afectarán a las opciones de que los vascos construyamos una nueva fase política basada en el principio rector de «todos los derechos para todas las personas», en el que todos los proyectos políticos pacíficos y democráticos puedan realizarse en igualdad de condiciones, y donde las potencialidades humanistas y solidarias que acumula esta sociedad puedan hacerse efectivas en plenitud.

Menos quienes opinen que «todo es lo mismo», la mayoría entenderá que para la ciudadanía vasca es bien diferente quién ocupe la Moncloa. Entre los anteriores hay presidentes que fueron muy malos para los intereses vascos y otros que fueron terribles. La pérdida de oportunidades de Rodríguez Zapatero –o incluso de Rajoy– no es comparable con los GAL del Gobierno de González o la legislación de Aznar (como denunciaba en estas páginas Iñigo Iruin). La representación vasca no solo es importante, puede ser determinante, aunque sea para retratar la imposibilidad de algún escenario.

La «agenda vasca», de eslogan a mandato

Pese a ese interés evidente, es cierto que en esta campaña la agenda es casi netamente española. A las fuerzas nacionales vascas les cuesta sacar la cabeza cuando la mayoría de los medios marcan la pauta tomando a Madrid como epicentro, a los partidos estatales como fuentes y a sus líderes como referencia. Además, mientras para los partidos españoles esta es la segunda vuelta, para los vascos es, en cierta medida, la primera vuelta de las elecciones al Parlamento de Gasteiz, lo que altera los cálculos y en cierta medida el debate.

En todo caso, entendida como «los temas que para la ciudadanía vasca son más importantes», aun sin conocer exactamente el reparto de escaños o los partidos que bajarán y los que subirán en votos el 26J, esos resultados mostrarán una vez más que la «agenda vasca» difiere profundamente de la española. Que los equilibrios de poder y los ejes ideológicos y sociopolíticos son distintos. Ese impulso democratizador es aquí mucho más potente, el tejido social y comunitario es más compacto y los postulados de izquierda más comunes. La «agenda vasca» puede ser un eslogan, pero no por eso dejará de ser, ante todo, un mandato democrático a apuntalar.

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