La enfermedad como medio de chantaje

Nadie ignora las penosas condiciones a las que están sometidos los presos y presas vascos. Y nadie ignora que esas duras medidas tienen su cruda correspondencia en sus familias no solo en un aspecto emocional, sino también en la sangría económica y el riesgo de los desplazamientos. Todo el mundo lo sabe, pero hay quien pretende que sea ignorado en un relato en el que no tenga cabida una realidad repleta de duras vivencias a menudo trágicas, como la de Mari Rubio. Tras veinte años recorriendo las carreteras españolas para visitar a su hijo Iñaki, no podrá volver a verlo debido a su grave enfermedad, incompatible con un viaje a Córdoba, donde recientemente se despidieron madre e hijo. Porque, como en el caso de los presos vascos, también la enfermedad o la ancianidad de los familiares son utilizadas al servicio del chantaje.  

No tiene, jamás ha tenido, justificación alguna ese ensañamiento con los prisioneros vascos y sus familiares. Ni aun en el caso de que hubiera dado sus «frutos», una falsedad que  tampoco habría podido obviar que todas las medidas de excepción aplicadas durante décadas no se ajustan a la ya de por sí rígida legalidad, porque esos «frutos» nada tienen que ver con la justicia, sino que son objetivos políticos que en estos momentos se concretan en entorpecer y retrasar la resolución de un conflicto que, al contrario de lo que  algunos afirman, sigue causando sufrimiento, precisamente en ese colectivo y sus familias. 

 Es preciso arrastrar esa losa que pesa sobre ellos y sobre la sociedad vasca. Desde la más elemental defensa de los derechos de todos, desde la política, desde las instituciones, cuyo deber no solo es posicionarse contra esa vulneración de derechos, sino también implicarse activamente en su defensa como en la de cualquier otro ciudadano vasco. El sábado, en Bilbo y Baiona, esa losa se moverá, pero será necesario seguir empujando hasta que en este país se pueda hablar de paz y convivencia. Sin losas, sin presos.

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